jueves, 22 de abril de 2010

Una evidencia

Jijo, ¿así o más glorioso?
[Con relación muy tangencial al Día de la Tierra: la gente que todavía pretenda alguna razón habrá de considerar obligatoriamente las implicaciones simbólicas de la efeméride, tengan aplicación práctica o no.]

miércoles, 21 de abril de 2010

Una(s) noticia(s)

A mis muy estimados lectores (los diez):
Hagamos todos como que ahora sí escribí el cuento que debía, sin desviarme demasiado del tema que me pidieron, o que al menos encuentre reparación; y podré decirles con todo el gusto que me quepa en el cuerpo si volvemos a estar en páginas nacionales.
En otros menesteres, lento pero constante estoy copiando los textos que han de conformar en algún futuro una nueva sección de este blog: poéticas personales y coyunturales de los poetas que me gustan (v.g. Ezra Pound, Francis Ponge, William Carlos Williams, Charles Olson). Muy probablemente existan en algún lugar de la red, pero el ejercicio de meter la cabeza en los expedientes de la carrera y husmear las revistas de los estantes tiene su gratificación.

lunes, 19 de abril de 2010

Iustitia et sapientia

Viernes por la noche. Cena oaxaqueña en el que se ha convertido en mi hábito de viernes por la noche. Después de meses de no ver a las amigas, las llevo conmigo y cenamos todos juntos. Carta comodín que supone riesgo a cada ocasión: el novio sueco de una, al que le caben cantidades infames de alcohol.
Y a'i va uno a acompañarlos en la cena, y en los tragos. Y pasan las horas. ¿Siete? cervezas y ¿cuatro? mezcales después, penosamente traicionado por los segundos (a tan grave nivel que no sé si eché a perder un proyecto).
Son más de las dos de la mañana; tengo que estar en mis cinco o lo más cercano a las ocho de la mañana. Tomo un taxi; por la distancia, esperaría una cuota de quince pesos, cuando mucho, de día. Pero conozco de sobra los abusos que se permiten los taxistas en esta ciudad pasadas las once de la noche.
– ¿Y cuánto va a ser?
– Cuarenta pesos.
– Seguro… Déjame aquí.
– Acá son quince pesos.
Saco una moneda de diez: "y di que te fue bien".
Ufano salta el taxista y me exige que le pague completo. Me rehúso a permitir el abuso. Me amenaza con partirme mi madre [sic] si no hago caso. Me amenaza con parar una patrulla. "Para la patrulla, entonces. Pero no esperes ni por accidente que te pague."
– Mira cabrón: a mí no me gritas.
– Ni estoy gritando, ni permito que TÚ me grites a mí. Para la patrulla.
Y en efecto: cinco minutos después, la patrulla se detiene. Sin esperar explicaciones, dos imbéciles me empujan, gritándome que me van a llevar a la delegación.
– Entiende cabrón: estás borracho.
– ¿Y dónde dice que es un delito caminar borracho por la calle? Podría estar ahogado y ustedes no tienen motivo para llevarme a la delegación. O muéstreme el reglamento o la ley donde dice que es un delito.
– Que te lo muestre el juez cívico –y comienzan de nuevo los empujones y tirones: un oficial me empuja para meterme a la patrulla, el otro me tira de la pretina del pantalón, por la espalda. Sigo sorprendido que entre esos dos no pudieran meterme, a mis 46 kilos de masa corporal, a una patrulla a punta de agresiones. Y entre manazos y tirones, comienzan los gritos.
– No me grites, cabrón, que te va peor.
– Bueno, ya, joder: ¿quieren que le pague a ese cabrón?
– Pero no lo insulte, joven. Tratémonos con respeto.
Mejor me guardo el comentario, antes de reventarlos a los tres. Los policías se reparten el título de policía bueno / policía malo; juego con ellos, no en su juego, así que callo a éste, luego callo a aquél, luego los callo a los dos, luego me permito hablarles de usted a los tres.
– ¿Qué lee, joven?
Obras selectas de Alejo Carpentier –y levanto el mamotreto de ochocientas páginas a altura suficiente para que lea la tapa–: extraordinario libro, se lo recomiendo.
Me mira con cara de consternación, se miran entre ellos con incredulidad. "Disculparán los señores, pero soy literato. Yo sí leo."
– Bueno, pero págale al señor o nos vamos a la delegación.
– Está bien, está bien. A ver, tú, cabrón: ven para acá.
Meto la mano en el bolsillo y rebusco una moneda de cinco pesos. "Toma, lo que me faltaba."
– Pero el taxímetro está corriendo.
– No cuando yo me subí, así que no es mi cuota. Me dijiste que quince pesos aquí: esos cinco más los diez que te di, ya no te debo nada.
Los tres me miran con una incredulidad que casi me hace estallar en carcajadas ahí mismo.
– Con su permiso, señores: me voy a mi casa.
El resto del camino, apenas quince minutos a pie, no puedo contener las carcajadas. Creo que mis vecinos me escucharon subir las escaleras. El respeto, eso lo sabemos hace mucho, se gana.

martes, 13 de abril de 2010

Días de rabia

Un buen día te hartas del trabajo. O hace mucho que estás harto del trabajo. O la gente a tu alrededor está harta de que estés harto del trabajo. Y te notifican que no te van a recontratar. Y que tienes dos meses para encontrar otro trabajo.
Calma el hastío: después habrá tiempo para las búsquedas.






Y me importa un corcho que sea abril.

jueves, 8 de abril de 2010

Una grandeza

Salgo de tomar café con un amigo de la preparatoria (uno de los poquísimos a los que aprecio) y darle una opinión sobre la serie de dibujos que está trabajando. Me es extraño, he de admitir, que se me consulte al respecto, si soy crítico literario/editor y no crítico de arte/curador; pero uno va con la mejor intención y voluntad, porque son amigos y alguna vez me involucré con el arte contemporáneo y la publicación de obra artística.
Salgo de tomar café, pues, y tomo el Metrobús. Justo en la caseta de pago se acerca un hombre pulcramente peinado, de saco, sin corbata, el cuello de la camisa arrugado; con este tan pobre olfato alcanzo a oler ron por debajo de una loción dulzona.
– ¿Te puedo pagar la entrada? Uso bien poco esta cosa y no tengo tarjeta.
Pasamos. Me dice que pensó tomar un taxi, pero prefirió el Metrobús por desconfianza, no lo fueran a asaltar; se dirige a la estación de trenes de Buena Vista para tomar el tren suburbano con destino a Izcalli (en la madre…). Me explica que estuvo esperando a alguien que iba a pasar por él, pero ese alguien sigue atrapado en una junta; son ya las once de la noche, y una junta a esa hora me parece sencillamente un crimen, aunque una parte de mis juntas también sea a esas horas.
– ¿Saliendo de la universidad?
– No. Pasé con un amigo para ayudarle con un proyecto –y veladamente insinúo que soy editor y una rama de mi empresa es la consultoría.
– Ya. Pero no importa lo que hagas: la profesión te escoge.
Titubeo, porque no creo en el destino como imposición, pero le dejo hablar.
– Me da coraje el caso de mucha gente. Te voy a regalar las palabras [!!!]: estoy trabajando con un muchacho que me está quedando mal con los tiempos. Pasé a verlo a su oficina y me di cuenta de que le pesó que llegara; me dio excusas y que le pongo su regañada: 'tú eres mejor que el negocio –le digo–, pero si el negocio es más grande que tú, entonces te jodistes [sic]'.
Después habla sobre otros motivos para ese enojo, y los dos coincidimos en que es mucha la gente que está esperando a que el mundo se dé, que les entreguen las cosas resueltas. Otra vez: construcción de destino, decisión, voluntad, esfuerzo y disciplina.
Infiero, por su conversación, que es contador, o quizá abogado. Me explica grosso modo una negociación que cerró: trato de cantina que le redituó por el sencillo hecho de sentar en la misma mesa a dos juegos de amigos. Y después el ejercicio de evasión fiscal que la ley misma permite.
– ¿Cómo te llamas?
– Oliver.
– Ah, Oliver. Como mi hijo. Mi hijo se llama Oliver –y recibe una llamada de la persona que lo va a llevar a Izcalli. Se ponen de acuerdo. Para ese momento ya me había pasado cinco estaciones de la mía, además de que tenía que cambiar de línea. Pero desde el inicio se me antoja que este sujeto –cuyo nombre nunca supe, evidentemente con varios tragos encima, mas guardando compostura y hablando lúcida aunque desordenadamente– puede ser un cliente en otro momento, o algún beneficio puede reportar. Y escucho pacientemente, marcando la Glorieta de Insurgentes como límite para regresar a mi estación (uno nunca sabe lo que puede suceder en esa glorieta).
Me despido con deferencia, me acerco al andén que me corresponde ahora y pienso que, de no haber tomado esa llamada, quizá habría tenido excusa para entregar una tarjeta de presentación.
En la hoja donde tengo las anotaciones de los detalles que falta redondear de la empresa (no pocos, a todas luces, y de esfuerzo mayor algunos) y que cargo en la solapa de la tercera de forros, hago dos notas más: "Eres más grande que el trabajo. Abraza ideas."

lunes, 5 de abril de 2010

Domingo de ramos

La responsabilidad dicta que debiera hacer una reseña de la clausura del Festival del Centro Histórico, con Bomba Estéreo y Tijuana Sound Machine en el escenario. Pero la volatilidad de la información, la obligación de la frescura de las notas hace ya impertinente tal entrada.
¿Y a mí qué con cualquier lineamiento periodístico?
Dicho en muy pocas palabras, Bomba Estéreo es la pura onda: cumbia colombiana con rimas de hip-hop y elementos de electrónica sabiamente dosificada. En palabras de ellos, "electro vacilón contestatario"; y ciertamente se reconoce la necesidad de diversión en sus letras, en el ritmo harto bailable, en la coquetería y abierto tono sexual de las líricas de Li Sahumet, en la crítica social que no se desbarranca en "comentarios" como los de otras bandas que tienen el pecho rojo con la cara del Che Guevara.
Lamento, sin embargo, la decisión de los organizadores del Festival de poner como grupo abridor a Bomba Estéreo y como principales a Tijuana Sound Machine. Los asistentes al Festival saben que el concierto de clausura está en manos de Radical Mestizo, la sección de música de fusión (que afortunadamente no raya en world music, aunque lo parezca); por tanto, la tónica de ese último concierto se sostiene en descubrimiento y nuevas experiencias para una generosa mayoría: allí descubrí a Rachid Taha, Goran Bregovic, Balkan Beat Box, y reafirmé cuánto me gusta Asian Dub Foundation.
Tijuana Sound Machine, le pese a los fans, no es un descubrimiento: el colectivo Nortec ha formado parte del panorama sonoro de este país desde hace ¿diez? años. Cierto, en sus inicios se les reconoció primero en Londres, y meses después en Tijuana y no sé cuántos meses después de eso en otras ciudades. Sin embargo, los miembros (Hiperboreal, Clorofila, Bostich, Fussible…; Murcof –en todo caso– se cuece aparte, eminentemente porque se separó en una etapa temprana del colectivo y agarró una dirección muy alejada de Terrestre) han alcanzado un reconocimiento sólido en estaciones de radio y tienen una muy devota base de seguidores. Se han vuelto icónicos de la cultura de vanguardia nacional, y eso es de celebrarse. Pero ya no son eso de allá arriba: descubrimiento.
Y pesa también que no haya con quien comentar (que no describir) la presentación de Bomba Estéreo, pues no sé de nadie que los haya visto. No dudo que muchos amigos estuvieron ahí, entre las treinta mil personas que atiborraron la calle frente al Monumento a la Revolución, pero no los encontré y no he leído reseñas suyas. ¿Cómo hacer suficiente una descripción de Roco y Pato de Maldita Vecindad acompañando y haciendo coros en "Fuego"?


¡Qué aburridos son los gringos en un concierto!


Addendum: Entonces uno chismea y se encuentra con que alguien, precaria pero atinadamente y con alguna suficiencia, filmó esa presentación, y la colgó en YouTube, y Bomba Estéreo la "autorizó" en su página de Facebook. Y uno la comparte. Digo, nomás como ejercicio antropológico de comparación.


viernes, 26 de marzo de 2010

Un ángel sin trompeta

Después de mucho tiempo –tanto que ni siquiera recuerdo qué fue lo último que apareció–, este blog recupera su espacio para rolotas.
Desde que imeem murió (o pasó a manos de Myspace), he buscado una alternativa que me permita presumir los meses y meses de música que orgullosamente he coleccionado al paso de los últimos años. Habrá quien encuentre un mayor beneficio a esas bibliotecas, pero hay que saber conseguirlo.
Entrando al quid de esta entrada, la serie Book of Angels de John Zorn puede ser sorprendente o monótona, aunque en Tzadik siempre presuman que toda nueva encarnación del proyecto es espeluznante, hermosísima, sin duda la mejor en la historia de la disquera, soberbia y… Lo cierto es que no siempre es así y hay ocasiones en que uno se aburre terriblemente.
En esta ocasión, afortunadamente, Mycale es un disco chulísimo. Basya Schecter, Ayelet Rose Gottlieb, Malika Zarra y Sofía Rei Koutsovitis arreglaron las composiciones de Zorn como no se les escucha normalmente. Y en su brevedad de apenas media hora, es gratísimo escuchar jazz y klezmer sin recurrir a los instrumentos que de regular les dan voz.
En menesteres no tan musicales, el miércoles tuve el gusto de tomar (más de) una cerveza con Arturo, tomando por excusa la entrega del ejemplar que le corresponde de Gastronómica de México. Tenía intención de colgar un pdf con las páginas de microficciones donde nos podrían encontrar; es más: tenía la buena voluntad de levantar la revista enterita para que pudieran leerla gratis y se ahorraran la vuelta al puesto de revistas, pero la tecnología me traicionó. Si logro resolverlo (y me acuerdo de resolverlo), les dejaré un regalito.

martes, 23 de marzo de 2010

Sábado de gloria


El Festival del Centro Histórico (sigo sin acostumbrarme a 'Festival de México') es, en pocas las palabras, las tres semanas que espero con más ansia cada año; pero casi es necedad decirlo, pues es harto sabido en este blog. Debido a la carga de trabajo y a la inestabilidad de las últimas semanas, sumado a los gastos que hube y he de hacer, no asistí a todas las actividades que quería. Pero de alguna manera tenía que solventar eso:
El solo planteamiento de Huey Mecatl me parecía increíble a priori: contenedores de barco utilizados como cajas de resonancia. Había escuchado antes de arquitectura que recicla los contenedores, y me parece maravilloso (replanteé la idea que tengo de mi casa cuando descubrí a este despacho en Monterrey), pero no hay punto de comparación entre eso y una instalación de arte sonoro. Y a'i va uno a enarbolar de nuevo sus estandartes de batalla: nunca es el qué, sino el cómo.
Dispuestos en un pentágono de dos pisos de altura, cinco contenedores de siete metros de largo distribuyen el sonido que se produce en los otros cinco que soportan sobre ellos; esperando en la fila, alguien apuntaba que había visto las cajas en el estacionamiento de la Tienda UNAM, y ya antes lo había notado, y me había preguntado por qué estarían ahí, sin hacer las debidas asociaciones hasta que aquel sujeto hizo la nota. Dos músicos y tres cuerdas tensadas por caja, arcos, instrumentos de percusión, un director musical con harto carisma, una soprano que rondaba entre las cajas inferiores, dos compositores, una hora y media de sol y música y estruendo. Eso sólo puede tildarse de felicidad.
En varios momentos la instalación era una masa de sonido que golpeaba con una fuerza sorprendente, y sin embargo no lastimaba los oídos. Era la parte física del sonido, su espacialidad, su materia, las vibraciones recorriendo el aire e impactando el cuerpo. Y las dos piezas que presentaron eran de una belleza apabullante, la segunda más orgánica y dinámica (y divertida cuando los músicos saltaban y golpeaban muros y piso y techo, a patadas, con palmas y puños, con los arcos enormes, con tablones de madera, mazos y cadenas); más de la mitad de ese tiempo cargué una vasta sonrisa, pensando en una canción de cuna dulcísima. Cuando un helicóptero nos sobrevoló, fue inevitable recordar el Cuarteto para cuerdas y helicópteros de Stockhausen, y el compositor ya me parecía un genio (la vibración de las hélices era brutal), pero resultó un accidente francamente despreciable para los organizadores, que no para mí.
Lo único lamentable fue la logística: si la instalación depende de la vibración de una caja de resonancia, lo salomónico es no permitir que el público entre en contacto con ella. Y jamás será encomiable que los organizadores deban indicar a la gente dónde pueden sentarse, qué espacios no obstruir para que el director pueda entrar y salir. Para ser la cuarta presentación de cinco, ya debían tener previstas todas esas situaciones.
Salí de ahí físicamente cansado (no en balde pasa una hora y media de pie), y un tanto preocupado pues sabía que faltaba mucho para esa noche: primero el centro de Coyoacán para ver a IG Blech y en la noche al Lunario del Auditorio Nacional al concierto de los Boredoms. ¿Afortunadamente? algo sucedió con los primeros, porque recorrí la plaza entera y no encontré el menor indicio de fiesta.
A sabiendas de que me iba a gastar lo que me quedara de cuerpo y oídos con los Boredoms, no apuré el paso y me tomé la providencia de comer algo antes de entrar; sabia acción: Fat Mariachi no merece más que esta mención, y me siento tranquilo de ahorrarme la casi totalidad de su set.
KK Null… Hasta la noche de ayer tenía tinnitus en el oído derecho, y probablemente perdí varios años de audición: no recuerdo, de entre todos los eventos de Radar a los que he asistido, que los fotógrafos de prensa tuvieran que utilizar orejeras de protección… A pesar de la tortura que se lee, se debe reconocer que el tío tenía un dominio sorprendente de su recursos y sin duda sabe manipular una caja de ritmos y los procesadores de sonido que tenía en la mesa. Aullido sobre aullido, se podía escuchar el camino en descenso hacia el final, un tanto más sereno.
Pero para los Boredoms había que beber cerveza, y preparar el cuerpo, y disponerse a algo, sin que quedara claro qué era. Había que bajar los brazos y esperar a que mostraran qué harían con una Telecaster de siete cuellos, con cuatro baterías, con siete arpas montadas en vertical y dos estaciones de sintetizadores. Fue algo como esto:


Pero no, el inicio fue otro: Yamataka Eye golpeaba con delicadeza la Sevena, esa monstruosa guitarra de siete cuellos, mientras Yoshimi P-We dirigía a dos bateristas, marcando una síncopa de largas pausas en los toms; lo que nadie esperaba era la salida de un baterista más al fondo del Lunario, cargado en hombros y reventando tarola y platos y bombo en un solo estremecedor, gritando al escenario y dialogando con Eye.
Lo que siguió no puede terminar de describirse. Todo intento será vano. El esbozo de una experiencia incomunicable será, cuando mucho y en el mejor de los casos, una insinuación. Si arriesgado, tendré que comparar a Yamataka Eye con Gonzalo, el director musical de Huey Mecatl, batuta en mano, llevando la segunda pieza musical a un espacio mucho más sobrio y sutil, sin dejar de lado la energía que exige la precisión.
Across over 20 years, founder and leader Eye, along with frequent collaborator Yoshimi, has taken the band on a cosmic road trip, from the early swamps of chaos through times of tribal frenzy, oceanic tranquility, and massive sonic constructions. Perhaps most remarkable is the unceasing commitment to vision above all else, and the effects of that Commitment.

jueves, 18 de marzo de 2010

Impasse

Es de sumo difícil pensar con nobleza cuando uno sólo piensa en ganarse la vida.
–Jean-Jacques Rousseau

I.
– Oiga, ¿qué tanto sabe de robótica?
– No, pues no la armo.
– ¿No le entra a una traducción? Mire, le reenvío.
Y recibo por correo una descripción poco precisa del documento; hoy, terminada la traducción, no sé para qué sirve ni cómo funciona el robot.
Nota al pie: en mi tabulador, una traducción de este tipo cuesta casi el doble de lo que nos han de pagar, sin mencionar que mi tiempo de entrega también se duplica.

Ibis.
– Hubiera ido ayer con nosotros por una cerveza.
– No, ni cómo: salí de aquí a las once y media. Pero al menos ya terminé la traducción.
– Le iba a decir, ¿y si le mando las imágenes de mi texto para que las traduzca? A mí ya no me da tiempo.

II.
El jueves pasado.
– Buenas tardes, Oliver. Quería agradecerte todo lo que has hecho con nosotros, pero esta situación ya no se puede sostener. Espero encontrar pronto a alguien tan profesional como tú.
– No entiendo lo que me quieres decir [sí entiendo, pero me chocan los eufemismos en ámbitos que no sean estrictamente literarios].
– ¿Ah, no me entiendes? Pues déjame decírtelo. Ya no podemos trabajar con el desastre de tiempos que tienes. Me dicen que ni siquiera tienes disposición para hacer tu trabajo. No es posible que me detengas la publicación de la revista. Si es necesario, las niñas van a tener que venir el fin de semana, y nadie se va hasta que esa revista esté en la imprenta.
– A ver. Yo le propuse una fecha de entrega a tu diseñadora, y en tanto nadie ha puesto reparo, doy por sentado que la aceptan. Nadie me dijo que necesitaban que entregara en otra fecha ni que les urgía. Por eso le escribí a tu diseñadora para pedirle que me mandara los archivos, y sigo sin recibir respuesta. Por lo demás, el calendario que tengo estipula que debí leer esa revista el 25 de enero, y que tengo cinco días para la tarea.
Silencio. Titubeos.
– Esto no puede estar pasando. En este mismo momento hablo con la diseñadora. En un rato te devuelvo la llamada.
No me llamó. Y me tomó cuatro intentos conseguir una cita para que me dijera que ya no formo parte de esa editorial, debido a que las editoras se quejan amargamente de que mi trato es grosero y prepotente, hasta ofensivo, y mi actitud nefasta. En ningún momento hizo mención a mi trabajo, si no fue para reconocerlo, al punto de poner involuntariamente en evidencia a las editoras.
Podría, en este punto, narrar el exquisito episodio en que me contrataron y las condiciones en que recibí esas revistas, los magnánimos errores de ortografía (los menores respecto al resto de la publicación) que encontré no digamos en una página, sino en un solo encabezado. Pero no: mea culpa, en su debida proporción, y como reflejo de las nefastas actitudes que vi en reiteradas ocasiones, desde mi banca, por parte del resto del personal.

III.
– ¿Y cómo va lo de tu negocio?
– Pues seguimos trabajando en eso, pero estamos trabados con la página de internet. Se me hace que este fin de semana me aplasto con mi diseñadora y no salimos hasta que esté en línea.

IIIbis.
– ¿Entonces sí me echas la mano para organizar la información de mi página?
– Con mucho gusto. Si logré ordernar las ideas de tu maestro y aterrizar todo lo que le estaba revoloteando en la cabeza, contigo llevo un chorro de camino andado.
– Ah, pues nos ponemos de acuerdo y nos vemos un domingo para trabajarlo. Yo pago las caguamas.
– Me parece [me parece porque me representa un trabajo menos grave –no por el estipendio–, porque todo mi esfuerzo consistirá en traducir una nueva versión cuyo original no sufriría modificaciones profundas].
– Híjole, se me había olvidado: este fin de semana me voy a mi casa de Tlayacapan.
– Chin…
– ¿Y si vienes con nosotros y le chambeamos allá?
Dicho: este fin de semana no me aplasto con mi diseñadora. Las revistas en pausa, las empresas en pausa, los impuestos y trámites en pausa. El cuerpo me exige descanso desde hace tiempo, y las circunstancias disponen todo para hacerlo. Observa el signo de tus tiempos, obedece lo que te diga el cuerpo, renuncia de vez en cuando.