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lunes, 6 de febrero de 2012

Cummings (de nuevo)

i carry your heart with me (i carry it in
my heart) i am never without it (anywhere
i go you go, my dear; and whatever is done
by only me is your doing, my darling)
________________________i fear
no fate (for you are my fate, my sweet) i want
no world (for beautiful you are my world, my true)
and it's you are whatever a moon has always meant
and whatever a sun will always sing is you

here is the deepest secret nobody knows
(here is the root of the root and the bud of the bud
and the sky of the sky of a tree called life; which grows
higher than the soul can hope or mind can hide)
and this is the wonder that's keeping the stars apart

i carry your heart (i carry it in my heart)

[Motivos]

lunes, 25 de abril de 2011

No te me mueras

Hoy me preguntaron si sabía qué fecha era; contesté inmediatamente, con perfecta conciencia. Hoy es un día agridulce.
Por una parte, es el cumpleaños de uno de mis recuerdos más queridos. Pasan los años, nos hacemos personas distintas, me vuelvo cada vez más cauto, más silencioso, más ácido y honestamente más distante; él también cambia lentamente, pero no sé cómo: hace años ya que no lo veo, que no cruzamos al menos una palabra o tomamos una cerveza juntos. Hace mucho que no sé siquiera cómo está, o cuándo vino y cuándo se fue. Y lo sigo queriendo, y lo sigo presumiendo mi mejor amigo.
Y justo hoy falleció Gonzalo Rojas. Lamento terriblemente no haberlo escuchado en una lectura que dio el año pasado: tuve un instante de rabia por enterarme tarde.
Como casi todos los grandes que me son preciados, conocí a Gonzalo Rojas en la carrera, en una clase de Poesía y poética latinoamericana. Esa voz poderosa, tan suya, sonora, con profunda carraspera, reconoce humildemente a Pound y a Williams y a una vasta generación de poetas norteamericanos a quienes tradujo. Ahí había una enseñanza que Rojas llevó a su campo personal para decir: la frase musical a su servicio. Suya es una obra hermosa y potente del siglo pasado, con un oído en el amor y las manos en los conflictos que le demandaban atención.


No le copien a Pound
No le copien a Pound, no le copien al copión maravilloso
de Ezra, déjenlo que escriba su misa en persa, en cairo-arameo, en sánscrito,
con su chino a medio aprender, su griego translúcido
de diccionario, su latín de hojarasca, su libérrimo
Mediterráneo borroso, nonagenario el artificio
de hacer y rehacer hasta llegar a tientas al gran palimpsesto de lo Uno;
no lo juzguen por la dispersión: había que juntar los átomos,
tejerlos así, de lo visible a lo invisible, en la urdimbre de lo fugaz
y las cuerdas inmóviles; déjenlo suelto
con su ceguera para ver, para ver otra vez, porque el verbo es ése: ver,
y ése el Espíritu, lo inacabado
y lo ardiente, lo que de veras amamos
y nos ama, si es que somos Hijo de Hombre
y de Mujer, lo innumerable al fondo de lo innombrable;
no, nuevos semidioses
del lenguaje sin Logos, de la histeria, aprendices
del portento original, no le roben la sombra
al sol, piensen en el cántico
que se abre cuando se cierra como la germinación, háganse aire,
aire-hombre como el viejo Ez, que anduvo siempre en el peligro, salten intrépidos
de las vocales a las estrellas, tenso el arco
de la contradicción en todas la velocidades de lo posible, aire y más aire
para hoy y para siempre, antes
y después de lo purpúreo
del estallido
simultáneo, instantáneo
de la rotación, porque este mundo parpadeante sangrará,
saltará de su eje mortal, y adiós ubérrimas
tradiciones de luz y mármol, y arrogancia; ríanse de Ezra
y sus arrugas, ríanse desde ahora hasta entonces, pero no lo saqueen; ríanse, livianas
generaciones que van y vienen como el polvo, pululación
de letrados, ríanse, ríanse de Pound
con su Torre de Babel a cuestas como un aviso de lo otro
que vino en su lengua;
cántico,
hombres de poca fe, piensen en el cántico.


¿Qué se ama cuando se ama?

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.


Retrato de mujer
Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,
sola en tu espejo, libre de marido, desnuda
en la exacta y terrible realidad del gran vértigo
que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,
y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.

Te juré no escribirte. Por eso estoy llamándote en el aire
para decirte nada, como dice el vacío: nada, nada,
sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo
que nunca me oyes, eso que no me entiendes nunca,
aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.

Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,
y quémame en el último cigarrillo del miedo
al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste
con la herida visible de tu belleza. Lástima
de la que llora y llora en la tormenta.

No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago
tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,
una nariz arcángel y una boca animal, y una sonrisa
que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela de tu frente,
mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.

Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma,
y te quedas inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo
de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás
conmigo. Aquí, mujer, te dejo tu figura.


Enigma de la deseosa
Muchacha imperfecta busca hombre imperfecto
de 32, exige lectura
de Ovidio, ofrece: a) dos pechos de paloma,
b) toda su piel liviana
para los besos, c) mirada
verde para desafiar el infortunio
de las tormentas;
____________no va a las casas
ni tiene teléfono, acepta
imantación por pensamiento. No es Venus;
tiene la voracidad de Venus.

jueves, 7 de abril de 2011

I haven't yet

Hace dos días fue el aniversario luctuoso de Allen Ginsberg. Podrían encontrar anécdotas hermosas como el día en que los Beatles -poco después de que pusieran pie en Nueva York- se sintieron intimidados ante la presencia de Ginsberg, invitado personal de Bob Dylan; y entre anonadado y confuso, incómodo por el silencio que había en la sala, se sentó en las piernas de John. "Dime John, ¿te gusta la poesía?" Y raudo negó. "Ah, no mientas: tu favorito es Blake", se escucha entonces en la voz mordaz de Yoko.
Allen Ginsberg, en cierto sentido, es el paradigma del poeta contemporáneo que conjuga dos tradiciones. Por un lado, el poeta maldito que explora los bajos fondos y conoce por experiencia propia la mezquindad humana, que está dispuesto a consumir el mundo en todas sus formas, radical, contestatario y crítico; se declaró abiertamente homosexual temprano en su carrera -cosa locamente escandalosa en los cincuenta, en especial para un judío; en terrenos del arte, también constituía algo cercano al suicidio- y consumió todas las drogas que existían en su tiempo. Por otro lado, era practicante poco ortodoxo del budismo zen, sobrio, moderado, de conocimiento enciclopédico. Ginsberg podía ser a la vez el Beaudelaire de cabello teñido de verde y el Kenneth Rexroth que traduce poetas místicas japonesas.
Y así como la poesía de Ginsberg es sumamente personal, me siento movido a recordar el impacto que tuvo en mí, esa clase de literatura norteamericana en que escuché una grabación del "Howl" en su voz y sentí cómo me golpeaba la espalda, el ritmo que no podía alejar y que tuve que imitar de alguna manera, la profundidad con que entendí Estados Unidos a través de algo más potente que la crónica histórica o la propia imagen directa. Sin embargo, no es justo: todo eso se volvió mío de una manera, pero puede ser de alguien más de otro modo.

martes, 1 de febrero de 2011

Una centena

O cuantos sean.
Devotchka es grande; y es hermoso. Y es lo que necesito en días como casi todos mis días amargos.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Una gota de agua

Estamos terminando la edición de un catálogo grande, suficiente como para haberle dado muchas horas de sueño. Quizá mañana mande los últimos textos que se deben incluir. Quizá me tome la libertad de mandarlos el viernes. Quizá no tenga otra opción que mandarlos el sábado. O quizá no sea cierto que son los últimos textos.
Independientemente de mi calendario de trabajo o el peligroso borde que estoy pisando a fuerza de excesos, agradezco y siempre agradeceré los accidentes que estos autores regalan entre las muchas sandeces que dicen; o siendo más preciso, los accidentes que uno encuentra mientras trata de dilucidar qué carajo quiso decir el autor.

Maker Profile - Kinetic Wave Sculptures on MAKE: television from make magazine on Vimeo.

jueves, 17 de junio de 2010

Bosón de Higgs

Hay días de ansiedad en que no se sabe siquiera dónde poner los dedos y todo alrededor es un estremecimiento. Leer, dicho sea de paso, no ayuda. El trabajo, evidentemente –y desde hace meses–, importa un carajo. Hasta el hambre se olvida, increíble para alguien que consume cantidades onerosas de comida; o más apropiadamente, se traslada a un resquicio que guarda su espacio en el tiempo.
Mientras tanto, Indio tiene un momento de iluminación (varias veces he tenido la intención de pasarlos por la furia perpetua, pero conviene más otra aproximación) y regala una gloria: de alguna manera me acordé de Jared Tarbell y sus bellísimas imágenes aleatorias. En el fondo la diferencia no es grandísima.
De veritas, descarguen Iographica y luego olvídenla.


martes, 18 de mayo de 2010

Un modesto tributo

Hace treinta años, Ian Curtis consumó una decisión. La semana pasada, discutiendo con mi alumno sobre la Libertad, le decía que comprendía a quienes se quitaran la vida a razón de un dolor físico intolerable (el suicidio: el gran ejercicio de libertad de los existencialistas franceses; ah, qué pereza me dan la mayor parte del tiempo), mas no por una condición psicológica o una situación coyuntural. Me guardo el comentario al respecto que mi misántropo está arrojando desde el fondo de mis costillas: no hay necesidad de amargar la tarde.
Al margen de lo que yo pueda considerar reprobable o admisible, el hecho es que la música tomó un rostro nuevo con tan sólo dos discos de Joy Division, y probablemente sería tanto más interesante si Curtis viviera o hubiera vivido unos años más. Alcanzo a ver, en mi fantasía, un disco más, por el cual el Madchester fuera más hondo, el glam metal gringo no tuviera la menor justificación, el pop noventero (las Spice Girls, específicamente) no encontrara sustento, el grunge fuera más ordenado y reactivo.
Pero no es así: la memoria de Ian Curtis se sustenta –lamentablemente; primordialmente– en su muerte, en las posibilidades del rumbo que pudo tomar Joy Division y la música en general (como yo mismo especulo), en constituirse leyenda, alma atormentada en resonancia con los mares de adolescentes (todos los que somos y fuimos) en desasosiego. Un héroe para quienes no encuentran pertenencia y a quienes habla directamente, desde la misma experiencia.
Los grandes lo serán por sus actos.


All she ask's the strength to hold me
Then again the same old story

jueves, 22 de abril de 2010

Una evidencia

Jijo, ¿así o más glorioso?
[Con relación muy tangencial al Día de la Tierra: la gente que todavía pretenda alguna razón habrá de considerar obligatoriamente las implicaciones simbólicas de la efeméride, tengan aplicación práctica o no.]

martes, 23 de marzo de 2010

Sábado de gloria


El Festival del Centro Histórico (sigo sin acostumbrarme a 'Festival de México') es, en pocas las palabras, las tres semanas que espero con más ansia cada año; pero casi es necedad decirlo, pues es harto sabido en este blog. Debido a la carga de trabajo y a la inestabilidad de las últimas semanas, sumado a los gastos que hube y he de hacer, no asistí a todas las actividades que quería. Pero de alguna manera tenía que solventar eso:
El solo planteamiento de Huey Mecatl me parecía increíble a priori: contenedores de barco utilizados como cajas de resonancia. Había escuchado antes de arquitectura que recicla los contenedores, y me parece maravilloso (replanteé la idea que tengo de mi casa cuando descubrí a este despacho en Monterrey), pero no hay punto de comparación entre eso y una instalación de arte sonoro. Y a'i va uno a enarbolar de nuevo sus estandartes de batalla: nunca es el qué, sino el cómo.
Dispuestos en un pentágono de dos pisos de altura, cinco contenedores de siete metros de largo distribuyen el sonido que se produce en los otros cinco que soportan sobre ellos; esperando en la fila, alguien apuntaba que había visto las cajas en el estacionamiento de la Tienda UNAM, y ya antes lo había notado, y me había preguntado por qué estarían ahí, sin hacer las debidas asociaciones hasta que aquel sujeto hizo la nota. Dos músicos y tres cuerdas tensadas por caja, arcos, instrumentos de percusión, un director musical con harto carisma, una soprano que rondaba entre las cajas inferiores, dos compositores, una hora y media de sol y música y estruendo. Eso sólo puede tildarse de felicidad.
En varios momentos la instalación era una masa de sonido que golpeaba con una fuerza sorprendente, y sin embargo no lastimaba los oídos. Era la parte física del sonido, su espacialidad, su materia, las vibraciones recorriendo el aire e impactando el cuerpo. Y las dos piezas que presentaron eran de una belleza apabullante, la segunda más orgánica y dinámica (y divertida cuando los músicos saltaban y golpeaban muros y piso y techo, a patadas, con palmas y puños, con los arcos enormes, con tablones de madera, mazos y cadenas); más de la mitad de ese tiempo cargué una vasta sonrisa, pensando en una canción de cuna dulcísima. Cuando un helicóptero nos sobrevoló, fue inevitable recordar el Cuarteto para cuerdas y helicópteros de Stockhausen, y el compositor ya me parecía un genio (la vibración de las hélices era brutal), pero resultó un accidente francamente despreciable para los organizadores, que no para mí.
Lo único lamentable fue la logística: si la instalación depende de la vibración de una caja de resonancia, lo salomónico es no permitir que el público entre en contacto con ella. Y jamás será encomiable que los organizadores deban indicar a la gente dónde pueden sentarse, qué espacios no obstruir para que el director pueda entrar y salir. Para ser la cuarta presentación de cinco, ya debían tener previstas todas esas situaciones.
Salí de ahí físicamente cansado (no en balde pasa una hora y media de pie), y un tanto preocupado pues sabía que faltaba mucho para esa noche: primero el centro de Coyoacán para ver a IG Blech y en la noche al Lunario del Auditorio Nacional al concierto de los Boredoms. ¿Afortunadamente? algo sucedió con los primeros, porque recorrí la plaza entera y no encontré el menor indicio de fiesta.
A sabiendas de que me iba a gastar lo que me quedara de cuerpo y oídos con los Boredoms, no apuré el paso y me tomé la providencia de comer algo antes de entrar; sabia acción: Fat Mariachi no merece más que esta mención, y me siento tranquilo de ahorrarme la casi totalidad de su set.
KK Null… Hasta la noche de ayer tenía tinnitus en el oído derecho, y probablemente perdí varios años de audición: no recuerdo, de entre todos los eventos de Radar a los que he asistido, que los fotógrafos de prensa tuvieran que utilizar orejeras de protección… A pesar de la tortura que se lee, se debe reconocer que el tío tenía un dominio sorprendente de su recursos y sin duda sabe manipular una caja de ritmos y los procesadores de sonido que tenía en la mesa. Aullido sobre aullido, se podía escuchar el camino en descenso hacia el final, un tanto más sereno.
Pero para los Boredoms había que beber cerveza, y preparar el cuerpo, y disponerse a algo, sin que quedara claro qué era. Había que bajar los brazos y esperar a que mostraran qué harían con una Telecaster de siete cuellos, con cuatro baterías, con siete arpas montadas en vertical y dos estaciones de sintetizadores. Fue algo como esto:


Pero no, el inicio fue otro: Yamataka Eye golpeaba con delicadeza la Sevena, esa monstruosa guitarra de siete cuellos, mientras Yoshimi P-We dirigía a dos bateristas, marcando una síncopa de largas pausas en los toms; lo que nadie esperaba era la salida de un baterista más al fondo del Lunario, cargado en hombros y reventando tarola y platos y bombo en un solo estremecedor, gritando al escenario y dialogando con Eye.
Lo que siguió no puede terminar de describirse. Todo intento será vano. El esbozo de una experiencia incomunicable será, cuando mucho y en el mejor de los casos, una insinuación. Si arriesgado, tendré que comparar a Yamataka Eye con Gonzalo, el director musical de Huey Mecatl, batuta en mano, llevando la segunda pieza musical a un espacio mucho más sobrio y sutil, sin dejar de lado la energía que exige la precisión.
Across over 20 years, founder and leader Eye, along with frequent collaborator Yoshimi, has taken the band on a cosmic road trip, from the early swamps of chaos through times of tribal frenzy, oceanic tranquility, and massive sonic constructions. Perhaps most remarkable is the unceasing commitment to vision above all else, and the effects of that Commitment.

viernes, 12 de marzo de 2010

Al carajo

Para una semana que en cuestión de dos palabras mal dichas (y no por mí) se convirtió en un insulto, una manera prudente de cerrarla, o al menos ponerle el punto y empezar a cambiar la página, es ésta.
No es difícil encontrar alguna resonancia entre la poesía japonesa y el epigrama griego, aunque el último sea más lúdico e incisivo. Pero cabezas inquietas como Ikkyu rebasan los límites de su formato de escritura, del zeitgeist de su época. Otra vez, ¿qué sería de nosotros si tuviéramos límites?

martes, 9 de marzo de 2010

Sr. Óscar

Ya no recuerdo cuál fue la última película que vi en el cine, pero es harto probable que haya hablado aquí de eso, así que pueden metichear en los archivos (y decirme). En términos generales, el cine rara vez llama mi atención, pero siempre tengo disposición para ver una buena película: lamento horriblemente Transformers 2 y Hancock, y me queda claro que las vi sólo por pasar una tarde con mi mejor amiga.
Los Óscares, en consecuencia, tienen poca relevancia para mí (por no decir que me importan un rábano). Sin embargo, tirado en la cama en un estado de ominosa pereza que me guardó de salir siquiera a comprar las croquetas de la gata, vi trozos de la ceremonia de entrega. Si leen algo que ya saben, por favor recuerden que este blog ha vivido varios periodos de perogrulladas, y que la naturaleza de mis reflexiones eminentemente es ésa.

I.
La coreografía para el número musical que antecedió al premio en la categoría de mejor banda sonora –una mezcla de piezas de los candidatos– llama especialmente mi atención. Algo a caballo entre la danza clásica y b-boys de hip-hop, lo que se presentaba en el escenario no era homogéneo, ni solemne. Si consideramos que el hip-hop fue una cultura marginal que surge a finales de los setenta y que le debe casi toda su existencia a músicos salidos de los barrios olvidados de Nueva York, estamos ante un fenómeno francamente radical.
Los doctos en hip-hop vendrán y me harán pasto de su ira debido a mi ignorancia, pero no me queda la menor duda de que debe de ser el último movimiento musical del S. XX que modificó la relación que la gente establece con la música. He oído o sabido de cualquier clase imaginable de mestizaje entre hip-hop y ritmos locales, y en muchos casos con resultados muy afortunados.
El punk, unos cuantos años antes, estuvo a punto de lograr eso mismo, pero sus alcances fueron mucho más limitados. Presumo que se debe en gran medida a que uno tenía, en el fondo, una noción de comunidad y construcción (Afrika Bambaataa y la Universal Zulu Nation), y el otro siempre ha sido abiertamente contestatario, pero también demoledor sin –en muchos casos– proponer un orden que renueve lo que ya destrozaron.
La adopción del hip-hop en la cultura popular norteamericana, con actos más bien vergonzosos y actitudes ridículas (vid. la portada de cualquier revista para adolescentes o MTV), es un signo de cómo funciona esa sociedad en particular: lo que alguna vez fue marginal y opuesto a la agenda cultural, política o social del momento puede eventualmente entrar en el gusto general, y formar parte de lo institucional. Ezra Pound, repudiado durante y después de la Segunda Guerra Mundial por su apoyo al fascismo italiano, respetado y (a veces) alabado por todos los grandes poetas que le siguieron, reconocido como una figura central en el desarrollo de la vanguardia poética, laureado con el premio Bollingen por los Cantos pisanos, fue incluido apenas hace siete años en la Library of America, que –en pocas palabras– es la colección que sentencia qué obras de la literatura norteamericana califican como clásicos.
Y mientras escucho el Rather ripped de Sonic Youth, viene a mi memoria un comentario de Thurston Moore en entrevista durante una visita a México en el marco del Festival del Centro Histórico. Parafraseando: "encuentro al hip-hop profundamente radical. Alguna vez el punk lo fue, pero surgió una oleada de músicos que se adhirieron sólo por seguir una moda: los ideales y el formato de vida del punk se diluyeron y dejó de ser fresco. El hip-hop es distinto. No deja de sorprenderme que una música de pandilleros y estigmatizada debido a quiénes la consumían haya entrado en el mainstream y que su público sea cada vez más variado. Es radical."

II.
Pero eso es una de mis muchas reflexiones marginales y una de las pocas cosas que aprecio y envidio de la sociedad norteamericana (como su sistema vial). Sería injusto saturar a mi lector con ideas densas, así que agradezco otra vez al que me regalara uno de los mejores conciertos de mi vida, esta vez por mandarme esta liga para ver a los nominados al Óscar por mejor corto animado.


martes, 2 de marzo de 2010

Un chismógrafo

I.
El universo se ordenó y tuve la oportunidad de escribir un cuento para Eme Equis, siguiendo la prerrogativa de Ficciones 2010, una colección que la revista ha abordado en el inevitable marco de tan histórico año (cualquier cosa que eso signifique).
Y sin embargo, mi cabeza no me permitió ajustarme a la línea temática. De un lado, los grandes eventos y las historias donde se reconocen tiempos y espacios definidos no son materia que yo sepa tratar (la épica de las cosas pequeñas); del otro, la idea que se fijó en mi cabeza quizá resolvería esa prerrogativa, pero de manera absurdamente sutil, por no decir vaga y ambigua.
Ergo: el cuento que Antimio Cruz recibió no se publicará bajo la pleca de Ficciones 2010, aunque quizá bajo alguna otra (no lo sabemos). Y yo intentaré escribir, esta vez con harta más precisión, otro cuento con ese apellido.
Gracias Antimio

II.
Se convoca a fiesta; y se ejecuta fiesta. Quórum de once, contando mi persona; veinte años, al menos, son imposibles de abarcar en seis horas. Y el gallardo anfitrión, procurando mantener generosamente surtida la fuente de botanas, estuvo a punto de arrancarse el pulgar izquierdo con su mejor cuchillo (pelo de gato en la herida; inevitable).
Al menos hubo pepinos y jícama y zanahorias y frituras durante un largo rato; y trece trepidantes minutos en que recorrí la casa y el cuarto buscando los curitas que –bendita la cosa– estaban sepultados en una maleta donde guardo la botella de Resistol, un álbum de fotos y diversas otras chucherías.
Nota al pie: más simple fue ponerme quieto y apretar el dedo hasta que dejó de sangrar. Probablemente no le agradecí lo suficiente, ni dije cuánto me apenaba que se ensangrentara las manos.

III.
Después de desenterrar la música gracias a mi juguete nuevo (un resplandeciente disco de 1.5 Tb que debiera ser suficiente para almacenar mi vida digital por los próximos diez años), brincoteo en mi silla con las canciones que de a poco se enlistan. Un enorme favorito:


martes, 23 de febrero de 2010

Una masa rabiosa

No soy fan de Massive Attack: como casi cualquier radioescucha de a pie, disfruto sus canciones y asocio ciertos recuerdos a ellas (a algunas). El Auditorio Nacional, por su parte, tampoco me gusta como foro para un concierto; o quizá sí me gusta como foro, pero para espectáculos de teatro italiano y tramoya.
La noche de ayer, sin embargo, eso tomó su propia concepción.
Este concierto, hay que aclarar, empezó en agosto del año pasado: "¿Quién se apunta al concierto de Guadalajara? Me sobra un boleto." Y es política de la empresa asistir, en la medida de lo posible, a todos los conciertos que llamen la atención, ya sea por las canciones que uno recuerda, por el músico (compositor o ejecutante) que es extraordinario o porque la recomendación viene del metiche a cuyo gusto musical uno puede tenerle fe.
Entonces recibimos aviso de que no será en septiembre el concierto, sino que se pospone a febrero; y no hay por qué quejarse: nadie tenía serios planes al respecto. Pero surge, natural, la incógnita: "¿Y dónde nos quedamos? ¿Y cómo nos vamos, para empezar?" Fingimos la salida abrahámica y nos decimos con disimulo "dios proveerá."
Y dos meses después de hacernos a la idea de que no tenemos idea de cómo vamos a llegar a Guadalajara ni dónde vamos a resguardarnos de la noche, se anuncia una nueva fecha de Massive Attack, la de ayer, en el Auditorio Nacional. Corolario directo e indirecto: los costos se abaten. Comparado con los $1,300 que pagamos, los $850 del boleto nuevo se tradujeron de inmediato en a) qué poca madre, ya pagué el otro, b) qué rifado, ya no tenemos que sacarnos un conejo de bajo la manga, c) ya nos alcanza para las palomitas y la cerveza.
Llegamos, por fin, en esta historia, a la noche de ayer: Martina Topley-Bird es gloriosa, y la necesidad de tan pocos recursos en el escenario es evidencia de una capacidad musical incuestionable. Treinta minutos, doce roadies, pruebas finales de guitarra y una de iluminación después, 3D salía al escenario. Y allí se derrumbó todo.
De todos los conciertos que recuerdo, con bandas más rabiosas, con espectáculos más abrumadores por el aparataje técnico, con sistemas de sonido mucho más grandilocuentes, en escenarios que permiten con más soltura que los asistentes se desgarren las ropas, nunca he visto al público rugir de esa manera. El encore obligado era una masa de sonido, y antes del primer estribillo de "Inertia creeps" 3D intentó hacer un silencio dramático que se extendió ante los gritos de la gente; miraba al resto de la banda, desconcertado, y nadie sabía a ciencia cierta cómo recuperar el dominio sobre el público y seguir. Algo dijo, pero bajo ese muro de aullidos y silbidos y aplausos era casi imposible entender los murmullos con que habla.
¿Por qué la gente llegó a ese estado? Las pantallas de leds que enmarcaban el escenario mostraron frases casi exclusivamente en español durante todo el concierto, todas en una declaración política y social muy evidente, aunque a veces insinuada con ironía: una conversación entre cuerpos militares durante una operación de ataque, frases aisladas que se reconocen descripciones de Guantánamo hechas por internos, citas sobre la libertad que abarcaban la Declaración de los Derechos Humanos, Alexis de Tocqueville, William Wordsworth, Malcolm X, Simone de Beauvoir ("Desearía que todos los humanos fueran transparentemente libres") y otros tantos que francamente desconozco; cifras netas del gasto anual de un senador inglés en papel higiénico (¡$3,480!), el ingreso anual de un trabajador social en Ghana (¡¡$1,500!!), el producto interno bruto de Haití y Etiopía, la fortuna de Bill Gates, el presupuesto del gobierno mexicano en armas (¡$1,500,000,000!) en 2007, el ingreso por armas vendidas a países en desarrollo; información de vuelos comerciales que se transforma en fragmentos de las banderas de varios países, que se mezclan con los logotipos de las trasnacionales más grandes (soberbio ejercicio de semiótica).
El momento capital, sin lugar a dudas, fue "Inertia Creeps" (cuando se recuperaron y pudieron continuar): las pantallas, en grandes letras verdes, presentaban encabezados de las notas de chismes nacionales, y alguna otra sobre personajes del jet-set internacional. Noticias que, en estricto sentido, son de nulo valor, salvo para quienes están directamente relacionados con esas personas; "2 siglos de independencia? / 1 siglos [sic] de revolución?", los signos de interrogación rutilantes e hincando hondo la pregunta. "¿Cómo estuvo TU semana? / Tu voto cuenta / Tienes una voz / Toma tus decisiones / VIVA MÉXICO CABRONES [aullido generalizado]"; me queda claro que estaban moviendo conciencias, incitando a una revolución, y yo estaba a punto de arrancar el asiento de enfrente.
Este concierto es, dicho en pocos términos, el más inteligentemente político, el que más atención ha puesto en su público, el más furioso, uno de los más energéticos a pesar de la relativa calma de los músicos ("Thank you very much for being here tonight. I'm saying cheers with a cup of tea" y después la voz casi en basso profondo de Daddy G): uno de los mejores conciertos a los que he asistido, si no es el mejor.



Vía la que soltara la invitación inicial a Guadalajara, el setlist de ayer; por supuesto, piénsenlo en una versión sumamente modificada, saturada y –en la jerga nuestra de cada día– empuerquecida. Siete horas después pude terminar de escribir este post.

martes, 16 de febrero de 2010

La luz y la pluma

No recuerdo haberlo mencionado, pero una de mis pasiones no realizadas es la caligrafía: el último año de preparatoria encontré el número de julio de 1988 de National Geographic, ejemplar que está en mi escritorio esta misma tarde. El artículo de portada está dedicado al dominio moro en España: entre caligrafías y geometría, sus 32 páginas dieron pie a un gusto que ahora está hondamente arraigado.
Lamentablemente, mi pulso es una traición tácita, y a pesar de que intenté tomar un curso, sencillamente no lo logré. No es, sin embargo, excusa suficiente: alguna vez localicé una pequeña academia de caligrafía en esta ciudad, aunque la atención estaba puesta en plumas virgueras y letra bastarda en lugar del qalam y el diywaaniy.
Ayer, ni siquiera recuerdo cómo, encontré a Julien Breton; recuerdo, eso sí, que la página que me condujo hacía énfasis en sus caligrafías luminosas. Y los dioses saben que luz y caligrafías son sumatoria de rapto.
Algunas veces en francés, otras en árabe, otras sencillamente en trazos, en estas piezas Julien integra las imágenes al paisaje, y las hace ver absolutamente naturales; de hecho quiero creer sin resguardo y con fe ciega la nota que hace al inicio: "imágenes realizadas sin trucos ni retoque."
Y aun cuando el Photoshop tuviera su parte en esto, el autor tiene mi admiración y envidia.

Y croire sincèrement, Les folles Siffayt, 2009. Caligrafía abstracta.

S'enfuir, Nantes, 2008. Caligrafía abstracta.

Reve, Hurghada, Egipto, 2009. Caligrafía árabe.

Poésie, Nantes, 2007. Caligrafía latina.

Mots, Nantes, 2007. Caligrafía latina.

Ile neuve, Le Cellier, 2009. Caligrafía abstracta.

viernes, 5 de febrero de 2010

Respira

No odies, que te están doliendo hasta los brazos y la espalda. Respira. Antes de que estalles en una embolia.


viernes, 22 de enero de 2010

Loop

Hay libros a los que se vuelve; hay libros a los que se debe volver. Borges, héroe indiscutible de este blog, decía que se enorgullecía más de lo que había leído que de lo que había escrito, y se enorgullecía más de lo que había releído.
He vuelto a unos pocos, algunas veces, ya sea por gusto o disciplina: Iliada, Odisea, el Quijote, el Amadís, El Principito (unas ochenta veces), La ciudad y los perros, Eclesiastés, Residencia en la tierra, Altazor, Otra vuelta de tuerca, las obras completas de Girondo… Sin embargo, nunca había leído un libro dos veces seguidas.
Después de leer Plain Tales from the Hills, me pareció que Rudyard Kipling efectivamente se había construido un espacio en la historia de la literatura inglesa por cuenta propia, por su atenta observación y el cuidado obsesivo de su escritura, que sin embargo era fluida y apabullante en su abundancia. No recuerdo realmente la versión de Disney de El libro de la selva, así que no es por ahí donde tengo asidero o nociones de su obra. Sin embargo, cuando uno lee un título tan fastuoso y pretencioso como El mejor relato del mundo y otros no menos buenos (editorial Sexto Piso), la mezcla de curiosidad y morbo obliga a levantar el tomo de casi seiscientas páginas.
Maugham's Choice of Kipling's Best es la puntillosa selección que William Somerset Maugham –discípulo de Kipling– hizo en 1953. Efectivamente, "El mejor relato del mundo" tiene dignidad suficiente para tomar su lugar en la antología, y no más que "El pueblo que votó que la tierra era llana", "El que fue", "Ellos", "El chico de la leña", "Sin beneficio del clero", "La radio", "La tumba de sus antepasados", "La enmienda de Tods", "El hombre que iba a ser rey" y ahí me detengo, pues básicamente estoy repitiendo el índice (aunque en desorden).
Llegó un momento en que me di cuenta que las estructuras de los relatos vuelven sobre sí mismas como pocas otras obras. La literatura en sí misma es un discurso en que el lenguaje sigue un movimiento centrípeto, que sucede de nuevo al momento de la lectura y que se vuelve centrífugo en la interpretación y el análisis. Estos relatos de Kipling recuperan constantemente las informaciones que los constituyen, modifican las categorías de objetos y actantes: absolutamente nada es gratuito, y el peso específico de unos pocos detalles pueden sobrepasar eventos que parecían más relevantes.
Resumiendo: son resultado de un trabajo de hilvanado muy fino, y la única manera de abarcarlos en la medida de lo posible era leerlos dos veces (en ocasiones tres). En otras palabras, desde agosto tuve el libro entre manos, y lo he disfrutado como se paladea lento un plato magníficamente cocinado.
Hoy tengo Nuestros antepasados de Italo Calvino (regalo de cumpleaños grande como pocos); y con él he de volver a El vizconde demediado y El barón rampante. Eso es un atisbo de felicidad.

jueves, 21 de enero de 2010

Las llamas

Doug Savage, además de dibujar un cómic maravilloso (PROD3000 es el epítome de muchos de mis trabajos), acaba de animar "July flame" de Laura Veirs. Y está increíble.



En definitiva, si hay algo que me parece aburrido ad nauseam es que los videos musicales sean una larga toma de los músicos. Por eso precisamente el stop-motion me parece tan relevante en un momento en que contar historias o materializar visualmente una idea corre el riesgo constante de caer en lugares comunes o mantenerse al margen de construir un objeto (el video) que trascienda a su pre-texto (la canción) y se constituya un objeto autónomo, o tanto como le sea posible.
[Ahora que lo considero, sirva esto de pequeño regalo de cumpleaños a mi sobrina, aunque la posibilidad de que lo vea va de ínfima a nula.]

miércoles, 6 de enero de 2010

The Magnetic Fields

Si algún beneficio saco en claro de trabajar en esta revista académica (y alguna vez en una de arte contemporáneo) es entender, al menos de manera vaga, cómo funciona y qué hicieron:




(Y no puedo creer que sea de 2001 y yo sin saber de esto.)