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viernes, 5 de junio de 2009

Devolver un libro

18/mar/2007
[siguiendo las "Instrucciones para los criados" de Swift]
Por todos es bien sabido que no hay error más evidente que prestar un libro, pues lo más seguro es que cambie de dueño de manera irrevocable. Sin embargo, más que un error, resulta una estupidez devolver el libro en cuestión; pero si tal es la honesta intención de quien originalmente fue el beneficiario del préstamo, tiene a su favor y derecho un buen número de maneras para cumplir su cometido.
Por ejemplo, puede deslizarlo bajo la puerta del dueño original; pero si el espacio es muy estrecho o el libro muy ancho, tiene la opción de considerar mero artificio y adorno el lomo y las pastas, arrancarlas e intentarlo de nuevo, o descoser los folios y las hojas hasta que haya pasado por completo.
Puede también, en un acto de supremo celo, quemar el ejemplar para que nadie más pueda leerlo, y en un acto de mayor honestidad aún, entregar las cenizas al dueño, para que conserve su innegable propiedad. Pero si su intención es totalmente la opuesta y prefiere divulgar y compartir el objeto, deberá tender un hilo y colgar hoja tras hoja el volumen en el camino más transitado del rumbo: tal vez un peregrino, para distraer el peso de la caminata, se lleve algunos pliegos consigo, y entonces la pía empresa habrá logrado un éxito tangible.
Si se suscitara el caso de que no contara con un carrete de hilo, puede mojar las hojas y pegarlas en las ventanas, digamos, de la casa del dueño: el cometido será el mismo y el resultado aceptablemente similar.
Podría, también, sentir un espíritu poético y entonces es posible que surja el impulso de hacer llegar más lejos esa magnífica pieza del talento y la emoción humana y deshoje el volumen para que lo arrastre el viento. He sabido, por un respetable comerciante, que una hoja puede llegar lo mismo a Valencia que a Nápoles con el auspicio de las corrientes del Norte. Esto asegura que algún afortunado caminante participe del placer y por qué no, tal vez el propio dueño.
Pero si le preocupara la integridad del libro -pues bien podría cambiar de opinión y pedirlo de nuevo al dueño por tiempo indefinido-, le conviene guardarlo en un saco y dejarlo a su puerta de entrada. Y si su cambio de parecer estuviera algo más claro, puede tener la certeza de que ese impertinente tenedor de libros habrá de reclamarlo en alguna oportunidad, por lo que no resulta una imprudencia empacar con todo escrúpulo el objeto, dejar el atillo al pie de la propia puerta y esperar a que el susodicho pase a buscarlo.
Sin embargo, no queda duda de que la opción más sencilla y segura de hacer tan honrada entrega es tocar a la puerta del propietario y entregarlo en mano.

viernes, 29 de mayo de 2009

Homónimo

[no publicado; tarada...]
Gravemente vanidoso. Pretendo leer, para enfrascarme en un círculo vicioso, el número 2331 del 14 de enero de este año, del presente semanario; me esmero, me fugo de mi oficina para recoger personalmente un ejemplar –mi ejemplar– y presumirme a mí mismo que ya soy un publicado. Abro la página diez y encuentro el encabezado –mi encabezado–, con letras grandes: “Bajo la furia”; y con una sonrisa absolutamente sincera, me quejo amargamente: “Ah, qué bonito; pero ése no es mi nombre”, y me río con gusto.
Ni de lejos me enoja el asunto: de hecho lo disfruto, como cualquier otro juego de la ironía (siendo un animal harto irónico, sería inmoral arremeter contra una situación así). Después de todo, no escogí mi nombre y si lo conservo es por pura costumbre; además, los pseudónimos son moneda corriente en las artes (¿eso ya me hace artista? Seguramente no).
Dos casos: Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, ante la inconformidad de su padre debida a la vocación poética del hijo, se hizo dueño del apellido de un poeta checo de finales del S. XIX y de pronto Pablo Neruda nos suena más natural y cierto en Chile y en español, que Jan Neruda en checo en una república de la Europa central.
Fernando António Nogueira de Reabra Pessoa, por su parte, no recurría al pseudónimo sino al heterónimo (alrededor de setenta, según la última cuenta de su editora en Portugal, lo que no descarta la posibilidad de que existan otros tantos), cuya principal diferencia radica en que uno es meramente un nombre falso, mientras que el otro implica una personalidad, fisonomía, biografía y estilo particular. Y entonces uno no es solamente Fernando Pessoa, sino Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Bernardo Soares al mismo tiempo, sin ser ninguno a cada instante.
(Dicho sea de paso, Harold Bloom, reputadísimo crítico literario norteamericano, apunta en El canon occidental que estos dos son los poetas más representativos del S. XX; decir tal, sin duda, es complicado, considerando la larga, larguísima lista de enormes poetas que cruzaron el siglo.)
En cualquier caso, inmerso en un poema, se nos olvida el nombre del autor, el del libro, hasta el título del poema mismo: existe el poema, existo yo en relación al poema, sus incidencias en algún lugar donde no puedo poner los dedos, existe en muy menor medida el objeto correlativo con que lo ato a mi realidad y por el que se rediseña el mundo y sus objetos. Y apenas queda nada del nombre del poeta.
Que diga Elmer, Octavio, Omar, Julio, Olivier, Ulises o Arnoldo, pues, va dando lo mismo: de cualquier manera, y digan lo que me digan, ya soy un publicado.

viernes, 15 de mayo de 2009

A merced del lector

[no publicado; tarada...]
Conversando hace unas semanas con mi editor (que es el editor de este semanario, pues nadie más me edita, cosa que no sorprende), después de varias escalas como la narrativa africana –que recordamos sólo a dos o tres autores, porque al menos yo no conozco más– y los cuerpos geométricos del universo no euclideano, tocamos el tema de las traducciones del Quijote al espanglish y la virulenta reacción de la crítica “especializada” de reputado periódico nacional en torno al asunto. Después de todo, es una clara abominación suplir el elegantísimo ‘matalotaje’ (de uso tan común y cotidiano entre nosotros) por algo tan vulgar y repudiable como ‘itacate’; más abominable, por supuesto, que los resúmenes “para niños” que reducen a Alonso Quijano a un payaso ridículo y esquizofrénico.
La plática me llevó a pensar sobre el hecho en otra dirección: esto fue con el Quijote, tan venerada y sólida institución en los panteones literarios, pero ¿no revela una generalidad que debiéramos considerar?
Los libros, ciertamente, son más débiles de lo que creemos y pocas veces están en posibilidad de defenderse; por ejemplo, todo texto literario es susceptible de ser traducido, por supuesto si el traductor es suficientemente hábil como para sortear problemáticas tan complejas como las de Vladimir Mayakovski, E.E. Cummings, los hermanos de Campos o Stéphane Mallarmé. Ahora bien –y por eso mismo–, dice la definición popular que toda traducción es una traición.
En otro aspecto técnico, también la edición modifica eso de que uno se apropia: tengo dos copias de El principito en casa, una de bolsillo a una tinta y otra de gran formato a todo color, y ni el niño en traje de gala ni los baobabs ni las rosas ni los pozos se me figuran los mismos. Si cernimos eso en fino, de la edición príncipe del Quijote a la crítica de Francisco Rico hay algunas horas luz de distancia.
Obviamente, todo libro es objeto de lectura (bueno: verdad de Perogrullo e ilusión platónica y utópica); y ahí mismo pierde la cualidad de único, sólido, inamovible: aunque la descripción de Alonso sea la misma, su imagen será distinta para cada persona que la lea. Y si yo lo imagino escuálido, moreno y de barba blanca caída, un polaco podría verlo algo más corpulento, tez clara y luengo mostacho daliliano. O los molinos están rodeados de tulipanes o no, lo mismo que los castillos pueden ser góticos, mudéjares o como el de Shrek o Disney.
Cada quien se apropia del libro como mejor le parece; o más correctamente, como puede: nuestra imaginación está restringida y/o relacionada a nuestra experiencia y –queramos o no– volvemos recurrentemente, inconscientemente, inevitablemente a lo que conocemos. Entonces, tal vez Paul Ricoeur –filósofo y teórico literario francés– no esté tan errado al decir que existen tantos libros como lectores, pues cada uno refigura el texto como mejor le viene. Y de lo que quiso el autor, sólo quedan tasajos.

lunes, 11 de mayo de 2009

Leer a Felix Klein

Elmer Davidson [sic]
11/feb/07
Una vez más, después de otra necia cavilación –durante una temporada comparé (como tantísimos otros) al lenguaje literario con una energía sublime y divina que permea el cuerpo y los canales sutiles del autor; más tarde lo consideré una compleja proyección de un universo personal; después lo comparé con la rebelión satánica contra el lenguaje cotidiano; luego, con un ente en simbiosis con el autor; que todas subyacen todavía, hay que decir–, encuentro una imagen que refleja mi manera de entender la lectura, al tiempo que me ayuda a entender y a explicar(me) mi materia de trabajo (la real, no las compras ni los inventarios de una empresa que me importa un comino): una botella de Klein.
Descrita por primera vez por Felix Klein en 1882, la botella que lleva su nombre es una superficie cerrada, sin volumen, no orientable; por tanto, no hay dentro ni fuera. Su principio constitutivo es la banda de Möbius (descubierta en 1858 por August Ferdinand Möbius), otra superficie no orientable. Ambas superficies pertenecen, en términos matemáticos, a la cuarta dimensión, ese bonito lugar donde los objetos conviven en simultaneidad de tiempo y espacio y al cual nosotros –mortales inmersos en el universo euclideano– no podemos acceder salvo por procesos mentales y deducciones matemáticas. Traerlas a nuestro universo (Klein y Möbius se limitaron a describir cada una desde la matemática y nada más) implica modificar en cierto sentido su estructura, cosa que no es imposible: alguna vez encontré quien tejiera gorritos de esquiar en forma de botella de Klein; debí haber comprado uno...
Si alguien se animara a hacer una banda de Möbius muy grande y alguien más nos pasara la receta para retar a la gravedad durante un rato, entonces los parques de atracciones –en conjunto con museos de ciencias– tendrían una atracción turística bien divertida, porque tranquilamente pasaríamos de la parte de arriba a la de abajo, sin tener más que caminar en línea recta. Pero si alguien más arriesgado hiciera una botella de Klein de proporciones épicas (tamaño Caballo de Troya), entonces la cosa aumenta en valores exponenciales y seguro no me sacan (bueno, es un decir: ¿olvidamos que no hay distinción dentro/fuera?) de ahí.
Así igual con la lectura: cuando leemos, penetramos en un universo que no es el nuestro, pero tampoco salimos de él, tiende al infinito a pesar de tener límites, la lectura nos lleva al interior de sí misma –el lenguaje– sin que dejemos de percibir la superficie. Se abre la perspectiva, nuestra certeza del universo conocido se desmorona: el movimiento, el tiempo, el espacio, la perspectiva de uno mismo, todo se vuelve relativo, si no es que se anula.
Por cierto, los que tienen una botella de Klein recomiendan no llenarla: es una faena limpiarla.

viernes, 1 de mayo de 2009

Falsa topografía de lector

Elmer Davidson [sic]
4/feb/07
1) Alguien me dijo que leía poesía (específicamente a Neruda, aunque no siempre) cuando se sentía más triste (habrá que ver si levantó a Pessoa en un momento así), y prefería el cuento cuando su humor era más alegre; alguien más me decía que su mejor manera para lidiar con el miedo a volar era García Márquez (cada quien...). Y así otros tantos, donde resaltan la melancolía, la tristeza, el hastío y uno que otro de imaginación ágil para los temas carnales; y uno lo relaciona y de pronto resulta que se lee desde cierto espacio, o para llegar a otro.
2) “Siempre te veo leyendo –me dice un día el gerente del banco al que tengo que presentarme regularmente, siendo yo, en este trabajo que tengo (al cual no le voy a dar adjetivo, por esencial respeto a mi lector) un factotum–, es bonita la lectura: a mí me sirve para escaparme del mundo de todos los días y relajarme”; respondo, solamente, que alguna vez fui estudiante de literatura y que la ficción tiene sus particularidades. Como primera regla y más obligatoria, no salgo a la calle sin un libro (o dos, mientras quepan en las bolsas del pantalón) y cualquier fila es buen tiempo de lectura.
3) Frase regular entre algunos promotores de la lectura: “No importa si no hemos visitado Moscú o París o Río de Janeiro, porque la literatura nos permite viajar a otros lugares, conocer otros mundos y otros tiempos, vivir una vida que no es la nuestra”. Cierto. Falso. Esquizofrénico. Pero si Comala no existe, ni Macondo, ¿adónde nos transportamos, entonces?
4) (y último) Tenemos la tendencia a creer que la literatura es una forma de fuga, por medio de la cual las sombras de todos los días desaparecen al menos por un instante: el tiempo se suspende, el espacio se cancela, el universo es otro. Pero no: la literatura –a pesar de su abrumadora amplitud– difícilmente es más que un divertimento: pesa más el torrente de pasión del enojo, del amor, de la obnubilación, de la ensoñación. Alguna posibilidad de fuga, pero no más que eso: como traicionados, los escritos caen de espaldas ante el rigor de un recuerdo, cualquiera. Y uno vuelve a la última oración cuyo sentido recuerda, repasa el mismo párrafo tres, ocho, doce veces, para empezar a leer el capítulo entero porque no entiende nada.
¿Leer desde algún lugar, para llegar a otro? Sólo en el trayecto entre la casa y el trabajo.

viernes, 24 de abril de 2009

Topografía de escritor

Elmer Davidson [sic]
21/ene/07
Leo en La letra E de Augusto Monterroso (citando a Claude Roy): “hay un asombro, en el fondo bastante general, que invita a la mayor parte de los hombres a preguntarse, cuando existen tantas cosas apremiantes, placenteras y útiles en la vida, por qué, en lugar de vivir, los autores escriben.”; y la pregunta es tan generalizada que aún los propios autores se cuestionan, sin duda.
Cuando se le pregunta a un escritor por qué escribe, la respuesta nunca es fiable, salvo en un caso: “no lo sé”; habrá sin duda quien diga que es un ejercicio catártico, o que lo hace por diversión, por necesidad, por obligación, por solicitud de otro, pero lo más razonable es dudar.
En todo caso, una pregunta más adecuada sería desde dónde escribe: a veces desde la furia, el hastío, el mero aburrimiento, una alegría envidiable, el miedo, la curiosidad, la obsesión, el deseo o simple lujuria (cada quien escoja la de mayor pertinencia, que nombres exactos sobran); y entonces la escritura –si nos ponemos maniqueos– se vuelve exorcismo o reiteración.
El autor, entonces, se para en un punto dado, asume una postura, mira hacia cierta dirección y hacia allá enfila el lenguaje; y como puede plantar los pies en el suelo de la desesperación, lo mismo puede pararse en la línea divisoria (si es que tal cosa puede reconocerse) entre la rabia y la tristeza, la risa sardónica y la vergüenza. El autor vuelve viajero al lenguaje, que emigra entre territorios para llegar a un destino que puede ser el punto de partida, muy otro lugar o ninguno.
Y hasta yo estoy dudando los motivos por los que debiera entender esto en términos geográficos, pero antes de razonar me respondo: todo texto literario tiene rasgos autobiográficos que el autor no podrá dejar de verter. Así, tampoco podrá evitar alguna intención de que esas experiencias pasen del texto al lector, y que se llene de melancolía o asco o gusto por una ciruela fría: su emoción (que he de admitir que no me convence la palabra, pero no puedo pensar en otra) se extiende, como las vibraciones de la lluvia golpeando un espejo de agua, abrazando todo lo que encuentran a su paso.