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miércoles, 25 de enero de 2012

Verba volant, scripta manent

[Disculparán los que sí saben de filosofía si esta disquisición carece de sustento, pero yo sé de literatura y libros y algunos objetos lingüísticos, que no de filosofía y lógica y metafísica, propiamente. Reflexiones vicarias...]
¿Es posible ejercer la duda cartesiana de manera discriminada? Es decir, en lugar de atajar rabiosamente cada aspecto y arista de uno mismo, enfocar la comprobación a una sola faceta. Sé que no: si una faceta de mí es parte de mí, entonces toca absolutamente todas las demás y existe en resonancia con todas ellas. Ergo, analizar una implica –al menos de manera tangencial– el análisis de todas las demás.
Pongamos por caso que doy ese salto a la certeza (vía la duda sistemática; prueba, error, intento, falla); pongamos por caso que me cuestiono en tanto crítico literario.
Mi primera asunción, especialmente en este momento (con la nariz sumida en los textos que bullen de las aulas a las que he vuelto), es que soy un buen lector. Ahí empieza: ¿un buen lector es un buen crítico? Si el fundamento de la crítica es el análisis a partir de la lectura, se sigue que sí. Luego, ¿soy un buen lector?
Puedo, por ejemplo, encontrar las resonancias de un cuerpo en una obra literaria, leer despacio los sonidos que la componen y reconocer el punto en que el sonido (sólo el sonido) llega a la cúspide de la tensión. Puedo encontrar en mí las vibraciones que pulsan al otro lado de la página, y sentir en la punta de los dedos el roce de una flor (cuando la hace florecer Huidobro, por ejemplo). Puedo mirar al vacío y llenarlo, de experiencia y memoria, de solidez, de dudas, de preguntas que formulan más preguntas. Puedo arrancarle voces de muy vario color a un cuerpo que sólo tenía una. Puedo reconocer una intención en un gesto sutil y escondido.
¿Puedo hacerlo en verdad? ¿De qué recursos me valgo? Memoria, dureza (firmeza, tal vez), creatividad, rigor, práctica, determinación. Quizá.
Pero la duda no se disipa. La duda sigue, porque bien podría hacer la asunción entera y derivar sus consecuencias en función de una falacia, o de un falso problema. Y entonces toda esta certeza de que soy un buen crítico está errada, y todos estos años en que me he presumido, arrogante, entre los mejores ("soy bueno, y no te queda duda") han sido sueño.
Entonces esto que soy podría no ser yo, y la directriz que ha llevado los últimos ¿siete? años nunca tuvo rumbo.
Pero queda esperanza, que debe quedar en registro, para la memoria cuando olvide mis propias palabras: insistir, no claudicar, intentar de nuevo, comprobación fáctica, prueba y error.

lunes, 18 de abril de 2011

Imperatrix mundi

Let's not be afraid to be Don Quixotes.
Algirdas Julien Greimas

Para Aquiles, la gran preocupación era fama y gloria (que no necesariamente pasar a la inmortalidad, como se pretende en la multimillonaria y muy libre adaptación en Troya): podía quedarse sentado a la vera de su tienda y esperar a que llegara la muerte en la vejez, perdido en el olvido de los hombres, uno más sin pasado; o podía levantarse, con la certeza de que quedaría tendido en los campos de Troya y la inconmensurable fama de haber sido el mayor guerrero que recordaran los hombres. Y sin embargo, Odiseo encuentra en los infiernos a uno que preferiría ser un esclavo vivo a un rey entre los muertos.
La fama, entonces, se volvió carga a cuestas para los siguientes siglos, todos penando por pasar a la memoria del mundo. Fama y Fortuna comandaron los actos hasta entrado el S. XVI, y sólo hasta que Don Alonso se burló —sin saberlo— de esa gloria, paró ésta de encontrar su camino.
La defensa de la fama no ha perdido vigencia, y una medida es mantener la cordura, aparentar solvencia en todos los órdenes de la vida, lograr sin demasiada pirotecnia que Fortuna sonría y su rueda nos encuentre en alto. No cometer impertinencia o imprudencia alguna, ser probos, mantenerse en los lindes del respeto convenido, hacerse del reconocimiento a punta de méritos.
Pero entonces falta la voluntad, el asalto del cambio, una oscura pulsión de vida que dicta: "no tiene importancia, no hay decisión absoluta, puedes cambiar la opinión ajena si tienes la tenacidad, reventar la locura, disolver el tiempo". Se vislumbra la posibilidad de vencer en batallas absurdas o que ya han sido ganadas, de cargar contra un justo. Y entonces hacerse de su nombre.
¿A quién mira Fortuna desde lo alto? ¿Al que espera que lo aplaste, o al que se yergue para alcanzarla? El refrán es viejo: Audaces fortuna iuvat.

jueves, 6 de enero de 2011

Vida y opinión

I.
Una prueba de personalidad arroja los siguientes descriptores a partir de mis respuestas; comprenderán si me permito escoger los datos relevantes.
Oliver es un individuo preciso, exacto y meticuloso. Constantemente busca la perfección y se interesa mucho en los detalles; si bien tiene cierta inclinación por el detalle, también necesita realizar tareas de carácter variado, para evitar aburrirse y lograr la máxima eficiencia. Le gusta reflexionar sobre las cosas. Usa sus destrezas lógicas y analíticas para responder a problemas complejos y difíciles. Tiende a seguir el protocolo. Trabaja más eficaz y cómodamente en situaciones estructuradas, claras e inequívocas. Su aproximación general es cautelosa y conservadora.
Ha de entenderse que es un perfil para reclutadores laborales y que la 'valoración' está sesgada hacia mi capacidad para funcionar en un entorno de trabajo. Pero maldita la cosa, la piedra no cae lejos respecto a mi carácter general; ni siquiera de mi gusto literario. Del musical no hablo, porque en definitiva no ajusta.

Ia.
Lo que una prueba de personalidad en línea no arroja es la variación en situaciones localizadas: sí, tengo una obsesión por el orden y el sistema; sí, le traigo el ojo puesto al objeto perfecto; sí, necesito hacer cosas muy distintas, muchas, al mismo tiempo, o no me pongo quieto; sí, soy de formas y gusto conservador ('clásico' me parecería un poco más preciso). Pero tengo una pulsión maniática por encontrar soluciones distintas dentro de un mismo proceso. 'Make it new' (Pound).

II.
En la columna de la derecha se lee un robusto pliego petitorio: libros de variopinto tono y color que debieran formar parte de mi biblioteca* desde hace mucho tiempo, o quizá desde que se agitó mi curiosidad. Poco de lo que ahí se enlista se escribió en la segunda mitad del S. XX, y es generosa la cantidad de lo que se remonta a dos (o tres) siglos atrás.
Es perogrullada que ese pliego petitorio da clara idea de mi gusto literario; lo que resalta, en última de las instancias, es el derecho que tienes de disentir: si mi selección te parece anticuada, a mí no me da curiosidad leer a Stephenie Meyer o Dan Brown, entre otras novedades editoriales. Y todos contentos.

III.
Y podrá ser anticuado, oxidado, retrógrado o sencillamente viejo, pero la gran literatura se actualiza y toma su lugar en el tiempo, se hace espacio y presencia sin importar su edad. Sólo la gran literatura aprehende su futuro.
Ya saben qué edición quiero y me pueden regalar.

*De paso le agradezco a Xotlatzin por aquella edición digital de Los viajes de Gulliver. Digo, ya que estamos tocando el tema.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Polícromo

Casi con toda seguridad carezco de la autorización para publicar lo siguiente: no se ha terminado el catálogo y es poco prudente sacar a la luz información o productos de comunicación que pertenecen a un gobierno federal. Pregúntenle a Assange.
Pero no me importa: ya vendrá el libro impreso y entonces será de 'dominio público':
La alegría de estar vivo es el contenido de toda estética y arte posible. En la mañana cuando uno va muy tempranito, cuando el sol todavía no ha salido, digamos de Cuernavaca hacia el Distrito Federal, viendo las montañas en el fondo, empieza a bosquejarse la luz del sol, ese sol que sale desde hace miles de millones de años. El día de hoy no sale sino que lo volvemos a ver en la aurora, y de pronto surge la luz: las nubes se tiñen de rojo y es un espectáculo bellísimo. ¿En qué consiste su belleza? Yo creo que en darse cuenta que se abre un día más de vida, de que todavía es posible un futuro para la existencia humana. El color me da la clara significación de algo que se recorta sobre el horizonte con un sentido hacia las cosas disponibles para la vida. La disponibilidad de las cosas para la vida es lo que está detrás de la belleza; con mis ojos y gracias a la luz descubro colores. Miren si fuera todo verde o rojo, no podría manejar las cosas, se confundirían. Pero de pronto una flor, que es un órgano sexual de las plantas, tiene una belleza extraordinaria; son rojas o amarillas, se detectan en el horizonte, color que mi vista percibe y la hace disponible, porque vendrá una abeja y la descubrirá fácilmente, comerá para reproducir su vida y al mismo tiempo la fecundará y cumplirá entonces otras funciones de la vida en esa belleza de una simple flor que se ilumina en una aurora. Ésta es todavía la belleza así disponible de la naturaleza que el ser humano no ha construido, que sería una obra de arte, pero estoy hablando del punto de partida. ¡Extasiarse ante la disponibilidad de la realidad de los entes y de las cosas para la aurora, para la vida, es justamente lo que está detrás de lo que vamos a llamar belleza!
–Enrique Dussel

lunes, 15 de noviembre de 2010

Acto penitencial

Desde hace tres días escribo mentalmente este post; si la redacción no llegaba, eran la falta de tiempo y el cansancio bruto los que detenían la firme intención: ninguna excusa.

I.
Me sobran los temas sobre los cuales escribir, como el convenio que una empresa de pocos escrúpulos (o más puntualmente, su personal) decidió terminar a costa nuestra, y que ahora exige un pago que se acordó originalmente en especie; o el examen de admisión que presenté casi por desdén, puesto que no puedo matricularme a falta de un prerrequisito de dominio de lengua inglesa (que no cubrí por estar discutiendo con el mentado personal de la empresa en cuestión); o el concierto más reciente de Massive Attack y de nuevo el ejercicio de politizar inteligentemente los que ya cuentan como himnos en la memoria de los escuchas; o el libro que hicimos casi en tiempo récord y que nos costó sangre y muchas horas de tensión, que por otra parte rebasó lo que tasamos; o la fiesta de cumpleaños a la que llegué el viernes casi en estado de bulto a causa de ese libro, pero que me es indispensable desde hace unos años; o aquél al que recuperé después de años de considerarlo fuera de la nómina de mis amigos; o la risa después de aparecer como marmota de bajo las sábanas y el conato de enojo que siguió; o la pelea que se desató frente a nuestros ojos en el metro abarrotado, un sábado antes de la siete de la mañana.
Han sido semanas cargadas de vértigo y sobresaltos. Sin embargo, mi necesidad de decir es otra. Encima de eso, esta necesidad es pública, aun cuando por su naturaleza debiera conservarse en el fuero de lo privado.

II.
En agosto celebro otra de mis fechas cívicas: ella, que es un pedacito de mi corazón, cumplió años y lo festejó en el Tenampa. Por azar me encontré con un buen amigo, y por maldición me sirvió todo el tequila que me entró en el cuerpo, más toda la cerveza que tenía capacidad de tomar esa noche; y maldición fue, sin duda, pues en esas fechas rugían resabios de una ira encarnizada, buscando salida a como diera lugar.
Y ella estrenaba novio, y yo apenas alcanzo a recordar que me trajeron a casa, corteses como pocas personas conozco. A la mañana siguiente todo se mueve lento, y me urge un vaso de agua y comer: nada ha sucedido, aunque siento que el tiempo pasó demasiado pronto, o sencillamente no recuerdo todo. Pero una memoria lúcida no deja pasar de largo y en esa fiesta de viernes encuentro distancia que no comprendo.
– La noté extraña. Distante por lo menos.
– Es que de verdad te pasaste –me dice mi mejor amiga en tono recriminatorio.
– [???] ¿Qué corchos hice?
Lo que hice se resume en una frase suya: "yo siempre voy a estar de tu lado, y siempre te voy a querer, y siempre te voy a defender, pero esta vez no hay cómo defenderte". Y siguen quince minutos de regaños, que tengo perfectamente merecidos. No hay cómo defenderme: no lo intento.
Lo que hice sobrepasa los términos de la estupidez y la ofensa abierta, sin mencionar el cinismo. Para colmo de los agravantes, no recuerdo haberla visto tan feliz en los años que tengo de conocerla, y justo ahí hinqué y desahogué esa rabia que bullía por esas fechas, sin culpa suya o de su novio, o del resto de los presentes en última de las instancias. Y corona de todo, me atreví a cuestionar esa decisión suya que la hace feliz, en la inteligencia de que su prudencia la ha llevado al punto preciso y maravilloso en el que está.
No tengo autoridad moral para atropellar decisiones ajenas: propugno por la autonomía de cada cual y la responsabilidad sobre los actos. Por otra parte, desde hace mucho me he dado a la tarea de desaparecer lentamente, pero nunca me he permitido desamparar a quienes quiero o negarles el apoyo que soy capaz de dar. Ya antes he abogado por las decisiones de mis amigos, enarbolando frases como "tu chamba no es cuestionar lo que haga, sino estar ahí si se cayera".
¿Qué sucedió, si procuro ser tan recto? Podría permitirme especular, pero en cierto modo sería justificarme, y no puedo hacer eso: sencillamente ofendí a alguien que ocupa un lugar precioso en mi memoria y mis afectos. Todo lo siguiente que dijera se sumaría a esa ofensa.
Desde el fondo del corazón me avergüenza mi actitud de aquella noche y cada palabra; inmediatamente hubiera pedido esta disculpa de haber caído antes en la cuenta de mis actos. Por más que lo intente, no tengo palabras suficientes: son días en los que uno siente merecerse el desprecio del mundo. ¿Cómo tener el descaro de rogar que intercedan por mí?

jueves, 10 de junio de 2010

Deism

Nature is what we know. We do not know the gods of religions. And nature is not kind, or merciful, or loving. If God made me —the fabled God of the three qualities of which I spoke: mercy, kindness, love—, He also made the fish I catch and eat. And where do His mercy, kindness, and love for that fish come in? No: nature made us —nature did it all—, not the gods of the religions.
—Thomas Alva Edison
New York Times Magazine
Octubre 2, 1910
O dicho de otro modo:

lunes, 24 de mayo de 2010

Ab imo pectore

Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur.
–Publio Siro

En el curso de los años he conocido mujeres de diverso perfil, muy similar en algunos casos: la que, dudando de la solidez de su relación actual, busca compañía y empatía, cortejo y halago; la que tiene una absoluta indisposición para cualquier pulsión de vida, y percibe toda su vida (la vida que le rodea) como deplorable; la que espera reparación de su condición emocional, sin tener muy en claro los motivos por los que se encuentra así; la que, incapaz de desasirse de una relación terminada –sin importar cuánto tiempo ha–, salta en indecisiones entre el recuerdo y el afecto que se le presenta; corolario al anterior, la que, ciega, se rehúsa a reconocer ese afecto y la posibilidad que contiene; la que pretende jugar un rol de mujer de vanguardia, que puede acercarse a hombres de diversa condición y valor, que abre los brazos a relaciones efímeras que no se parangonan entre sí, debido a que no puede poner en paz su propia persona; la que no sabe sobrellevar su soledad y la encuentra ominosa; la que se excusa en graves responsabilidades para no asumir otras –las que competen al fuero personal–; la que tiende distancia y no asume las consecuencias de ello, como es que el otro la acepte, la enarbole como medida de acción y la tienda de vuelta; otro corolario: tiende distancia, mas espera que el otro se mantenga al alcance, en caso de necesitarle de alguna manera.
También he conocido a quien no sepa acercarse por falta de los recursos que permitan establecer diálogo, y entonces sólo pueden construir discurso y expresar mutua ternura a través del sexo; quien no sabe si decir esa ternura por temor a respuesta imprevisible; quien, en su ternura, se arriesga a condiciones que le son nocivas, ya sean del entorno o de las acciones de quien tiene enfrente; quien alberga una memoria cálida sin importar si alguno de los dos tiene pareja; quien vuelve al origen de sus afectos.
Y así ambas listas podrían seguir mientras evoco a esas mujeres. Y miro los estados que resultaron y mi persona a la luz de esas experiencias: parte de responsabilidad tengo en que esos conatos de relación no funcionaran cuando albergaban su posibilidad, ya porque no supe desprenderme del recuerdo de otra mujer cuando frente a mí había tanta ternura, ya porque buscaba resarcir en mí los espacios vacíos que deja una ira por largo contenida. O quizá porque mi capacidad para expresar emociones es magra, salvo cuando de enojo se trata.
Entonces miro de nuevo el estado de las cosas y me es evidente que nadie puede trasladar su grado de responsabilidad a un tercero: la mecánica de las relaciones, del tipo que sean, es binaria por lo menos, aún cuando yo soy otro. Pero parece que pocos lo tienen en mente, o resulta más fácil hacer caso omiso; y entonces surgen comentarios de un feminismo primitivo o un machismo exacerbado en el tenor de "es que no hizo todo lo que debía", "él/ella me perdió, y ahora que lo sufra".
Soy, gustosamente, necio que entiende el amor como un engranaje de simultaneidad donde el sistema completo debe correr a una misma velocidad, a un mismo ritmo, buscando el mismo fin (para la máquina, que no para cada engrane); cuando esa condición no sucede, lo mejor que podemos entender es un estado de enamoramiento, efímero, acotado en el tiempo. Me falta una definición mejor, pero no la he encontrado.
¿Por qué esta divagación? Es momento de tomar decisiones y acción precisa, elegir un futuro y todo lo que conlleva. Dejar el curso de lo relevante a la deriva es irresponsable, probablemente nocivo a largo plazo.


martes, 11 de mayo de 2010

Siglas

Hace quizá doce años esperábamos a que saliera el avión de mi tía; ávida de café, entramos a la sucursal de Gloria Jeans (cuando existía la franquicia). Un sujeto –tratando de abordar a mi tía– esencialmente se burló del capuccino que ella había pedido.
– La palabra 'café' es más bien una sigla: Caliente, Amargo, Fuerte y Espeso. Cualquier otra forma de tomar café es un error.
La frase, como podrá notar mi lector, se volvió impronta en mi memoria. Y frase de batalla cada vez que me preguntan si tomo mi café con azúcar y leche.

Tony Piro's Calamities of Nature

jueves, 22 de abril de 2010

Lichtenberg

[Honestamente robado de Inmaculada Decepción; con la correspondiente y consabida tarea de corrección que un obseso no puede dejar de lado.
Algunas me las debería tatuar a todo lo largo de la espalda y las piernas: frases de batalla.]
  • Dentro de las tendencias al cambio que tienen las mujeres, la más fuerte es la del cambio de nombre (algunas incluso se llaman Eduardo).
  • Se parecía a Alejandro por la cabeza ladeada, a Cervantes por la bragueta siempre abierta y a Montaigne por no saber sumar, ni con números ni con centavos.
  • Hoy le permití al sol levantarse antes que yo.
  • Él me desprecia porque no me conoce. Yo desprecio sus acusaciones porque me conozco.
  • Varias veces he sido censurado por faltas que mi censor no tuvo el ingenio ni la valentía de cometer.
  • Para él el mundo era una muchacha, 150 libros y una perspectiva de una milla alemana de diámetro.
  • Si al cielo le pareciera útil y necesario volverme a editar en la vida, me gustaría comunicarle algunas vanas observaciones que se refieren, sobre todo, al dibujo del retrato y al plan general.
  • Me dan dolor muchas cosas que a otros sólo les dan lástima.
  • Tengo el corazón por lo menos un pie más cerca de la cabeza que el resto de los hombres. De ahí mi enorme equidad. Las decisiones pueden ser ratificadas cuando todavía están calientes.
  • A lo largo de mi vida me han otorgado tantos honores inmerecidos que bien podría permitirme alguna crítica inmerecida.
  • He vuelto a comer todo lo que me está prohibido y, gracias a Dios, me encuentro tan mal como antes (no peor).
  • La pérdida de la memoria me hizo cobrar conciencia de mi avanzada edad. Más tarde atribuí esto a la falta de práctica, luego otra vez a las consecuencias de la edad. A lo largo de toda mi vida he sentido estas oleadas de temor y esperanza.
  • El 10 de octubre de 1793 le envié a mi querida mujer una flor artificial del jardín, hecha con hojas de distintos colores que el otoño tiró al suelo. Representa mi estado actual. Pero no se lo dije.
  • Solía hablar con gran libertad en sitios donde ponían caras piadosas y en cambio predicaba la virtud donde nadie más la predicaba.
  • Promulgó una Constitución para sí mismo. Elegía auténticos ministros (la Moderación, incluso en una ocasión la Avaricia), que invariablemente eran despedidos.
  • Nada nos hace envejecer con más rapidez que el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos.
  • He notado claramente que tengo una opinión acostado y otra parado.
  • Tenía entonces 54 años, una edad en que –aún en los poetas– el entendimiento y la pasión empiezan a conferenciar sobre artículos de paz, y por lo general la alcanzan no mucho después.
  • Daría parte de mi vida con tal de saber cuál era la temperatura promedio en el paraíso.
  • Ya que se escribe en público de pecados secretos, me he propuesto escribir en secreto de pecados públicos.
  • La cosa cuyos ojos y orejas no vemos y cuya nariz y cabeza apenas vemos; en pocas palabras, nuestro cuerpo.
  • En la Tierra no hay superficie más interesante que el rostro humano.
  • Cuando el espíritu se eleva, el cuerpo se arrodilla.
  • Los guisos tienen, presumiblemente, gran influencia en el estado actual de la condición humana. El vino externa su influencia de un modo más evidente, los guisos lo hacen con mayor lentitud, pero quizá también con mayor intención. Quién sabe si no le debemos la bomba neumática a una sopa bien cocida o la guerra a una mal cocida. Esto merecería una investigación más acuciosa. Acaso el cielo cumple así grandes finalidades, mantiene leales a los súbditos, cambia los gobiernos y crea Estados libres; acaso son los guisos los responsables de lo que llamamos "la influencia del clima".
  • Eso que ustedes llaman corazón está bastante más abajo del cuarto botón del chaleco.
  • La hermenéutica de la hipocondría.
  • Un rostro no se deja analizar en un instante: necesita una consecuencia.
  • Nuestro mundo llegará a ser tan refinado que creer en Dios resultará tan ridículo como hoy en día creer en fantasmas.
  • Concibo una época en la que nuestras concepciones religiosas parecerán tan extrañas como ahora el espíritu de caballería.
  • Por más que se predique, las iglesias siguen necesitando pararrayos.
  • ¿Creéis acaso que el buen Dios es católico?
  • Con los huevos de Pascua sucede lo mismo que con el santo Cristo: en cuanto uno averigua de dónde vienen, deja de recibirlos.
  • Hay una especie de ventriloquía trascendental con la cual los hombres pueden aparentar que algo dicho en la Tierra viene del cielo.
  • "Es una lástima que beber agua no sea pecado –clama un italiano–: ¡qué bien sabría!"
  • La invención más fácil para el hombre: el paraíso.
  • Dios realmente debe querernos mucho, pues siempre aparece cuando hace mal tiempo.
  • Todos los maestros de la fe defienden sus teorías, no porque estén convencidos de su verdad, sino porque alguna vez lo estuvieron.
  • ¿Cómo habrá sido la conversión de las putas en la antigüedad? ¿Ya habría beatas?
  • Cartas sobre la más reciente literatura: y le doy mil gracias a Dios de que me haya permitido volverme ateo.
  • En el mundo, los santos han logrado más en escultura que vivos.
  • Cuando un libro choca con una cabeza y suena a hueco, ¿se debe sólo al libro?
  • La metáfora es mucho más inteligente que su autor, y esto sucede con muchas cosas. Todo tiene su profundidad. Quien tiene ojos ve todo en todo.
  • Se diría que nuestros idiomas han enloquecido. Cuando queremos una idea, nos ofrecen una palabra; cuando exigimos una palabra, nos brindan una raya, y donde esperamos una raya, hay una obscenidad.
  • Esto debe servirme de advertencia. Como aquel gran escritor francés, de ahora en adelante no daré nada a la imprenta sin que antes lo lea mi cocinera [o Timoteo].
  • En cierta obra de un hombre célebre preferiría leer lo que tachó que lo que dejó.
  • Al prólogo se le podría llamar 'pararrayos'.
  • Ahí se aplica a la perfección lo que Butler dice de un mal crítico: si no encuentra un error, lo comete.
  • Me han informado que cada vez que escribe una reseña de libros tiene las más poderosas erecciones.
  • Los periodistas han construido una capillita de madera que llaman el 'Templo de la Fama' donde todo el día clavan y desclavan retratos, con tal escándalo que nadie escucha sus propias palabras.
  • Al escribir mantén la confianza en ti mismo, un orgullo noble y la certeza de que los demás no son mejores que tú, ellos evitan tus errores y en cambio cometen otros que tú has evitado.
  • Lo shakespeareano que había que hacer en el mundo, fue, en gran parte, realizado por Shakespeare.
  • Está bien que los jóvenes enfermen de poesía en ciertos años, pero por el amor de Dios, hay que impedir que la contagien.
  • Siempre es preferible darle el tiro de gracia a un escritor que perdonarle la vida en una reseña.
  • Es fascinante escuchar a una mujer extranjera que comete faltas en nuestro idioma con sus hermosos labios. A un hombre no.
  • Si pensáramos más por nuestra cuenta, tendríamos muchos más libros malos y muchos más libros buenos.
  • Quien tenga dos pantalones, que venda uno y compre este libro.
  • Si alguien escribe mal, que más da: hay que dejarlo escribir. Transformarse en buey aún no es suicidarse.
  • Aquello tuvo el efecto que por lo general tienen los buenos libros. Hizo más tontos a los tontos, más listos a los listos y los miles restantes quedaron ilesos.
  • Hay una clase de hueca habladuría que, a través de expresiones novedosas y metáforas insólitas, da la impresión de ser sustanciosas. Klopstock y Lavater son maestros del género. Como broma, es pasable; en serio, imperdonable.
  • El único defecto de los escritores realmente buenos es que casi siempre ocasionan que haya muchos malos o regulares.
  • Uno se resiste a hacer un cucurucho para la pimienta con una hoja en blanco. Si está impresa, uno la usa con agrado.
  • Un libro es como un espejo. Si un mono se asoma a él no puede ver reflejado a un apóstol. Carecemos de palabras para hablar con los tontos de sabiduría. Ya es sabio quien entiende a un sabio.
  • En nuestros tiempos los insectos coleccionan insectos y las mariposas hablan de mariposas.
  • Es verdad que era algo burdo, pero en su sociedad venía siendo como una cebra entre asnos.
  • Si bien los peces son mudos, sus vendedoras hablan por todo lo que ellos callan.
  • El asno me parece un caballo traducido al holandés.
  • Nada más seguro para la mosca que colocarse en el matamoscas.
  • El simio más perfecto no puede dibujar un simio. Sólo el hombre puede hacerlo. Pero también sólo él lo considera una ventaja.
  • Que el hombre es el ser supremo también se deduce de que ningún otro ha tratado de refutarlo.
  • No es que los oráculos hayan dejado de hablar: los hombres han dejado de escucharlos.
  • Conozco el gesto de la atención fingida. Es el grado más bajo de la distracción.
  • A lo más a lo que puede llegar un mediocre es a descubrir los errores de quienes lo superan.
  • Hay ineptos entusiastas. Gente muy peligrosa.
  • Estoy convencido de que cada ciudadano de H conoce a Z mejor de lo que se conoce a sí mismo.
  • En el mundo uno encuentra con mayor frecuencia el consejo que el consuelo.
  • Comerciaba con tinieblas en pequeña escala.
  • Escribió ocho libros. Hubiera hecho mejor plantando ocho árboles o teniendo ocho hijos.
  • Era un pensador tan minucioso que siempre veía un grano de arena antes que una casa.
  • No es broma sino la pura verdad que antes de la Revolución los perros de cacería del rey de Francia tenían mejor salario que los miembros de la Academie des Inscriptions. Cf: la Nueva Biblioteca de Bellas Artes, tomo 44, capítulo 2, p. 234. Los perros: 40,000; los académicos: 30,000. Los perros eran 300, los académicos, 30.
  • Los franceses prometieron hermandad a las naciones adoptadas. Finalmente sólo tomaron en cuenta a las hermanas.
  • Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto.
  • El matrimonio, al contrario de la fiebre, comienza con calor y termina con frío.
  • Ciertos hombres de mal corazón creen reconciliarse con el cielo cuando dan una limosna.
  • Intentar modificar el carácter de un hombre es como tratar de enseñar a una oveja a tirar de un carro.
  • A la gloria de los más famosos se adscribe siempre algo de la miopía de los admiradores.
  • Resulta imposible atravesar una muchedumbre con la llama de la verdad sin quemarle a alguien la barba.
  • La enfermedad es la mayor imperfección del hombre.
  • El amor es ciego, pero el matrimonio le restaura la vista.
  • Una regla de oro: no hay que juzgar a los hombres por sus opiniones sino por aquello en lo que sus opiniones los convierten.
  • El hombre es una obra maestra de la creación, tan sólo porque a pesar de todo su determinismo cree que actúa como ser libre.
  • Lo que hace que la amistad auténtica y el vínculo conyugal sean tan fascinantes es la ampliación del yo.
  • Como todas las cosas corrosivas, el chiste y el humor deben emplearse con cuidado.
  • En mi opinión, la pregunta '¿debe filosofar uno mismo?' ha de responderse con una semejante: '¿debe rasurarse uno mismo?'
  • ¡Cómo desaparecerán algún día nuestros nombres, detrás de los inventores del vuelo y cosas por el estilo!
  • Se podría prescribir una dieta para la salud del entendimiento.
  • El género humano sólo celebra lo bueno; el individuo con frecuencia lo malo.
  • El hombre tiene un instinto irrevocable para creer que no lo ven cuando él no ve. Como los niños que se tapan los ojos para no ser vistos.
  • El hombre ama la compañía, así sea la de una vela encendida.
  • Jamás hay que creerle a quien asegure algo con una mano en el corazón.
  • Es cierto que no puedo hacerme mis zapatos, pero, señores, no permito que me escriban mi filosofía.
  • En cada facultad universitaria debería haber al menos un hombre muy capaz. Si las bisagras son de buen metal, lo demás puede ser de madera.
  • Nada me molesta más en mi conducta que tener que ver el mundo como un hombre común, pues sé que lo ve de manera equivocada.
  • Una vieja regla: un descarado puede parecer discreto cuando quiera, pero nadie que sea discreto puede parecer descarado.
  • Nada se juzga con tanta ligereza como el carácter y en nada hay que ser más cuidadoso. Siempre he notado que las malas personas mejoran al conocerlas mejor y las buenas empeoran.
  • Cualquiera aceptaría que las historias obscenas propias tienen un efecto mucho menos peligroso que las que se les ocurren a los otros.
  • Pitágoras pudo, merced a un solo descubrimiento, sacrificar medio centenar de bueyes. Por todos sus descubrimientos, Kepler se hubiera dado por satisfecho con dos bueyes.
  • Siempre he visto que la ambición voraz y la desconfianza van juntas.
  • Cierta clase de personas traban fácilmente amistad con cualquiera, y luego se aprestan a odiarlo o a quererlo otra vez. Si se piensa en el género humano como un todo, donde a cada parte le corresponde un sitio, estos hombres se convierten en piezas faltantes que se puede colocar donde sea. Entre esta clase de personas rara vez hay grandes genios, aunque es a quienes con mayor facilidad se les toma como tales.
  • Ante una obra menor siempre pienso: es sólo un librito de patrullaje que busca el sitio donde pueda anclar uno mayor.
  • Nuestra vida es comparable a un día de invierno. Nacemos entre las 12 y la 1, no amanece sino hasta las 8, oscurece antes de las 4 y morimos a las 12.
  • Unas cuantas docenas de millones de minutos hacen una vida de 45 años y algo más.
  • ¿Qué será del género humano antes de que desaparezca? El mundo bien puede rotar como hasta ahora por otro millón de años, en cuyo caso 5000 años serán como un cuarto de año en la vida de un hombre de 50, apenas 1/12 del tiempo que pasamos en la universidad, ¿Qué hice el último cuarto de año? Comí, viví, hice experimentos eléctricos, escribí almanaques, me reí al ver un gatito, jugué con muchachitas y así transcurrieron 5000 años del pequeño mundo que soy yo.
  • Ahí a su lado, ella se veía como un lagrimero etrusco o una jarrita de porcelana de Meissen junto a un tarro cervecero de zinc.
  • Los relojes de arena no sólo nos recuerdan el rápido transcurrir del tiempo sino también el polvo en el que alguna vez nos convertiremos.
  • Sí: las monjas no sólo tienen un estricto voto de castidad, sino también fuertes rejas en sus ventanas.