Comienzas la traducción de una encuesta a un importante ejecutivo de relaciones públicas de una farmacéutica trasnacional.
10:32
Dejas en paz al ejecutivo y traduces modificaciones a las políticas financieras de una firma trasnacional de investigación de mercados.
11:49
Entregas las políticas financieras (qué difícil es el inglés de negocios) y traduces las respuestas automáticas que debe arrojar un programa computacional.
13:52
Regresas de la comida (cargando una bolsa de croquetas para gato) y te dispones a continuar con el importante ejecutivo de relaciones públicas.
15:48
Miras con incredulidad el monitor y empiezas a especular: ya sea que el importante ejecutivo no sepa hablar o quien transcribió sus respuestas no sabe escribir, lo cierto es que la traducción se detiene en seco. Después de deliberar el justo proceder, la encargada del proyecto recibe sutil mensaje de que hubiera sido lindo que leyera lo que manda traducir.
16:51
La encargada del proyecto quiere, ahora, que inicies el trabajo casi de cero. Antes de la embolia: chocolate, un vaso largo de agua, amarga queja con el jefe, y apagar la computadora. Mañana saldrá esa traducción (sin adjetivos, más por pereza que por respeto).
20:46
Te quitas por tercera vez al gato de las piernas, que duerme muy cómodo y a sus anchas, pero ya se te entumió la rodilla izquierda y el brazo entero.
21:18
Después de revisar las instrucciones para los autores de una revista académica, comienzas la corrección de un artículo de oncología.
[No sé a qué hora termine, pero sí sé que las lecturas del editor son tan variadas que su versatilidad apendeja.]
De nuevo Hawthorne, The Scarlett Letter, "The Custom-House". De nuevo la escritura. De nuevo la necesidad, después de tanto tiempo, de tanta ira (por una vez, justificada y vista sin mi intermediación). De nuevo, ante todo, la posibilidad.
Un día, por fin, tienes la pulsión de escribir. Para sacar (acomodar) de otra manera la ira, para decir el desasosiego, para poner en perspectiva las dudas de un momento particular y aclarar las soluciones que se avecinan, para recuperar un ritmo que se perdió (si acaso se tuvo) hace años. Y de alguna manera las palabras se hacinan en el pecho y buscan su camino, pero la falta de uso hace extraños los sonidos. Quiere surgir la voz de entre los sepulcros y la brisa cauta es más ruidosa, quiere despuntar la mañana en un nido de colores y la bruma aplasta los rayos entre sus nubes, busca el agua su cauce y se encuentra con un muro de argamasa.
Se quiere decir. Se tiene algo que decir. Se intenta decir. Pero cada brizna de voz se rompe. Es una extraña tristeza.
I. De regreso a casa encuentro en la entrada de metro Miguel Ángel de Quevedo a un vendedor de higos. Sin pensarlo un instante le compro una bolsa. "Joven –me dice apenas sigo mi camino–, tome: llévese su pilón" y guarda un higo más en la bolsa. Apenas puedo agradecerle debidamente y desearle buena noche.
II. Cuando éramos niños, mi abuela nos pedía a mis primos y a mí que subiéramos a la higuera y cortáramos todos los higos maduros. Algunos estaban comidos por los pájaros, otros por las hormigas, y sólo algunos se veían limpios. Bajábamos del árbol con una canasta cargada y las manos negras de savia gomosa y polvo. El patio de mi abuela, a pesar de la multitud de frutas y flores (perones, papayas, melones, la higuera, el descomunal olivo de los vecinos, y no recuerdo cuántos más), era un terruño polvoriento y árido en su mayoría. Recuerdo los higos más dulces que he comido, muchos de tamaño generoso; los abría y minuciosamente (obsesiva, neuróticamente) comía cada filamento rojo por separado, con ese poderoso perfume hundido hasta la garganta. A la fecha me detengo junto a una pequeña higuera en mi camino al supermercado, tan sólo para oler las hojas; pronto dejaré de hacerlo, pues el metrobús de Cuauhtémoc arrancará todos los árboles de ese lado de la calle.
III. Justo frente a la ventana de mi salón de la secundaria había una higuera como la del jardín de mi abuela. Pasé muchas horas sentado a su sombra; no recuerdo haber percibido su aroma en todo ese año.
IV. He perdido la cuenta de la última vez que visité la casa de mi abuela. Si no me equivoco, pasan ya los cinco años. Punto nodal para mi familia en Tijuana y San Diego, los fines de semana hervía de gente y voces. Navidad era un escándalo de regalos para los treinta y tantos nietos y once hijos (más las consabidas parejas), que hacían un lago de ¿dos metros? alrededor del árbol. No había mesa suficiente para sentar a tantas personas, aunque no sorprendía que sobrara comida como para que cada uno llevara lo suficiente para el día siguiente. La casa de la abuela, por extensión, era el refugio de quienes llegaran de vacaciones a Tijuana o sencillamente no pudieran pagar una renta. El patio era un reto de supervivencia, ya por el intolerable calor de verano, ya por los juegos de infancia. Por otra parte, podíamos cortar toda la fruta que quisiéramos siempre y cuando avisáramos, pero teníamos prohibido jugar en el jardín: a nadie le gustaba la idea de que arruináramos las plantas.
V. En la higuera y el olivo anidan los recuerdos. En la higuera y el olivo descansa el hombre de obras correctas.
Ya no recuerdo cuál fue la última película que vi en el cine, pero es harto probable que haya hablado aquí de eso, así que pueden metichear en los archivos (y decirme). En términos generales, el cine rara vez llama mi atención, pero siempre tengo disposición para ver una buena película: lamento horriblemente Transformers 2 y Hancock, y me queda claro que las vi sólo por pasar una tarde con mi mejor amiga. Los Óscares, en consecuencia, tienen poca relevancia para mí (por no decir que me importan un rábano). Sin embargo, tirado en la cama en un estado de ominosa pereza que me guardó de salir siquiera a comprar las croquetas de la gata, vi trozos de la ceremonia de entrega. Si leen algo que ya saben, por favor recuerden que este blog ha vivido varios periodos de perogrulladas, y que la naturaleza de mis reflexiones eminentemente es ésa.
I. La coreografía para el número musical que antecedió al premio en la categoría de mejor banda sonora –una mezcla de piezas de los candidatos– llama especialmente mi atención. Algo a caballo entre la danza clásica y b-boys de hip-hop, lo que se presentaba en el escenario no era homogéneo, ni solemne. Si consideramos que el hip-hop fue una cultura marginal que surge a finales de los setenta y que le debe casi toda su existencia a músicos salidos de los barrios olvidados de Nueva York, estamos ante un fenómeno francamente radical. Los doctos en hip-hop vendrán y me harán pasto de su ira debido a mi ignorancia, pero no me queda la menor duda de que debe de ser el último movimiento musical del S. XX que modificó la relación que la gente establece con la música. He oído o sabido de cualquier clase imaginable de mestizaje entre hip-hop y ritmos locales, y en muchos casos con resultados muy afortunados. El punk, unos cuantos años antes, estuvo a punto de lograr eso mismo, pero sus alcances fueron mucho más limitados. Presumo que se debe en gran medida a que uno tenía, en el fondo, una noción de comunidad y construcción (Afrika Bambaataa y la Universal Zulu Nation), y el otro siempre ha sido abiertamente contestatario, pero también demoledor sin –en muchos casos– proponer un orden que renueve lo que ya destrozaron. La adopción del hip-hop en la cultura popular norteamericana, con actos más bien vergonzosos y actitudes ridículas (vid. la portada de cualquier revista para adolescentes o MTV), es un signo de cómo funciona esa sociedad en particular: lo que alguna vez fue marginal y opuesto a la agenda cultural, política o social del momento puede eventualmente entrar en el gusto general, y formar parte de lo institucional. Ezra Pound, repudiado durante y después de la Segunda Guerra Mundial por su apoyo al fascismo italiano, respetado y (a veces) alabado por todos los grandes poetas que le siguieron, reconocido como una figura central en el desarrollo de la vanguardia poética, laureado con el premio Bollingen por los Cantos pisanos, fue incluido apenas hace siete años en la Library of America, que –en pocas palabras– es la colección que sentencia qué obras de la literatura norteamericana califican como clásicos. Y mientras escucho el Rather ripped de Sonic Youth, viene a mi memoria un comentario de Thurston Moore en entrevista durante una visita a México en el marco del Festival del Centro Histórico. Parafraseando: "encuentro al hip-hop profundamente radical. Alguna vez el punk lo fue, pero surgió una oleada de músicos que se adhirieron sólo por seguir una moda: los ideales y el formato de vida del punk se diluyeron y dejó de ser fresco. El hip-hop es distinto. No deja de sorprenderme que una música de pandilleros y estigmatizada debido a quiénes la consumían haya entrado en el mainstream y que su público sea cada vez más variado. Es radical."
II. Pero eso es una de mis muchas reflexiones marginales y una de las pocas cosas que aprecio y envidio de la sociedad norteamericana (como su sistema vial). Sería injusto saturar a mi lector con ideas densas, así que agradezco otra vez al que me regalara uno de los mejores conciertos de mi vida, esta vez por mandarme esta liga para ver a los nominados al Óscar por mejor corto animado.
Después de una semana tempestuosa (la peor del año, y eso que apenas van cuatro) y los tres días de descanso que le siguieron –indispensables para la condición que guardaba–, admito la insana tentación de escribir sobre nimiedades recientes, que no dejaron de disparar ideas y divagaciones menores. Sin embargo, no veo motivo ulterior para hacerlo: esto se convertiría en el cofre que guarde un tesoro de polvo, partículas nacidas de desgaste, desatención y olvido. Quizá de entre todos esos pensamientos erráticos, uno sea cierto: debiera rendirme. La decisión no obedece, esta vez, al cansancio, sino a la claridad de que pierdo tiempo y energía carísimos en un esfuerzo que no redunda en beneficio; no es inútil, pues en el fondo es un acto de amor: es regar y abonar flores congeladas. Y ahí mismo donde el acto de amor pervive, también ahí está el dolor de la renuncia. No somos parte.
[Addendum: ayer, una de las personas más lúcidas que conozco y que mejor me conoce me preguntó si creía en los astros. "Procuro no hacerlo", dije por toda respuesta. "Es que casi toda la gente que he visto me ha dicho que la semana pasada fue espantosa. Yo también tuve una de esas semanas."]
El 21 de diciembre de 2012 termina la cuenta larga del calendario maya. Leído textualmente, el tiempo se termina; sobreinterpretado (a la manera de los exégetas paranoicos de las Revelaciones de Juan), el mundo se va a acabar, o la humanidad va a tener una epifanía, o sucederá por fin el sueño de Vasconcelos. O ninguna de las anteriores. En otras palabras, y si no sucede nada en perjurio de mi persona (como que me vuelvan a reventar en mi propia casa o me explote un ventrículo o un coágulo se me estacione en el cerebro, todas las cuales son muy probables dado mi muy sano humor), habré cumplido treinta años cuando me siente con un vaso de whiskey y cacahuates a ver el fin del mundo, que no será otro que el de los paranoicos y los suicidas apocalípticos haciendo eso que mejor saben hacer. Al margen de que sería extraordinario confrontar a Agustín con los mayas, lo sano es pensar en tiempo presente. Y Beth Orton lo dijo rebonito: today is whatever I want it to be.
I. Cuando era niño, mis padres no me inculcaron realmente el hábito de la lectura; mi padre, por su parte, optó por no permitirme perder el sentido de la sorpresa. Quiero creer que de alguna manera sabía que eso sería más valioso, pues me llevaría naturalmente a desarrollar la apreciación de las cosas, a admirarme ante ellas (la literatura también); lo dijo Reyes en "Aristarco": la crítica más disciplinada requiere, por principio de cuentas, la capacidad de sorprenderse y disfrutar o sufrir las obras, que ya después vendrá el rigor y la disección taxonómica.
II. Recuerdo que los libros de texto de la primaria (no tocaré el tema de los penosos planes de estudio propuestos a últimas fechas) estaban sembrados de cuentos; supongo que los autores supusieron en su momento que los niños no serían capaces de leer una obra más extensa. Leí a Rulfo, a Quiroga, a Arreola, quizá a Kipling. Recuerdo que en su mayoría eran cuentos de estructura clásica, de final cerrado. En toda ley, la primera obra que leí fue Las batallas en el desierto, y después Aura. Muy poco tiempo después, a los quince años, empecé a escribir: la sombra de Felipe Montero, el narrador que me hablaba, el cuerpo de Aura, el cuerpo que cambia y que es el mismo, fueron directrices para ese primer cuento, para todos los que han venido después. La ambigüedad y el discurso polisémico. Nunca decir puntualmente; insinuar, marcar posibilidades. El sentido que subyace y excede. Una cosa es el planteamiento; muy otra lograrlo.
III. Un "asunto" que deben imputar siempre a un autor es su mal vicio de asociar su modus scribendi con el fuero personal; y peor todavía, su incapacidad para disociar su modus scribendi de su modus vivendi. En algún punto resulta de lo más normal cuando sus personajes (algunos) actúan como él, pero es del todo insano cuando concibe el mundo de la misma manera en que concibe la ficción. Perder la conciencia de esos límites es tentar a la solidez de la cordura. Y sin embargo, parece tan natural que se suele caer rendido ante la ilusión de construir el mundo, de que uno es Allah el artista, y no un mero artesano. Peligro como pocos. Vicio mayor que cualquiera que nombren.
IV. Es recurrente escucharme en un discurso ambiguo. Es recurrente que no diga lo quiero o debo decir, sino todo lo que se puede encerrar en una frase: al fondo de esa caja lingüística hay un gato de Schrödinger. Es recurrente que no sepa decir cuando debiera ser más sencillo. Y la voz quema, a veces dura, a veces amarga, a veces cruel, a veces insolente, feroz, torpe, dulce, sutil. Y la voz quema. Si la ofensa sucede, será porque he sido torpe: insulto cuando quiero, deliberadamente y con confianza, jamás inercia.
¡Desbanquemos al gobierno! ¡Muerte a los truhanes! ¡Guillotinemos a los opresores! ¡Robespierre! ¡Robespierre!
Dicho lo anterior, y considerando seriamente cometer un golpe de estado e instaurar un gobierno que promete milagros que sabemos que no va a cumplir, pasemos a lo relevante. Definitivamente no voy a terminar de copiar los capítulos de las Memorias que les quiero presumir/presentar. No por eso me libro de mi responsabilidad/compromiso, y me atengo a cumplir mis promesas, como buen caballero que soy (o algo que le es parecido). Por lo pronto, depuremos el sistema político, a ver si el gobierno nuevo establece -por fin- un Tratado de Libre Comercio (¿para qué mentir? Si ya sé que ni voy a dar un golpe de estado ni tengo capacidad para inventarme un nuevo gobierno... ¡Ah, qué hermoso que es inventar ilusiones y luego decapitarlas, o asesinarlas fusil en mano!).
Tratando de desviarme de las cosas que está rumiando mi cabeza, cambio de velocidad, aunque no sé a cuál.
Este blog podrá tener algún encanto (sabrán los dioses cuál) y podrá estar sembrado de grandes poemas de grandes poetas y habrá algunas reflexiones que quizá sirvan de algo (sabrán los dioses a quién) y me será catártico y útil; de pronto pienso que este blog es como el anís: es dulce, pone de buenas, apendeja llegado cierto punto, es digestivo. Pero también empalaga; además, hay días en que uno quiere acompañar la comida, y no con una copa de vino: unos tacos de barbacoa o un plato de pozole o virtualmente cualquier otro platillo mexicano se disfruta más con una cerveza. Hoy haremos cerveza: la reflexión más irrelevante que pueda suceder, y sin embargo tendrá algo que agrade, o al menos eso espero. Si alguno de mis lectores (los ocho) creen que soy un necio, está en lo correcto y nada puedo hacer sino corroborarlo; pero si por algún motivo presume que soy solemne, entonces me veré en la ominosa necesidad de ladrar sin orden ni sentido: me considero un tipo serio, pero la solemnidad es un recurso, no un modus vivendi. Paso, entonces, a la sumaria reflexión que he hecho desde hace ya varios días y que no había logrado formar con exactitud. Sabido y consabido es que mis gatos me son harto importantes; especulo que así es para la mayor parte de los dueños de gatos (una manera de plantearlo, pues lo cierto es que ellos son los dueños de uno), quienes compartimos una serie de particularidades, a saber:
1) Nos pasamos el día viendo a nuestros gatos jugar, a sabiendas de que, en algún momento, van a hacer algo locamente estúpido que sin duda nos hará reír.
2) Miramos dormir a nuestros gatos, y aún eso nos parece gracioso.
3) Perseguimos a nuestros gatos hasta los lugares más insospechados, nuevamente a la espera de alguna gracia. 4) Nuestra desmedida atención hacia ellos nos obliga y compele a cuidarlos y mimarlos, y no hay momento en que no nos parezcan tiernos, linduritas de cajita de galletas, a pesar de cualquier circunstancia. 5) Si sus estupideces no nos hacen reír, nos enternecen al punto de arrancarnos un sentido y emotivo "Ayyy, qué liiindo", seguido de una risita que por motivo ninguno es burla. 6) Si nuestros gatos no hacen algo estúpido, lo hacemos nosotros por ellos, o fomentamos esa estupidez, o proveemos los artículos necesarios para tal fin. 7) Aun cuando alguna estupidez suya pudiera hacernos rabiar, todo delito cometido contra la hacienda y bienes del dueño se ve irremisiblemente atenuado por una sonrisita coqueta y unos ojos como los del Gato con Botas de Shrek. Sin embargo, la mayor particularidad que tiene todo dueño de gatos es que los encuentra tan fotogénicos que prefiere tomarles fotos a ellos que a sí mismos, los amigos, la familia o cualquier otro ente. Y si tuviera el tiempo suficiente, seguro me encontraría una encuesta que revelaría que la mayor cantidad de fotos impresas son de gatos.
Muchas de las cosas que hago son efectivas evasiones a un cúmulo evidentemente desagradable o al menos irritante o a la sobresaturación. Escribir este blog, por ejemplo, me aleja durante unos minutos del trabajo, que no es poco. En una ocasión, alguien me dijo que mi carácter obsesivo-compulsivo se llevaba bien con mi terapia ocupacional. En aquella ocasión, era una tabla de menos de un metro y lijas de grano 180 y 230: cinco horas, hasta que me sangró la nariz por el aserrín. Si no mal recuerdo, también había algún dibujo en la mesa. La limpieza de la casa cuenta en esa lista de métodos de evasión; también los rompecabezas, caminar, cocinar, leer cuentos viejos y corregirlos, jugar solitario, ver televisión (que a veces termino viendo el marco de la pantalla y no presto ninguna atención), y cuando la necesidad de evadirme es muy grave, entonces me agobia el sueño y duermo mucho, con frío, con una pesadez estúpida y prohibitiva. Hoy tengo la mano derecha manchada con tinta al alcohol (y he de decir que se ve medianamente desagradable), me duelen los brazos, las piernas, la espalda baja, el cuello y los hombros. Aún me faltan siete tablas de entintar, más el lijado y el pulido, armar los libreros, montarlos en la pared, y -después de casi siete meses- poner mis libros en su lugar y en el orden que les corresponde (habrán de saber que, en mi obsesión compulsiva, mis libros deben acomodarse según época y autor, como debe ser la biblioteca de cualquier escritor). No se resuelve, nada se resuelve, los pendientes quedan y uno sigue rumiando eso, a veces sin vislumbrar cuándo dejará de hacerlo, o si pueda. Más todavía, revolverlo se vuelve más sencillo: queda la imagen de un vaso de agua y un golpe al otro lado de la mesa. Quizá deba corregir, o quizá no, pero ya empecé: más que evasiones, en ciertos casos son las únicas confrontaciones que soy capaz a determinadas situaciones que se han vuelto o rayan en lo irresoluble, una de esas pocas maneras de hacer catársis sin que de verdad implique purga, aunque mantenga mi casa limpia o adornada o llena de comida o de sencillos muebles.
miércoles, 13 de febrero de 2008
Iba a escribir una frase en inglés que ni siquiera para mí tiene sentido, aunque por una fracción de segundo me pareció que sí. Evidentemente (dah), la borré. Vuelvo al punto de las bendiciones del lenguaje escrito, de donde cualquiera puede colegir que soy un necio redundante que no hace otra cosa más que enredarse en su propio egocentrismo y citarse una vez a la semana, o a la quincena, si el tiempo no le sobra, como es el caso del día de hoy, que debiera estar corrigiendo una revista para señoras tontas que organizan bodas (propias o ajenas, da igual) y en su lugar estoy metido en esta oficina rumiando algo que ni siquiera puedo ponerle nombre porque nomás estoy rebotando en mi propia necedad, lo cual no es novedad y cualquiera que me conozca dos milímetros puede constatar cualquier día de la semana. O empiezo a hacer algo productivo y organizo tanta palabra o voy a terminar redactando los valores nutricionales de la caja de cereal, y hace mucho que no compro cereal...
Seguir así es absurda necedad. Y este corazón tan dado a la ira ya no da para aguantar esta miseria. Sí, es una situación desesperada: ya estoy muy harto; mejor terminarlo en este instante, ahora que me queda fuerza para hacerlo. Castellano: casi me duele la espalda de estar tirado, pero va siendo hora de irme de regreso a mi casa, después de cuatro gloriosas horas en mi oficina. Mi nombre es Oliver y soy workaholic.
Hoy en la mañana me di cuenta que he vivido engañado y ni sé cuánto tiempo, precisamente porque el reloj de mi celular (que no tengo otro reloj, salvo el del microondas y ése lo programo con el del celular) está atrasado veinte minutos (sí, no le he cambiado la hora). Me veo obligado a pedir una disculpa, pues es probable que haya yo dejado a alguien esperando veinte minutos y yo campantemente creía que estaba muy en tiempo. Eso incluye, como es evidente, mi trabajo de la mañana: y yo que pensaba que nomás estaba llegando diez minutos tarde... Lo que me sorprende, en todo caso, es que no me hayan dejado los cuatro aviones que tomé en los últimos quince días. Dice el proverbio que hay un dios que provee, y me da gusto no ser Isaac. Aquí es donde empieza la divagación: ya no me acuerdo quién era el férreo defensor de la frase "No hay casualidades, sino causalidades", aunque tampoco me importa. El asunto es que ayer intentaba explicarle a una amiga la aporía de San Agustín, tan bien como pude porque tengo que admitir que no la entiendo del todo (si la entendiera, ¿seguiría siendo una aporía?). Y hoy resulta que todo el tiempo que invertí en el intento y todo el tiempo que he invertido en no sé cuánto tiempo está movido veinte minutos; más todavía, hoy me robaron veinte minutos de mi día. Si alguien puede explicarme cuál fue la utilidad de este post y qué hora es, segurito que lo agradecería.
No lo sé, de verdad que no: quizá fue la generosacasiabsurda cantidad de cerveza que consumí el fin de semana entero que participó activamente en la depresión de mi sistema nervioso, o quizá sea que es peligrosísimo para gente como yo leer en tanto uno se apropia en demasía la experiencia literaria (gracias a Darien, este autor empírico se hizo en su momento de alguna prenda sin el pago correspondiente) y la visión y actitud de Raskólnikov son materia grave, pero el asunto es que estos días el mundo es raro. Ayer por la mañana hice brevísima consulta antes de decidirme a ir a las taquillas del Palacio de los Deportes para comprar dos boletotes para el concierto de Soda Stereo de este viernes: regresé a casa con los bienhabidos boletos y tres mil pesos menos en la cartera (fuera yo tan pudiente como para gastármelos así nomás de buenas a primeras: me los hubiera robado). De camino, entre que de mal humor porque no había comido y la chica que estaba en la fila de la taquilla antes que yo se tardó como quince minutos en comprar cuatro boletos, llegué a una de esas conclusiones (que después desvarió hasta convertirse en este post) que parece que requieren de un esfuerzo mental y emocional enorme y no son otra cosa que sentido común aplicado. Una experiencia no dura exclusivamente el periodo de tiempo que le toma para suceder, sino que inevitablemente se extiende hacia el tiempo que la antecede y la precede (benditas perogrulladas: si un teórico de la Historia leyera este blog, segurito quedaría prendado de la idea y la publicaría en su siguiente libro...). Expectativa y memoria, así de simple. El asunto se vuelve grave cuando uno se hace consciente de ello: puedo estar emocionado [sic] por un concierto que por sí solo es harto emocionante, pero también me siento susceptible cuando en ese mismo espacio cabe una mujer (o varias) de hace tiempo, cuando me acuerdo de la infame cantidad de idioteces que he cometido, de las cosas que he perdido, de las que nunca tuve, de los días que fui más feliz y ya no son. Ésos últimos son los peores: las fotografías retratan un instante, sí, pero eso no quiere decir que el instante continúe con todas sus particularidades, y eso es otra perogrullada. En fin, voy por un desenfriolito porque la gripa se está poniendo de a peso y no quiero sumarle más necedad a la experiencia del viernes. ¿Alguien se sabe un chiste? Me contaron uno rebueno el sábado, pero es de ésos que funcionan mejor en lo presencial.
Ah, es una historia necia de contar, pero me gusta contar historias: Hoy en la mañana, antes de venir a mi oficina (y sigo aquí, evidentemente), escuché pedacitos del disco nuevo de Radiohead, In Rainbows. Está BIEN rifado: cuando Thom Yorke hace música en vez de experimentar, hace glorias. El caso es que, en tanto el álbum está disponible para su descarga, me puse a investigar de qué corchos trataba el asunto. Y entre las chunches que encontré, apareció ésta: cuenta Yorke, en el blog de la banda, que se lo topó cuando buscaba un drum machine. Ya, no importa la historia: http://www.albinoblacksheep.com/flash/drum
PD Qué lindo presumir: 2,200 g., 56 cm., niño, Derian. El quinto de la nómina.
Ayer me preguntaban por qué no he actualizado el blog. De momento me sobra el trabajo, pero más allá de eso, no tengo nada que decir. Y eso me choca, porque mi única conclusión es que le he dedicado el tiempo a cosas que no me interesan, y divago en minucias que ni me divierten ni me sirven para mayor cosa.
¿Y qué habré de escribir hoy? Si es que tengo intención de escribir y robarle más tiempo a esta oficina, que ya hoy me he divertido mucho tirando lámina y contando chistes de mi más corrosivo humor negro, sacándole filo a la lengua a expensas de imbéciles que dicen que uno puede no prestarle atención a Flaubert o Borges o Cortázar porque la lengua es algo en movimiento y tales autores ya no tienen validez. Sin comentarios... Pero pienso de nuevo, busco algo que valga la pena comentar. Nada. Y de pronto una epifanía: ayer, con el vaso de licuado de plátano en la mano, me vino el recuerdo del tiempo en que mi padre trabajaba en el área de auditoría y seguridad en una empresa de traslado de valores. Como ejercicio inicial de inspección, estuvo tres días metido en uno de esos camiones blindados que son más amenaza que seguridad; hizo el recorrido con los custodios, chaleco antibalas puesto, por buena parte de la ciudad. Supongo que de él me viene lo metiche: auditor bancario igual a contador (aunque le choca a la fecha el trabajo contable) inquisitivo. Desconociendo el manual de procedimientos de los custodios, pregunta con algún candor: - Oye, ¿y si un asaltante toma como rehén a tu compañero para que le entregues el dinero? - Pues le disparo a mi compañero. Así no tiene con qué presionarme. Nota al pie: las escopetas que esos tíos cargan usan balas tipo slug, capaces de partir el motor de un camión a la mitad. Oh sí: así de humanas son las empresas de transporte de valores, así de obedientes sus custodios. ¿Alguien quiere hacer un depósito en mi cuenta, de pura casualidad?