jueves, 17 de junio de 2010

Bosón de Higgs

Hay días de ansiedad en que no se sabe siquiera dónde poner los dedos y todo alrededor es un estremecimiento. Leer, dicho sea de paso, no ayuda. El trabajo, evidentemente –y desde hace meses–, importa un carajo. Hasta el hambre se olvida, increíble para alguien que consume cantidades onerosas de comida; o más apropiadamente, se traslada a un resquicio que guarda su espacio en el tiempo.
Mientras tanto, Indio tiene un momento de iluminación (varias veces he tenido la intención de pasarlos por la furia perpetua, pero conviene más otra aproximación) y regala una gloria: de alguna manera me acordé de Jared Tarbell y sus bellísimas imágenes aleatorias. En el fondo la diferencia no es grandísima.
De veritas, descarguen Iographica y luego olvídenla.


martes, 15 de junio de 2010

El corazón de la selva

Un músico esencialmente ha vaciado su vida: figura prometedora de la musicología, su última composición –si bien soberbia a decir de los amigos, grandilocuentes aduladores– ha servido para musicalizar un comercial. Su esposa ahora le es desconocida, pues su carrera como actriz, representando el mismo papel noche tras noche, hace imposible que tengan una vida juntos. Su amante es veleidosa, superficial, inestable: la vida que la circunda –y por extensión a él– es aterradoramente obtusa, acrítica, autoindulgente, incapaz de construir un discurso propio, repitiendo sordamente uno harto gastado.
Dado una oportunidad para recuperar algo de lo que le fuera valioso en otro tiempo, acepta por inercia la encomienda de adentrarse en la selva amazónica para localizar un conjunto de instrumentos musicales que podrían redefinir las nociones aceptadas en la academia musical. Pero a cuestas lleva el fardo de esa amante suya, con su humor demasiado parisino, sus costumbres muy civilizadas, su gusto en exceso refinado para un entorno agreste como las convulsas ciudades sudamericanas y los lindes de la selva. Es peso muerto que no permite conocer debidamente el mundo que se le presenta. Y a cuestas debe ir hasta que termine.
Sin embargo, sólo Fortuna conoce el punto alto y el punto bajo de la rueda: en una cima andina, una mujer aparece envuelta apenas por un poncho, mirando al vacío, absorta, en un letargo que no le permite responder al entorno. Rescatada, Rosario se acerca al músico: evocación de un pasado tan lejano que el idioma y los aromas le son nuevos, ella es la vuelta al origen que no creyó encontrar de nuevo. Y el fardo a su lado lo restringe.
El fardo será desechado, la vida tendrá que encontrar su camino, eso que es lo más cercano al amor buscará su modo de ser. Rosario olvidará deliberadamente su nombre y se convertirá en Tu mujer: "Me rodea de cuidados, trayéndome de comer, ordeñando las cabras para mí, secándome el sudor con paños frescos, atenta a mi palabra, mi sed, mi silencio o mi reposo, con una solicitud que me hace enorgullecerme de mi condición de hombre: aquí, pues, la hembra 'sirve' al varón en el más noble sentido del término, creando la casa con cada gesto. Porque, aunque Rosario y yo no tengamos un techo propio, sus manos son ya mi mesa y la jícara de agua que acerca a mi boca, luego de limpiarla de una hoja caída en ella, es vajilla marcada con mis iniciales de amo".
Es de dudar que en la relación entre un hombre y una mujer haya una frase con implicaciones tan graves como ésa: 'tu mujer' no es sólo el sentido de posesión sobre un objeto, sino la corresponsabilidad de ambos; él, en el preciso instante en que Rosario se vuelve 'tu mujer', se convierte en 'tu hombre'. La ansiedad que siga será, eminentemente, por la incapacidad de ese hombre para entrar sin cortapisas al mundo de esa mujer.
Los pasos perdidos, novela mística, de crecimiento, existencialista a su modo, reacia a formar parte de alguna vanguardia, es uno de los textos más exigentes que recuerdo, por las complejas estructuras lingüísticas de Carpentier, su vastísimo vocabulario, la prolijidad casi obstinada de sus descripciones, sus personajes que hastían por su idiotez. Hoy que estoy por terminar el mamotreto de 800 páginas, las tres novelas que lo conforman, siento una particular relación no con las históricas (El reino de este mundo y El siglo de las luces), sino con la anecdótica: "En cuanto a Yannes, el minero griego que viajaba con el tomo de La Odisea por todo haber, baste decir que el autor no ha modificado su nombre, siquiera. Le faltó apuntar, solamente, que junto a La Odisea, admiraba sobre todas las cosas La Anábasis de Jenofonte."

jueves, 10 de junio de 2010

Deism

Nature is what we know. We do not know the gods of religions. And nature is not kind, or merciful, or loving. If God made me —the fabled God of the three qualities of which I spoke: mercy, kindness, love—, He also made the fish I catch and eat. And where do His mercy, kindness, and love for that fish come in? No: nature made us —nature did it all—, not the gods of the religions.
—Thomas Alva Edison
New York Times Magazine
Octubre 2, 1910
O dicho de otro modo:

martes, 8 de junio de 2010

viernes, 4 de junio de 2010

Un segundo

La felicidad es tan opuesta a la vida que, estando en ella, uno olvida que vive. Después, cuando termina, dure poco, dure mucho, queda apenas aquella impresión de un segundo.
–Mario de Andrade

Y rarísima la ocasión en que se percibe que ha durado más.
En este momento, la definición de felicidad se encierra en unos tacos de canasta (tres de chicharrón y dos de papa), o un filete término medio, o la receta de cochinita pibil o chiles en nogada de mi madre. Extraño la cocina de mi madre con serio dolor.
Si puedo recordar ese segundo, lo preciso es admitir que duró tres años, con los correspondientes altibajos que me desplomaron en su momento. En adelante, no puedo decir lo mismo. Si mucho, que cualquier forma de felicidad duradera es trabajo acumulativo, esfuerzo continuado, disciplina, paciencia.
Y sobre todo paciencia. Hoy, además de los chiles en nogada, daría mi imperio con tal de que aquéllos con quienes debo compartir las responsabilidades valoraran el tiempo que va de por medio y ajustaran sus calendarios. Entonces el trabajo de hoy será felicidad en un futuro más cercano.

lunes, 31 de mayo de 2010

Eyjafjallajökull

(I shall be excused, for the words to recall this experience have come to my mind exclusively in English from the very beginning; may the reader understand my lack of capabilities.)
After rushing from a rushy meeting which meant a publishing deal, I arrived to the venue, caring not for the hunger, the heat or the distance walked in a rough (almost rogue) neighborhood. Not particularly surprised by the attendees, I rather went for a beer and deal acrimoniously with the waiters and their wages. A full forty minutes late, múm went out to the stage, kinda nervous due to the roaring crowd.
And dare I say I cannot recall a concert where the audience would yell and clap so loudly for such a regular performance. Sing along to songs you don't know, múm's newest record, has been harshly criticized (if not downright deplored) by specialized magazines: indeed, it is far from being their best, as the band moved away from their glitchy, edgy and very distinctive sound to a (and I quote a friend) psychotically joyful pop. It is so very hard to relate their very intimate 7+ minute soundscapes to these dull and oh, so painfully naive glossolalia and consequently recognize an evolving career.
On the other hand, múm has become undeniably fun and the band glimmers on stage, the girls singing (or trying) in such high-pitched tones that it was like an ill children choir; also, the girls' highly dramatic gestures, shaking their hands in the air and looking seriously into the dim lights aided to that atmosphere. Still, I could not stop thinking that it was fun ripped from emotion. If they were intending to go back to a child-like state of merry and delight, they managed to do it quite fine, even if it meant parting ways from the maturity they seemed to have reached. I wonder if Kría Brekkan's departure take with her such compelling sound.
But then it is compulsory to look around and take a time to talk about the audience. Most of them could be described as obnoxious, self-centered, egotistical, shallow, trendy hipsters, which somehow gets myself into such a description. Forsooth I tell thee: soap and clean garments and hair are actually very cool, by far more than the biological hazards those kids fashion. *shiver*
So, I am there, trying my best to actually enjoy the concert and have a good time; and I was making my way just fine when a couple of redneck pricks arrived just behind me, screaming nonsense and annoying every one around. Zen, and I pay no attention to them, until this bloody springbreaker starts dancing as if he had some kind of stroke, pushing and losing his balance now and then; so, wisely I stretch the elbows, just in case he is way to close to me. And then, paradise: this asshole jumps and shakes his glass of beer in my shoulder and spilled half of it all over me. I guess the guy beside me thought I was just about to smash him to the floor, for he was the first to hold my shoulder and calm me down, having no responsibility on the matter. "Fellow, PLEASE! Is it so difficult to be careful?" and the bloody redneck is apologizing stupidly as I shove the beer off my face. Next thing I know, he starts jumping and pushing once again, so I rather flee before actually smashing him down…
Excuse my swearing, but that guy really gave me a hard time.
If I have to keep a fond memory out of the concert, it would be the encore: as the band came back to the stage, evidently overwhelmed by the roaring crowd, one of them got close to a microphone with a little jar in his hand: "Thank you very, very, very, very [8x] much for being so amazing tonight. We have a gift for you. These are ashes from the volcano and they are for you" and started scattering small pinches towards the people. That was nice.

viernes, 28 de mayo de 2010

Cartografía

Me encanta leer mapas, entienda cómo se hizo la cartografía o no, todo lo que está ahí contenido, tenga uso práctico o no. Obseso y ñoño como soy, los Google Maps me parecen fascinantes. [rayón de acetato] Aunque haya sucesos lamentables…

jueves, 27 de mayo de 2010

The green grass

Hoy, en unas pocas horas, Sir Paul McCartney dará el primero de dos conciertos en esta ciudad. Los comentarios sobre la gira versan sobre el repertorio programado y las enormes pantallas donde se proyecta un espectáculo de alrededor de cuarenta minutos antes del concierto. Según lo que escuchaba por la mañana, Sir Paul se muestra generoso ante su público no sólo por la transmisión en vivo del concierto del viernes, sino por todas las canciones que no ha tocado en México en presentaciones pasadas y que están contempladas para esta ocasión.
Y duele pensar que uno tiene toda la disposición de ajarse la garganta a gritos y los ojos a lágrimas con "Blackbird" y el comentario de ese ukulele que George le regalara, y estar fuera de presupuesto para comprar un boleto y aullar por el placer de ver a quien otrora formara parte de una de las bandas preferidas, como duele también saber que mañana ya está ocupada la tarde con los compromisos que darán pie a que regrese la sangre.
Pero entonces uno debe hacerse del remedio que le alegre el corazón de borrego.
Live and, most of all, let die.

martes, 25 de mayo de 2010

Un día demasiado soleado

El metro abre sus puertas y el golpe de calor es abrumador –por decir lo menos–, muy a pesar de que los pasajeros apenas son los suficientes para ocupar los asientos. Tres estaciones después se vacía un poco más el vagón, y el calor no amaina.
Un sujeto encuentra un asiento justo frente a mí; el calor me hace difícil la lectura de El Siglo de las luces (la prolijidad del detalle, el avasallante conocimiento de marinería y plantas y fauna y adjetivos y música y arquitectura de Carpentier son una exigencia desconcertante, con su poderosa capacidad para olvidarse por completo de la narración para construir edificios lingüísticos a fuerza de descripción), y cualquier ruido logra distraerme.
De pronto percibo un chillido agudo, que no sé si es culpa del vendedor de discos con lo más granado de la música alternativa [sic] de los últimos veinte años o algún desperfecto en las puertas del vagón, pero no logro identificarlo. Intento regresar a la lectura, con mediano progreso; y un instante después, reaparece ese sonido.
Cuando por fin logro identificar de dónde proviene, descubro que es el sujeto sentado frente a mí, los audífonos del iPod bien metidos en las orejas, que balbucea "Have you ever seen the rain" de Creedence; alcanzo a reconocer el estribillo por encima de su nulo inglés y el "I know" que es difícil no reproducir correctamente, al menos hasta donde un 'ainou' lo permite. Me llamó la atención que empezara cantando para sí mismo, a volumen bajo, y que después no le importara si alguien más lo escuchaba: un hombre mayor, de traje, cabello gris, lentes redondos y mirada seria, prácticamente se levantó de su asiento para ver quién estaba gruñendo. Los demás pasajeros se sonreían modestamente y procuraban no mirarlo o les daba más risa.
Y con alguna razón. Intentando alcanzar los tonos rasposos de John Fogerty, caía constantemente en ese chillido raro que me distraía; en un principio creí que estaba imitando las distorsiones de la barra de trémolo de una guitarra, pero era su voz nasal, casi como oír un gangoso cantando.
Como pude pasé tres páginas sin que este tío me robara toda la atención, especialmente porque repitió la canción unas ocho veces. Cuando se levantó de su asiento –cantando por supuesto–, vi una Stratocaster gris en su camiseta, bajo la leyenda "Play me" en un azul casi chillante. Y mientras subía a zancadas las escaleras de salida, yo también cantaba en mi cabeza "I wanna now / Have you ever seen the rain / Comin' down on a sunny day?"