que no soy el único quejiche.
O dicho con más precisión y propiedad, varios opinamos igual.
miércoles, 18 de marzo de 2009
martes, 17 de marzo de 2009
Aquí como allá
Si mi memoria no me traiciona, Roland Barthes distingue el placer del goce según la atención y apertura requeridas para lo segundo: llegan a tal extremo que rayan en el aburrimiento. Para un observador, quien se apasiona por algo realiza una actividad absurda y asquerosamente aburrida, sin beneficio de ningún tipo. La materia de trabajo de Barthes en ese ensayo era la lectura de una novela realista (placer) y una moderna (goce).
El domingo, las Percusiones de Estrasburgo tocaron Le noir de l'etoile, de Grisey, en el Espacio Escultórico de esta honorable universidad; sin embargo, no todos los asistentes eran tan honorables o dignos de respeto.
I.
A mi lado, un joven padre de familia se hacía cargo de sus dos hijos, de ¿cuatro? y ¿uno? Sería incorrecto de mi parte quejarme de él y recriminarle que los niños no dejaran de hablar, pero el hombre se esmeró todo lo que pudo por tenerlos tranquilos; en cuanto se pusieron beligerantes, hizo lo más pertinente y se los llevó: yo hubiera estado rabioso y mucho más beligerante si tuviera que sobrevivir, a su edad, a seis percusionistas que tocan muy erráticamente y muy lejos de mí.
La verdad es que ellos tres no fueron motivo para mi disgusto: "Papá, Miguel [o como se llamaba] me mordió el pelo. Me duele mucho."
II.
A pesar de que el personal de seguridad prohibió inicialmente que la gente se subiera a las estructuras de concreto del Espacio Escultórico, cedieron y se veía a muchos sentados allá arriba. No sé si mi paranoia es tan grave, pero estoy convencido de que eran los más ruidosos y molestos, por encima de los que contestaban el celular, los que comentaban la anécdota del sábado, los que estaban considerando en qué taquería iban a cenar, los que refunfuñaban porque qué aburrido es esto, los que callaban a los que estaban hablando, los que callaban a los primeros, et al.
Cuatro chicos de los que estaban allá arriba me calentaron gravemente las tripas: amargas discusiones porque alguno secuestraba la mota y la cerveza, la llamada al celular "Fer, te habla tu mamá", anunciada con el mismo volumen que lo haría cualquiera de ustedes si estuviera en la sala de su casa, eructos, piropos a todas las chicas que cruzaban por su campo visual, "no ma, qué hueva con estas mamadas", y todo lo demás que tuvimos que soportar.
Independientemente de que yo sea un exquisito y de que no me saque de la cabeza que "el arte se contempla en silencio", frase que me dijo mi profesor de sociología en la preparatoria, estoy convencido de que la música exige respeto, no sólo a los ejecutantes, sino a los asistentes.
Si Grisey o Wagner no me parecen interesantes, me largo a hacer cualquier otra cosa que sí me lo parezca y asunto arreglado. ¿Para qué perder mi tiempo?
III.
Para contextualizar debidamente es necesario anotar que Le noir de l'etoile es una pieza donde abundan el silencio y los cambios de volumen y tono: en la presentación que se hizo, se le pidió al público que por favor guardara mucho silencio, pues empezaba en un volumen muy bajo. Hay largos pasajes muy suaves para un sexteto de percusiones, y en general es difícil distinguir la reverberación de las grabaciones de estrellas. En suma, es una pieza contemplativa de las que exigen tripas.
A mi lado, después de casi una hora, escuché a alguien decirle a su chica: "Nada más estoy esperando a que pase algo". Presumo que esperaba un despliegue espectacular como el de Kraftwerk y Radiohead, que en esos momentos debía estar empezando.
IV.
Escuchaba ayer comentarios generales sobre el concierto de Radiohead del domingo. Presumen una cosa sublime, precisamente un despliegue espectacular que supo aprovechar y manejar un determinado número de recursos. Pero cuando uno es culto cultísimo puede prescindir de esas demostraciones poco significativas del arte e inclinarse por el Festival del Centro Histórico; v.g. en noviembre no tenía dinero y el Festival es una opción distinta, disponible en el mismo momento.
Entre esos comentarios, hubo quien se movía de lugar si alguien hablaba o cantaba (???) a su lado, y hacía un esfuerzo por que nadie le perturbara la experiencia.
V.
Sería lindo tener presentaciones hechas a mi talla, en mi casa o el foro que me venga en gana, con los asistentes que me parezcan los adecuados, con las cantidades de cerveza y vino que se me antojen, sentado con esa mujer que me interese.
Tiene su encanto compartir con otros (ya para estos momentos reconozco a varios de los asistentes a Radar, y ellos también me reconocen), sólo que a veces quisiera que esos otros fueran otros y no ésos.
El domingo, las Percusiones de Estrasburgo tocaron Le noir de l'etoile, de Grisey, en el Espacio Escultórico de esta honorable universidad; sin embargo, no todos los asistentes eran tan honorables o dignos de respeto.
I.
A mi lado, un joven padre de familia se hacía cargo de sus dos hijos, de ¿cuatro? y ¿uno? Sería incorrecto de mi parte quejarme de él y recriminarle que los niños no dejaran de hablar, pero el hombre se esmeró todo lo que pudo por tenerlos tranquilos; en cuanto se pusieron beligerantes, hizo lo más pertinente y se los llevó: yo hubiera estado rabioso y mucho más beligerante si tuviera que sobrevivir, a su edad, a seis percusionistas que tocan muy erráticamente y muy lejos de mí.
La verdad es que ellos tres no fueron motivo para mi disgusto: "Papá, Miguel [o como se llamaba] me mordió el pelo. Me duele mucho."
II.
A pesar de que el personal de seguridad prohibió inicialmente que la gente se subiera a las estructuras de concreto del Espacio Escultórico, cedieron y se veía a muchos sentados allá arriba. No sé si mi paranoia es tan grave, pero estoy convencido de que eran los más ruidosos y molestos, por encima de los que contestaban el celular, los que comentaban la anécdota del sábado, los que estaban considerando en qué taquería iban a cenar, los que refunfuñaban porque qué aburrido es esto, los que callaban a los que estaban hablando, los que callaban a los primeros, et al.
Cuatro chicos de los que estaban allá arriba me calentaron gravemente las tripas: amargas discusiones porque alguno secuestraba la mota y la cerveza, la llamada al celular "Fer, te habla tu mamá", anunciada con el mismo volumen que lo haría cualquiera de ustedes si estuviera en la sala de su casa, eructos, piropos a todas las chicas que cruzaban por su campo visual, "no ma, qué hueva con estas mamadas", y todo lo demás que tuvimos que soportar.
Independientemente de que yo sea un exquisito y de que no me saque de la cabeza que "el arte se contempla en silencio", frase que me dijo mi profesor de sociología en la preparatoria, estoy convencido de que la música exige respeto, no sólo a los ejecutantes, sino a los asistentes.
Si Grisey o Wagner no me parecen interesantes, me largo a hacer cualquier otra cosa que sí me lo parezca y asunto arreglado. ¿Para qué perder mi tiempo?
III.
Para contextualizar debidamente es necesario anotar que Le noir de l'etoile es una pieza donde abundan el silencio y los cambios de volumen y tono: en la presentación que se hizo, se le pidió al público que por favor guardara mucho silencio, pues empezaba en un volumen muy bajo. Hay largos pasajes muy suaves para un sexteto de percusiones, y en general es difícil distinguir la reverberación de las grabaciones de estrellas. En suma, es una pieza contemplativa de las que exigen tripas.
A mi lado, después de casi una hora, escuché a alguien decirle a su chica: "Nada más estoy esperando a que pase algo". Presumo que esperaba un despliegue espectacular como el de Kraftwerk y Radiohead, que en esos momentos debía estar empezando.
IV.
Escuchaba ayer comentarios generales sobre el concierto de Radiohead del domingo. Presumen una cosa sublime, precisamente un despliegue espectacular que supo aprovechar y manejar un determinado número de recursos. Pero cuando uno es culto cultísimo puede prescindir de esas demostraciones poco significativas del arte e inclinarse por el Festival del Centro Histórico; v.g. en noviembre no tenía dinero y el Festival es una opción distinta, disponible en el mismo momento.
Entre esos comentarios, hubo quien se movía de lugar si alguien hablaba o cantaba (???) a su lado, y hacía un esfuerzo por que nadie le perturbara la experiencia.
V.
Sería lindo tener presentaciones hechas a mi talla, en mi casa o el foro que me venga en gana, con los asistentes que me parezcan los adecuados, con las cantidades de cerveza y vino que se me antojen, sentado con esa mujer que me interese.
Tiene su encanto compartir con otros (ya para estos momentos reconozco a varios de los asistentes a Radar, y ellos también me reconocen), sólo que a veces quisiera que esos otros fueran otros y no ésos.
viernes, 13 de marzo de 2009
Strokes of truth
Cuando le preguntaron a Franz Kline, en algún momento de los años cincuenta, qué pintaba y cuáles eran sus temas, respondió con algún enfado: "well, look, if I paint what 'you' know, then that will simply bore you. If I paint what 'I' know, it will be boring to myself. Therefore I paint what I don't know."
Junto con Mark Rothko y Jackson Pollock, Kline es de mis pintores favoritos; y si han sido los feroces observadores que sé que son, lo habrán notado desde que este blog se maquilló y peinó.
Aun cuando los cuadros de Kline pueden parecer absurdamente simples y veloces, detrás de cada uno hay una larga investigación, bocetos, muchas horas de trabajo y corrección capa por capa de pintura. En casi dos metros cuadrados de lienzo, no son trazos fortuitos ni hechos con rabia, sino un lento y apasionado proceso.
Los pintores de esta generación -el Expresionismo Abstracto, que para no variar la crítica agrupó según le vino en gana y muy a pesar de ellos- tienen pocas cosas en común, como el aparente dinamismo de su trabajo y una extraña y casi inexplicable emotividad: si son cuadros complejos en su creación, no lo son en la relación que establecen con quien los mira. Cuando presentaron una retrospectiva de Rothko en el Museo de Arte Moderno hace tres años, casi me tiro a llorar frente a Untitled (1964); no sé qué haría si veo una exhibición de Kline. "Silence is so accurate."
Todo es un descubrimiento, decir la verdad, acercarse a las pasiones y las emociones con los menos intermediarios posibles, pero jamás un intento de impresión.
Si mi vida es un universo delimitado y mis reacciones son previsibles después de un tiempo, si no me convierto en una sorpresa andante, si mis rasgos generales parecen no cambiar con el tiempo, si soy un cristal macizo y quebradizo y no una llama furiosa, es simplemente porque voy a otro lugar: la sorpresa que busco es personal, no para otro.

jueves, 12 de marzo de 2009
Pulsar
Hoy inaugura el Festival, y aunque no voy a ver Don Giovanni, desde hoy mi humor es otro. La sola idea de toda la música loca que voy a escuchar me emociona a rabiar: todas las mañanas, taza de café en mano y gato restregándose en las piernas, veo con ansiedad mis boletos, especialmente el de Marc Ribot, Greg Cohen (los dos otrora miembros de Masada, en sus distintas encarnaciones), Ray Anderson y Han Bennink.
Me acuerdo que de niño pasé unas vacaciones con la familia de mi madre en Tijuana; fue la primera vez que viajé solo, sin mis padres, así que brincaba de casa en casa y mis tíos cumplían mis caprichos, aunque eran pocos. Uno de ellos, dueño de un 7-Eleven en San Diego (cuyos refrigeradores y dulcerías matemáticamente asaltamos todos mis primos y yo cuando éramos niños), me llevó a una juguetería y me dijo que escogiera lo que quisiera; me llevé un avión, e inmediatamente me recriminó que no llenara un camión de juguetes, así que me preguntó si tenía alguna consola de videojuegos y me puso enfrente todos los que se le cruzaron. Me pasé las siguientes tres semanas de mis vacaciones ansioso por regresar a casa, mirando las cajas de mis dos nuevos videojuegos y brincoteando encantado.
Más o menos me siento así en este momento, toda proporción guardada. Aunque es probable que hoy también brincara como niño si tuviera una consola...
Otro concierto que espero es Le noir de l'etoile, de Gérard Grisey: con su permiso, voy a escuchar estrellas. Y mientras llega el domingo, a Marc Ribot y los Cubanos Postizos en las Rolotas.

Marc Ribot
Más o menos me siento así en este momento, toda proporción guardada. Aunque es probable que hoy también brincara como niño si tuviera una consola...
Otro concierto que espero es Le noir de l'etoile, de Gérard Grisey: con su permiso, voy a escuchar estrellas. Y mientras llega el domingo, a Marc Ribot y los Cubanos Postizos en las Rolotas.
Marc Ribot
miércoles, 11 de marzo de 2009
Vicario
Mi misantropía, siendo francos, es poco feroz:
Se puede decir que no he visto a Sofía, y ya la conozco.
Lo miro en perspectiva y me acuerdo de mis sobrinos, y todo lo contento que estaba cuando nació cada uno. Tenía trece años cuando la primera, y aunque intentaba leer no me acuerdo qué, estaba sentado en la sala de espera, comido de ansiedad.
Por mucho que odie y deteste a ese animal llamado Hombre, no puedo dejar de alegrarme sinceramente ante su alegría, y envidiarla -a veces- con más desprecio del que le profeso a él mismo.
I have ever hated all nations, professions, and communities, and all my love is toward individuals: for instance, I hate the tribe of lawyers, but I love Counsellor Such-a-one, and Judge Such-a-one: so with physicians—I will not speak of my own trade—soldiers, English, Scotch, French, and the rest. But principally I hate and detest that animal called man, although I heartily love John, Peter, Thomas, and so forth. This is the system upon which I have governed myself many years, but do not tell...En la mañana recibí un mensajito del diseñador de mi revista de científicos locos; ayer, casi a medianoche, nació su hija. Mal de mi grado, fui al baby shower hace tres semanas, me embadurnaron de Gerber de manzana y de lejos vi las muchas humillaciones que pasaron otros invitados, vaciando mi vaso de cerveza y comiendo como oso. El portarretratos en la esquina de su escritorio, a no más del largo de mi brazo, tiene cuatro fotografías del ultrasonido.
Siempre he odiado a todas las naciones, profesiones y comunidades, y todo mi amor es para los individuos: por ejemplo, odio a la tribu de los abogados, pero amo al Consejero Fulano, y el Juez Mengano; así también a los médicos —no hablaré de mi propio gremio—, soldados, Ingleses, Escoceses, Franceses y el resto. Pero principalmente odio y detesto a ese animal llamado Hombre, aunque amo sinceramente a Juan, Pedro, Tomás... Éste es el sistema por el que me he gobernado mucho años, pero no lo divulgue...
Jonathan Swift a Alexander Pope, 29 de septiembre, 1725
Se puede decir que no he visto a Sofía, y ya la conozco.
Lo miro en perspectiva y me acuerdo de mis sobrinos, y todo lo contento que estaba cuando nació cada uno. Tenía trece años cuando la primera, y aunque intentaba leer no me acuerdo qué, estaba sentado en la sala de espera, comido de ansiedad.
Por mucho que odie y deteste a ese animal llamado Hombre, no puedo dejar de alegrarme sinceramente ante su alegría, y envidiarla -a veces- con más desprecio del que le profeso a él mismo.
martes, 10 de marzo de 2009
Prescindible
(Habrán ustedes de perdonar, pero lo que van a leer a continuación se resume en una digresión estúpida que no redundará en beneficio suyo, salvo que se entienda así a una ominosa pérdidad de tiempo; no me he tomado la molestia de reflexionar [sic] mucho en estos días, y las cosas serias sobre las que he pensado requieren más elaboración: cuando sea grande, quiero ser como Jonathan Swift.)
I.
El sábado fuimos a ver Watchmen, la función de las 22:30. Me habían presumido que había fiesta, así que di por entendido que, saliendo del cine, haríamos camino. Y cuál es mi sorpresa que ya es la una y media de la mañana y en el cine no venden cerveza ni tacos de suadero; v.g. tengo sed y hambre. Y no hubo fiesta.
No puedo emitir una opinión autorizada sobre Watchmen, puesto que ni he leído la novela de Alan Moore, ni alcanzo a pescar todas las dimensiones de la cinematografía. Admito, en cualquier caso, que esta entrada picó mi curiosidad; y si el señor está haciendo su tesis doctoral en el cómic como discurso en el S. XXI, yo -con la humildad que me cabe en el cuerpo- me sujeto a su autoridad, no pregunto y voy de metiche al cine, y quizá después (en función del presupuesto) consiga una versión en papel. Por otra parte, suelo caer rendido cuando me cuentan sobre una historia que no sigue una narrativa lineal y donde tiempos y conceptos se entretejen así, compleja y delicadamente.
Al margen de lo anterior, me parece una historia sumamente interesante (y para un obseso metiche como yo, ver física cuántica es maravilloso), con personajes extraordinarios (no todos: presumo que los de la novela sí lo son; quizá se deba a las actuaciones) y una exploración en torno a causas mayores, sensibilidad y pulsiones humanas, política, crítica social y la historia estadounidense reciente. De hecho, estuve a punto de chillar de rabia cuando vi el logo de MTV y un instante después a Nixon dando un discurso: qué bueno que entré rapidito en ese universo paralelo, pues los fans me hubieran despedazado y hecho pasto de su furia.
Tengo que admitir que sigo haciendo chistes, como los hice en la sala de cine, sobre varios puntos, especialmente el de la cámara nuclear: hoy en la mañana especulaba si mi horno de microondas funcionaría de manera parecida si lo conecto a un acelerador de partículas. Digo, pelón y soberbio ya soy: nada más me falta ser azul, alto y fuerte como roble, dominar la física cuántica, transmutar la materia a nivel atómico, caminar sobre la superficie del sol, tener un desapego escalofriante por la humanidad y en el fondo ser coherente hasta la última fibra.
Qué banal soy...
II.
El domingo fuimos a comprar arena para nuestros hijos a Costco. Para no variar, los tres nos detuvimos en las mesas de ropa a ver qué había y qué nos quedaba.
- Caballero, por favor: ya cómprese unos pantalones. Los que trae puestos ya están muy rotos.
- Si me encuentras un talla 28, te compro uno a ti.
Y rauda como flecha, repasó cuatro mesas. Lo más cercano era un 30x32, y me sobraba bastante cintura. ¿Por qué los fabricantes de ropa no entenderán que, además de los millones de obesos que pueblan este país, algunos no pasamos de los cincuenta kilos?
II bis.
Hoy en la mañana decidí ponerme unos de esos pantalones que están abandonados en lo más profundo de mi clóset. Talla: 20 slim, o niño alto y ñango.
Y me quedan de puta madre.
III.
Digamos una frase que, en cualquier otro momento y bajo cualquier otra circunstancia, me haría repudiar a mi propia persona: estoy tentado a sacrificar a Mike Patton en aras de una noche de iPods y vodka tonic.
Las cosas que uno es capaz de considerar en ocasiones... Y las soluciones que se le pueden venir a la mente.
IV.
Hoy más que ayer,
I Want to Hold Your Hand - The Beatles
I.
El sábado fuimos a ver Watchmen, la función de las 22:30. Me habían presumido que había fiesta, así que di por entendido que, saliendo del cine, haríamos camino. Y cuál es mi sorpresa que ya es la una y media de la mañana y en el cine no venden cerveza ni tacos de suadero; v.g. tengo sed y hambre. Y no hubo fiesta.
No puedo emitir una opinión autorizada sobre Watchmen, puesto que ni he leído la novela de Alan Moore, ni alcanzo a pescar todas las dimensiones de la cinematografía. Admito, en cualquier caso, que esta entrada picó mi curiosidad; y si el señor está haciendo su tesis doctoral en el cómic como discurso en el S. XXI, yo -con la humildad que me cabe en el cuerpo- me sujeto a su autoridad, no pregunto y voy de metiche al cine, y quizá después (en función del presupuesto) consiga una versión en papel. Por otra parte, suelo caer rendido cuando me cuentan sobre una historia que no sigue una narrativa lineal y donde tiempos y conceptos se entretejen así, compleja y delicadamente.
Al margen de lo anterior, me parece una historia sumamente interesante (y para un obseso metiche como yo, ver física cuántica es maravilloso), con personajes extraordinarios (no todos: presumo que los de la novela sí lo son; quizá se deba a las actuaciones) y una exploración en torno a causas mayores, sensibilidad y pulsiones humanas, política, crítica social y la historia estadounidense reciente. De hecho, estuve a punto de chillar de rabia cuando vi el logo de MTV y un instante después a Nixon dando un discurso: qué bueno que entré rapidito en ese universo paralelo, pues los fans me hubieran despedazado y hecho pasto de su furia.
Tengo que admitir que sigo haciendo chistes, como los hice en la sala de cine, sobre varios puntos, especialmente el de la cámara nuclear: hoy en la mañana especulaba si mi horno de microondas funcionaría de manera parecida si lo conecto a un acelerador de partículas. Digo, pelón y soberbio ya soy: nada más me falta ser azul, alto y fuerte como roble, dominar la física cuántica, transmutar la materia a nivel atómico, caminar sobre la superficie del sol, tener un desapego escalofriante por la humanidad y en el fondo ser coherente hasta la última fibra.
Qué banal soy...
II.
El domingo fuimos a comprar arena para nuestros hijos a Costco. Para no variar, los tres nos detuvimos en las mesas de ropa a ver qué había y qué nos quedaba.
- Caballero, por favor: ya cómprese unos pantalones. Los que trae puestos ya están muy rotos.
- Si me encuentras un talla 28, te compro uno a ti.
Y rauda como flecha, repasó cuatro mesas. Lo más cercano era un 30x32, y me sobraba bastante cintura. ¿Por qué los fabricantes de ropa no entenderán que, además de los millones de obesos que pueblan este país, algunos no pasamos de los cincuenta kilos?
II bis.
Hoy en la mañana decidí ponerme unos de esos pantalones que están abandonados en lo más profundo de mi clóset. Talla: 20 slim, o niño alto y ñango.
Y me quedan de puta madre.
III.
Digamos una frase que, en cualquier otro momento y bajo cualquier otra circunstancia, me haría repudiar a mi propia persona: estoy tentado a sacrificar a Mike Patton en aras de una noche de iPods y vodka tonic.
Las cosas que uno es capaz de considerar en ocasiones... Y las soluciones que se le pueden venir a la mente.
IV.
Hoy más que ayer,
I Want to Hold Your Hand - The Beatles
jueves, 5 de marzo de 2009
Ahora fue el gato
No me cayó encima: me rasguñó la nalga izquierda. Y las circunstancias fueron casi las mismas, y también ardió cuando me bañé.
Miren si los he de querer, gatos hijos de bruja.
Miren si los he de querer, gatos hijos de bruja.
Una entre varias consecuencias
I.
De camino a ver a unos amigos, me topo con un mequetrefe que reparte uno de los varios panegíricos de López Obrador en la entrada del metro Mixcoac; con el libro en la mano, rechazo el periódico que me ofrece. En respuesta, me dice: "Hay que leer toda la lectura universalmente". Mis opciones son dos: cagarme de risa por el fraseo o seguir caminando. También me tienta la idea de preguntarle su opinión sobre -por recurrir a un lugar común- El Quijote, pero no estoy de humor para ponerlo en flagrante evidencia.
II.
Ayer, mientras esperaba a que mis amigos llegaran al bar, leía. En la mesa vecina, ocho personas platicaban ruidosamente, tres punks (mohicano de treinta centímetros, cadenas, chaleco con consignas anarquistas y demás parafernalia) entre ellos.
Ya entrados en cervezas, uno de esos tres me pregunta qué leía hace un rato: Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Independientemente de los ojitos de borracho, me mira con extrañamiento; "¿Has oído esa canción de 'Gulliver en el país de los gigantes, Gulliver en el país de los enanos'? Me sigue mirando con extrañamiento; "Digamos que Swift fue un punk de la más vieja escuela" y entonces se emociona y trata de hacer la nota mental, que seguramente seis segundos después olvidó.
Los dos nos dimos la vuelta y seguimos tomando cerveza, aunque él estaba bastante más borracho que yo.
III.
La semana pasada escuché en el radio una entrevista que le hacían a Bernardo Fernández, aka Bef; decía que le disgustaban los programas de lectura como estaban contemplados y que consideraba un error que los jóvenes no se acercaran a los libros. "Cada quien debe encontrar el libro que lo atrape. Los libros no muerden. Y lo que necesita el país son más lectores."
Sí. No. México es un país donde abundan los lectores: todos los días, en mi trayecto en metro a esta oficina, veo a un montón de gente leyendo: El Código da Vinci, ¿Quién se ha robado mi queso?, Harry Potter, Vidas de grandes maestros, La universidad del éxito, otros tantos títulos de superación personal, por no mencionar los periódicos de nota roja. Los estudiantes que veo con un libro en la mano parecen disgustados y casi se les lee el pensamiento: "Carajo, estúpida tarea".
Hasta donde me es evidente, las sociedades que crecen más están nutridas de lectores, pero sobre todo de críticos. Dicho en castellano regular, se necesitan lectores críticos, por lo menos y entre muchísimas otras cosas.
IV.
Soy renuente a visitar la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. La última vez que fui deliberadamente, mi tarjeta sangró y sangró con todos los libros que compré (no todos los cuales disfruté, maldita sea): si es comida, chocolate, café, música o libros, nunca es suficiente ni demasiado.
Por otra parte, es una tomadura de pelo que irrita: tooodas las editoriales presumen de paquetes, precios especiales y descuentos, pero si uno busca el mismo libro en una librería en cualquier otro momento del año, la realidad es que es más caro comprar en la Feria. Sin embargo, y esto hay que notarlo con justa razón, las editoriales vacían las bodegas y de pronto aparecen los libros que uno creía fuera del catálogo.
En consecuencia, me entero de los chismes por el radio: quién fue, quién presentó, qué novedad exquisita publicaron, quién dio una conferencia. El lunes escuché lo que me pareció el slogan de este año: "Leer se nota".
V.
Pero no leer también se nota, y se nota todavía más. No tengo que preguntarme cuánto ni qué lee el hijoputa que le disparó a un topógrafo esta semana. O los imbéciles que asedian a otros; me vienen dos casos a la cabeza: el de una amiga a la que el ex-novio, ¿dos? años después de terminar, no deja en paz. El otro me voy a guardar de mencionarlo siquiera: me hastía de sólo pensarlo.
Cuando escucho a alguien decir que no le gusta leer, pienso que más bien no sabe leer: pasa los ojos por la página, no reflexiona, no analiza, no correlaciona con su horizonte de experiencias y el libro es (en mejor de los casos) una distracción temporal de cosas más importantes.
La lectura, lejos de ser sinónimo o fuente de cultura, es un hábito que deriva de una formación cultural dada, y que colateralmente abre una posibilidad de formación ulterior no académica, no familiar, no institucional y amoral; por supuesto, esas características no se dan cuando uno lee un panegírico o un panfleto: los textos exigen posturas y aproximaciones determinadas. Detrás de una lectura hay una pulsión, que a los ojos de la sociedad actual parece inútil, y sin embargo es justo al contrario. La pregunta que a la abrumadora mayoría de los políticos en todas las naciones no les conviene hacerse es cómo provocar y propagar esa pulsión.
De camino a ver a unos amigos, me topo con un mequetrefe que reparte uno de los varios panegíricos de López Obrador en la entrada del metro Mixcoac; con el libro en la mano, rechazo el periódico que me ofrece. En respuesta, me dice: "Hay que leer toda la lectura universalmente". Mis opciones son dos: cagarme de risa por el fraseo o seguir caminando. También me tienta la idea de preguntarle su opinión sobre -por recurrir a un lugar común- El Quijote, pero no estoy de humor para ponerlo en flagrante evidencia.
II.
Ayer, mientras esperaba a que mis amigos llegaran al bar, leía. En la mesa vecina, ocho personas platicaban ruidosamente, tres punks (mohicano de treinta centímetros, cadenas, chaleco con consignas anarquistas y demás parafernalia) entre ellos.
Ya entrados en cervezas, uno de esos tres me pregunta qué leía hace un rato: Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Independientemente de los ojitos de borracho, me mira con extrañamiento; "¿Has oído esa canción de 'Gulliver en el país de los gigantes, Gulliver en el país de los enanos'? Me sigue mirando con extrañamiento; "Digamos que Swift fue un punk de la más vieja escuela" y entonces se emociona y trata de hacer la nota mental, que seguramente seis segundos después olvidó.
Los dos nos dimos la vuelta y seguimos tomando cerveza, aunque él estaba bastante más borracho que yo.
III.
La semana pasada escuché en el radio una entrevista que le hacían a Bernardo Fernández, aka Bef; decía que le disgustaban los programas de lectura como estaban contemplados y que consideraba un error que los jóvenes no se acercaran a los libros. "Cada quien debe encontrar el libro que lo atrape. Los libros no muerden. Y lo que necesita el país son más lectores."
Sí. No. México es un país donde abundan los lectores: todos los días, en mi trayecto en metro a esta oficina, veo a un montón de gente leyendo: El Código da Vinci, ¿Quién se ha robado mi queso?, Harry Potter, Vidas de grandes maestros, La universidad del éxito, otros tantos títulos de superación personal, por no mencionar los periódicos de nota roja. Los estudiantes que veo con un libro en la mano parecen disgustados y casi se les lee el pensamiento: "Carajo, estúpida tarea".
Hasta donde me es evidente, las sociedades que crecen más están nutridas de lectores, pero sobre todo de críticos. Dicho en castellano regular, se necesitan lectores críticos, por lo menos y entre muchísimas otras cosas.
IV.
Soy renuente a visitar la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. La última vez que fui deliberadamente, mi tarjeta sangró y sangró con todos los libros que compré (no todos los cuales disfruté, maldita sea): si es comida, chocolate, café, música o libros, nunca es suficiente ni demasiado.
Por otra parte, es una tomadura de pelo que irrita: tooodas las editoriales presumen de paquetes, precios especiales y descuentos, pero si uno busca el mismo libro en una librería en cualquier otro momento del año, la realidad es que es más caro comprar en la Feria. Sin embargo, y esto hay que notarlo con justa razón, las editoriales vacían las bodegas y de pronto aparecen los libros que uno creía fuera del catálogo.
En consecuencia, me entero de los chismes por el radio: quién fue, quién presentó, qué novedad exquisita publicaron, quién dio una conferencia. El lunes escuché lo que me pareció el slogan de este año: "Leer se nota".
V.
Pero no leer también se nota, y se nota todavía más. No tengo que preguntarme cuánto ni qué lee el hijoputa que le disparó a un topógrafo esta semana. O los imbéciles que asedian a otros; me vienen dos casos a la cabeza: el de una amiga a la que el ex-novio, ¿dos? años después de terminar, no deja en paz. El otro me voy a guardar de mencionarlo siquiera: me hastía de sólo pensarlo.
Cuando escucho a alguien decir que no le gusta leer, pienso que más bien no sabe leer: pasa los ojos por la página, no reflexiona, no analiza, no correlaciona con su horizonte de experiencias y el libro es (en mejor de los casos) una distracción temporal de cosas más importantes.
La lectura, lejos de ser sinónimo o fuente de cultura, es un hábito que deriva de una formación cultural dada, y que colateralmente abre una posibilidad de formación ulterior no académica, no familiar, no institucional y amoral; por supuesto, esas características no se dan cuando uno lee un panegírico o un panfleto: los textos exigen posturas y aproximaciones determinadas. Detrás de una lectura hay una pulsión, que a los ojos de la sociedad actual parece inútil, y sin embargo es justo al contrario. La pregunta que a la abrumadora mayoría de los políticos en todas las naciones no les conviene hacerse es cómo provocar y propagar esa pulsión.
lunes, 2 de marzo de 2009
Almost a slumdog
[Me choca perder mi tiempo; por ejemplo, tener una conversación con alguien y sentir, al final, que nada de lo que dijo me es importante o ha tenido sentido nada de lo que dije, o ir al cine y ver una mala película, o leer un libro que despedazo porque el autor quiso descubrir el hilo negro que hace setecientos años alguien encontró, o recibir y tener que procesar artículos flagrantemente malos en mi revista académica.
Considerando lo anterior, voy a omitir un hecho estúpido -aunque estoy tentado a despotricar-, en aras de evitarme un dolor de huesos innecesario y salvaguardar mi paciencia. A la mierda: ¿soy claro?]
El sábado, en lugar de perder mi tiempo, me fui al cine con una amiga; es cosa que no hago muy seguido, eminentemente porque tengo la profunda creencia de que el cine, el teatro, la música en vivo y demás se deben comentar justo cuando termina el evento, y por tanto se deben compartir. Vimos Slumdog Millionaire, y con justa razón se ganó el Óscar a mejor película; aunque es injusto decirlo porque no he visto (y probablemente no veré) las demás.
Mi conclusión: es casi un cuento de hadas a la vieja escuela, donde el hada madrina es la televisión. Otra vez: hay muy pocas historias para contar, y toda la diferencia está en cómo se cuentan. No importa si es el S. XIV y el príncipe valiente tiene que pelear contra una malvada bruja para rescatar a la princesa o si un post-adolescente hindú tiene que sobrevivir a un país con tal de recuperar al amor de su vida: la estructura está ahí, los actantes están ahí, las pulsiones son las mismas; y todo está espléndidamente usado.
Por otra parte, los dos coincidimos en que está plagada de momentos de ojito Remi, pero -muy distinto a una película sosa o a los dramas del Holocausto- son de suma alegría y no de pena o tristeza. Un héroe que recurre a otros para resolver un conflicto es habilidoso; uno que los resuelve por sus propios medios es poderoso; pero uno que los resuelve eminentemente por su experiencia, sin habilidades sobresalientes ni recursos, en una onda bildungsroman, ése es un modelo que rebasa las posibilidades. Y el sólo hecho de la resolución de verdad provoca alegría.
Hablaba yo dos párrafos arriba sobre la manera de contar, y eso no es más que diferencias; encuentro dos: una pulsión secundaria (la esperanza), en una suerte de sublimación, se transmite a todo el universo que compone la historia. Pero la diferencia más importante y con que la historia vuelve a sí misma es el tiempo: independientemente de que no sea una narrativa lineal, el punto central es la suspensión del tiempo, o más bien su cancelación. Como no les quiero arruinar nada, no explico y aquí me callo, así que vayan a verla.
Considerando lo anterior, voy a omitir un hecho estúpido -aunque estoy tentado a despotricar-, en aras de evitarme un dolor de huesos innecesario y salvaguardar mi paciencia. A la mierda: ¿soy claro?]
El sábado, en lugar de perder mi tiempo, me fui al cine con una amiga; es cosa que no hago muy seguido, eminentemente porque tengo la profunda creencia de que el cine, el teatro, la música en vivo y demás se deben comentar justo cuando termina el evento, y por tanto se deben compartir. Vimos Slumdog Millionaire, y con justa razón se ganó el Óscar a mejor película; aunque es injusto decirlo porque no he visto (y probablemente no veré) las demás.
Mi conclusión: es casi un cuento de hadas a la vieja escuela, donde el hada madrina es la televisión. Otra vez: hay muy pocas historias para contar, y toda la diferencia está en cómo se cuentan. No importa si es el S. XIV y el príncipe valiente tiene que pelear contra una malvada bruja para rescatar a la princesa o si un post-adolescente hindú tiene que sobrevivir a un país con tal de recuperar al amor de su vida: la estructura está ahí, los actantes están ahí, las pulsiones son las mismas; y todo está espléndidamente usado.
Por otra parte, los dos coincidimos en que está plagada de momentos de ojito Remi, pero -muy distinto a una película sosa o a los dramas del Holocausto- son de suma alegría y no de pena o tristeza. Un héroe que recurre a otros para resolver un conflicto es habilidoso; uno que los resuelve por sus propios medios es poderoso; pero uno que los resuelve eminentemente por su experiencia, sin habilidades sobresalientes ni recursos, en una onda bildungsroman, ése es un modelo que rebasa las posibilidades. Y el sólo hecho de la resolución de verdad provoca alegría.
Hablaba yo dos párrafos arriba sobre la manera de contar, y eso no es más que diferencias; encuentro dos: una pulsión secundaria (la esperanza), en una suerte de sublimación, se transmite a todo el universo que compone la historia. Pero la diferencia más importante y con que la historia vuelve a sí misma es el tiempo: independientemente de que no sea una narrativa lineal, el punto central es la suspensión del tiempo, o más bien su cancelación. Como no les quiero arruinar nada, no explico y aquí me callo, así que vayan a verla.
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