martes, 9 de junio de 2009

Manual de abuso de un corrector

Desesperar a un corrector de estilo es una de las tareas más naturales –y probablemente nobles– que pueda llevar a cabo un autor, al cual se le reconoce como la figura responsable y absoluta detrás de la creación de un texto, sin importar el tema, tipo o género en el que esté escrito.
Por supuesto, un corrector no es pieza fundamental en el proceso editorial: más propiamente dicho, es trámite y tradición estorbosa que sólo consume el presupuesto de la editorial, y por ende el del autor. Vamos: Word ya incluye la función de corrección ortográfica y gramatical; ¿para qué perder tiempo con un paso adicional en la edición? Puede tener por seguro que la participación del corrector no es indispensable para que usted publique un texto. Pero si –para su mala fortuna– la editorial a la que recurrió todavía está chapada a la antigua y le piden que corrija sus textos antes de enviarlos para publicación, tenga a bien seguir paso a paso las siguientes indicaciones:
• No está obligado a leer su texto antes de remitirlo al corrector: todos ellos están capacitados para entender lo que usted quiere decir. Si no sabe interpretar la ausencia o exceso de preposiciones, verbos, adverbios y signos de puntuación, o si no entiende la importancia que el texto completo sea un único párrafo u oración de corrido, entonces es un mal corrector.
• En cuanto contacte al corrector, exprese su desconcierto: no entiende por qué lo obligan a corregir el texto si usted hasta tiene un libro con todas las reglas ortográficas.
• Pídale referencias: dónde vive, con quién ha trabajado, cuántos años tiene, por qué trabaja como corrector, dos números de teléfono donde localizarlo y una cuenta bancaria. Los correctores son personas taimadas que suelen abusar de la confianza de sus clientes: tome todas las precauciones posibles.
• Nunca acepte la primera cotización que le presente: es bien sabido que todos tienen algo de comerciante árabe y les gusta rebajar sus precios. Regatee todo lo posible. Insista, particularmente, en que le parece un precio excesivo: ¿desde cuándo se cobra, y tanto, por leer?
• Concuerde con el corrector en cuanto a la necesidad de hacer los cambios necesarios, pero exíjale que sean los menos posibles (doce es un buen número); de excederse, niéguese categóricamente a pagar el precio estipulado: la integridad de sus escritos está primero.
• Pregúntele todos los días cuándo planea terminar. Después de todo, a un ocioso como él, que se pasa el día leyendo, seguramente le sobra el tiempo.
• Una semana después de que reciba el texto corregido –o en su defecto, un día antes de que termine el plazo de revisiones–, devuélvalo sin haberlo leído y dígale al corrector que no entiende nada de lo que hizo y no sabe por qué llenó de garabatos las páginas.
• En respuesta, el corrector seguramente le enviará un largo texto (que no tiene por qué leer: usted sabe que el corrector ortográfico de Word es más eficiente que ese señor que se vio obligado a contratar) detallando punto por punto todas las marcas que hizo. Conteste con tono malhumorado que tiene que revisar a detalle el documento, y que pronto lo contactará usted mismo para preguntar lo necesario, o que quizá lo hagan sus abogados.
• Ponga a su gato a teclear en el texto a su gusto y rechace los cambios que le indique; después pregúntele al corrector por qué insiste en modificar algo que no tiene errores.
• Exceda el periodo de revisiones y hágale observaciones sobre los muchos errores que cometió. Sin embargo, sea magnánimo: usted –a diferencia de él– no tiene mal corazón y puede perdonar las faltas ajenas, así que sólo exigirá 35 % de descuento; prometa no demandar al susodicho.
• Terminada la labor, agradezca a su corrector y enfatice la utilidad de las nuevas funciones de Word.
• Es muy recomendable contactar al corrector una semana después con la solicitud de cotización de un textito de unas ocho páginas; no especifique cantidad de palabras ni caracteres, mucho menos envíe una copia del documento. Si el corrector respinga, busque otro y repita todos los pasos anteriores.

Por una cultura editorial y una sociedad libres de este lastre.

Only some days

Peanuts
The blanket should be my cats or some sort of pelt.

lunes, 8 de junio de 2009

LXII

No era legal que estuviera siquiera en el bar, aunque la bar-tender no dejó de servirme vodka con jugo de arándano. Me sobraban las licencias para tener esa sonrisa de idiota. Tres días después me rompí la nariz, y lo que en verdad me enfurecía era "interrumpir" el momento: el dolor, siempre pasajero e incierto amigo, no mella ahí.

Life is what happens to you while you're busy making other plans.

viernes, 5 de junio de 2009

Devolver un libro

18/mar/2007
[siguiendo las "Instrucciones para los criados" de Swift]
Por todos es bien sabido que no hay error más evidente que prestar un libro, pues lo más seguro es que cambie de dueño de manera irrevocable. Sin embargo, más que un error, resulta una estupidez devolver el libro en cuestión; pero si tal es la honesta intención de quien originalmente fue el beneficiario del préstamo, tiene a su favor y derecho un buen número de maneras para cumplir su cometido.
Por ejemplo, puede deslizarlo bajo la puerta del dueño original; pero si el espacio es muy estrecho o el libro muy ancho, tiene la opción de considerar mero artificio y adorno el lomo y las pastas, arrancarlas e intentarlo de nuevo, o descoser los folios y las hojas hasta que haya pasado por completo.
Puede también, en un acto de supremo celo, quemar el ejemplar para que nadie más pueda leerlo, y en un acto de mayor honestidad aún, entregar las cenizas al dueño, para que conserve su innegable propiedad. Pero si su intención es totalmente la opuesta y prefiere divulgar y compartir el objeto, deberá tender un hilo y colgar hoja tras hoja el volumen en el camino más transitado del rumbo: tal vez un peregrino, para distraer el peso de la caminata, se lleve algunos pliegos consigo, y entonces la pía empresa habrá logrado un éxito tangible.
Si se suscitara el caso de que no contara con un carrete de hilo, puede mojar las hojas y pegarlas en las ventanas, digamos, de la casa del dueño: el cometido será el mismo y el resultado aceptablemente similar.
Podría, también, sentir un espíritu poético y entonces es posible que surja el impulso de hacer llegar más lejos esa magnífica pieza del talento y la emoción humana y deshoje el volumen para que lo arrastre el viento. He sabido, por un respetable comerciante, que una hoja puede llegar lo mismo a Valencia que a Nápoles con el auspicio de las corrientes del Norte. Esto asegura que algún afortunado caminante participe del placer y por qué no, tal vez el propio dueño.
Pero si le preocupara la integridad del libro -pues bien podría cambiar de opinión y pedirlo de nuevo al dueño por tiempo indefinido-, le conviene guardarlo en un saco y dejarlo a su puerta de entrada. Y si su cambio de parecer estuviera algo más claro, puede tener la certeza de que ese impertinente tenedor de libros habrá de reclamarlo en alguna oportunidad, por lo que no resulta una imprudencia empacar con todo escrúpulo el objeto, dejar el atillo al pie de la propia puerta y esperar a que el susodicho pase a buscarlo.
Sin embargo, no queda duda de que la opción más sencilla y segura de hacer tan honrada entrega es tocar a la puerta del propietario y entregarlo en mano.

martes, 2 de junio de 2009

múm dixit

Yesterday was dramatic, today is [almost] OK.
Ahora que ya puedo ordenar mi cabeza en lugar de que me revienten las tripas a alta temperatura, presto atención a lo que debí hacer ayer.
■
Les advertí en su momento, y ya empieza: 1 y 2. Me enorgullece decir que rara vez me equivoco: las dos ediciones de la Caza me respaldan. Acepto que me hubiera encantado leer cuentos nuevos, pero cuando uno está afinando detalles de una ponencia, el tiempo se va entre los dedos.
■
Una amiga muy querida me pide un favor que no puedo negar: "A todos mis amigos, ayúdenme a vender [o comprar, en su defecto] los cuadros de mi madre: si saben de alguien que quiera remodelar la sala o la oficina, échenles el ojo".
Y puesto que la dama de suso pidió el don a este caballero, con juramento de no perjuriar la mía honra, y en viéndome obligado por las leyes de caballería y la honrada memoria de mi facienda, cumplo la dona de grado y con promesa de non la dejar fasta que la prenda sea pagada. [Me cae que voy a volver a pescar el Amadís; la pura onda.]
■

I[want to be]'m 9 Today - múm

lunes, 1 de junio de 2009

El Sgt. Pepper cumple hoy 42 años, y parece no importarme.
Ésta probablemente será la peor semana del año.

viernes, 29 de mayo de 2009

Aaarrghhh!!


Sometimes I hate these days...

Homónimo

[no publicado; tarada...]
Gravemente vanidoso. Pretendo leer, para enfrascarme en un círculo vicioso, el número 2331 del 14 de enero de este año, del presente semanario; me esmero, me fugo de mi oficina para recoger personalmente un ejemplar –mi ejemplar– y presumirme a mí mismo que ya soy un publicado. Abro la página diez y encuentro el encabezado –mi encabezado–, con letras grandes: “Bajo la furia”; y con una sonrisa absolutamente sincera, me quejo amargamente: “Ah, qué bonito; pero ése no es mi nombre”, y me río con gusto.
Ni de lejos me enoja el asunto: de hecho lo disfruto, como cualquier otro juego de la ironía (siendo un animal harto irónico, sería inmoral arremeter contra una situación así). Después de todo, no escogí mi nombre y si lo conservo es por pura costumbre; además, los pseudónimos son moneda corriente en las artes (¿eso ya me hace artista? Seguramente no).
Dos casos: Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, ante la inconformidad de su padre debida a la vocación poética del hijo, se hizo dueño del apellido de un poeta checo de finales del S. XIX y de pronto Pablo Neruda nos suena más natural y cierto en Chile y en español, que Jan Neruda en checo en una república de la Europa central.
Fernando António Nogueira de Reabra Pessoa, por su parte, no recurría al pseudónimo sino al heterónimo (alrededor de setenta, según la última cuenta de su editora en Portugal, lo que no descarta la posibilidad de que existan otros tantos), cuya principal diferencia radica en que uno es meramente un nombre falso, mientras que el otro implica una personalidad, fisonomía, biografía y estilo particular. Y entonces uno no es solamente Fernando Pessoa, sino Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Bernardo Soares al mismo tiempo, sin ser ninguno a cada instante.
(Dicho sea de paso, Harold Bloom, reputadísimo crítico literario norteamericano, apunta en El canon occidental que estos dos son los poetas más representativos del S. XX; decir tal, sin duda, es complicado, considerando la larga, larguísima lista de enormes poetas que cruzaron el siglo.)
En cualquier caso, inmerso en un poema, se nos olvida el nombre del autor, el del libro, hasta el título del poema mismo: existe el poema, existo yo en relación al poema, sus incidencias en algún lugar donde no puedo poner los dedos, existe en muy menor medida el objeto correlativo con que lo ato a mi realidad y por el que se rediseña el mundo y sus objetos. Y apenas queda nada del nombre del poeta.
Que diga Elmer, Octavio, Omar, Julio, Olivier, Ulises o Arnoldo, pues, va dando lo mismo: de cualquier manera, y digan lo que me digan, ya soy un publicado.

jueves, 28 de mayo de 2009

Estimado Metiche:

A pesar de que gusto de amasar datos curiosos, las más de las veces irrelevantes para la vida práctica o inútiles según los paradigmas del mundo contemporáneo; a pesar de que tengo a mi disposición una generosa cantidad de bases de datos de temas diversos; a pesar de que soy un metiche irredomable -probablemente mucho más metiche que tú- y tengo disposición para erogar mi tiempo en temas que pueden o no tener relación con mis trabajos; a pesar de que me consumo las horas del día de manera caprichosa y puedo relegar mis compromisos y responsabilidades diarias por averiguar cómo funciona un algoritmo o buscar ideas para diseñar y construir mi casa o cazar la selección más ecléctica de música o simplemente jugar solitario para distraerme de mi propio hastío; a pesar de lo anterior, lamento decirte que no soy tu repositorio de información, que alguien tuvo la providencia de inventar herramientas increíblemente prácticas como Google y las bases de datos de EBSCO y Science Direct, que puedes ser un poco más metiche y menos huevón y ahorrarme la penosa necesidad de responderte de mala gana que no sé dónde encontrar lo que tú no quieres buscar, que no estoy a tu entera disposición y que tengo cosas más importantes que hacer como perder mi tiempo como me venga en gana o dejar de fingir demencia ante todos mis pendientes, que todos los días tengo trabajo para delegar y aún así mantenerme ocupado por largo tiempo y -por tanto- me provocas un desagradable malestar cuando ves en mí una solución a tu ominosa pereza.
Teniendo en cuenta las consideraciones arriba citadas, mucho te agradeceré que no me busques a menos de que demuestres que has hecho un esfuerzo de alguna talla para resolver tus problemas. Por otra parte, no tengo ingerencia sobre persona alguna, por lo que puedes omitir definitivamente toda solicitud de que resuelva de manera expedita esa fea situación por la que estás pasando: lo más que podrías conseguir de mí es alguna empatía poco significativa, pero ningún tipo de apoyo.
Dicho en castellano viejo: no me estés jodiendo, cabrón, que no tengo ganas ni tiempo de ser amable contigo.
Hay días en que no distingo entre la salsa de los tacos de canasta y la rabia del gato montés que vive en mi hígado.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Justificación a los dolores de mis manos

Una obsesión sin fin es inútil.
Una obsesión que no conoce límite, que no termina, que no reconoce un uso ulterior, es inútil.
Si le creyera a Alberto Ruy Sánchez y dios es geométrico, busco una epifanía.