jueves, 21 de octubre de 2010

Memento

El despertador programado para sonar a las seis de la mañana. Reacciono realmente a las 8:30. La lista de trabajo pendiente crece casi exponencialmente cada semana: tengo la impresión de que no voy a terminar la entrega que tengo para hoy.
Hoy tengo dos juntas: una estrictamente personal y cuyas implicaciones son espantosas (por darle un adjetivo sobrio) y otra de trabajo. Escribo un correo pidiendo disculpas por el retraso, mañana será otro día, ya pronto termino (ajá...).
Voy a la primera junta. Menos de una hora, en algo a medio camino entre la plática de amigos y la asesoría especializada. Salgo con las ideas un poco más ordenadas (tenía en claro cómo es el procedimiento, pero el tema y su intrumental no son de mi dominio). Hago camino a casa, paso a comprar los ingredientes de la comida.
Estoy tentado a caer abatido, entre hambre, cansancio y hastío (nadie en la faz de la tierra tiene peor redacción que los artistos o menor capacidad de expresión). Claudica la idea de cocinar, preparo una torta. Y entonces me dejo rendir y me tiro a dormir.
Despierto, pero no tengo ganas de seguir trabajando ni prestar atención ni hacer esfuerzos. Después de un tazón de helado, cuatro llamadas telefónicas y una taza de té, me amarro a la silla y prosigo con los pendientes. Pero tengo la imperiosa necesidad de depurar la lista de contactos con tal de borrar por fin un nombre que duele: mierda, tenía junta de trabajo a las seis. Ni qué hacer: ya pasan de las diez.
Sigo revisando pendientes. El mensajero instantáneo:
– Oiga, entonces paso a dejarle las llaves mañana temprano.
Mierda: tenía que recoger las llaves de casa de los amigos para cuidar a la gata el fin de semana.
– Hoy definitivamente no estoy recordando nada. Tenía junta de trabajo y ahora esto.
Cuando uno se precia de extraordinaria memoria, esto es traición. Parece que no, pero estoy exasperado: ira acumulada y fluyendo erráticamente, cansancio, aturdimiento, maquinaciones a mediano plazo. Y por más que intento, no puedo poner orden. Aún los gatos vuelven a hacer travesuras, pero no me doy cuenta a tiempo para disciplinarlos.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Una hiena

There are certain queer times and occasions in this strange mixed affair we call life when a man takes this whole universe for a vast practical joke, though the wit thereof he but dimly discerns, and more than suspects that the joke is at nobody's expense but his own. However, nothing dispirits, and nothing seems worth while disputing. He bolts down all events, all creeds, and beliefs, and persuasions, all hard things visible and invisible, never mind how knobby; as an ostrich of potent digestion gobbles down bullets and gun flints. And as for small difficulties and worryings, prospects of sudden disaster, peril of life and limb; all these, and death itself, seem to him only sly, good-natured hits, and jolly punches in the side bestowed by the unseen and unaccountable old joker. That odd sort of wayward mood I am speaking of, comes over a man only in some time of extreme tribulation; it comes in the very midst of his earnestness, so that what just before might have seemed to him a thing most momentous, now seems but a part of the general joke.
—Herman Melville

Me verán llegar con las manos desnudas, de frente; y buscarán refugio. Estando en el medio de mi calma, han tentado a mi paciencia. Es tiempo de retribución, y no imaginan los alcances de mi rabia y mi tenacidad. Se terminó el periodo de gracia: es mi turno. Y volveré a mi calma, y seguirán pidiendo refugio.


lunes, 11 de octubre de 2010

En perspectiva

Poquísimas veces en tu vida te encuentras en la apremiante, aplastante obligación de leer 350 cuartillas, construir el mapa conceptual de un libro entero, analizar contenidos y categorizarlos, ordenar cabeza (antes, por supuesto, que el libro), preparar edición, buscar cincuenta referencias bibliográficas en línea, cotejar contra las citas en el cuerpo del texto y alimentarte y dormir en algo menos de una semana.
Es lunes; he dormido, en el acumulado de estos dos días, un total de cuatro horas. Mañana tengo una de las juntas más importantes de este año al menos (y vayan ustedes a saber si de más tiempo, a pasado y futuro), hoy por la noche debo entregar dos capítulos completos, el jueves los siguientes dos, el viernes una corrección para uno de mis antiguos clientes, uno de los fieles. Me falta ver detalles de mi más reciente capricho/empresa, un ejercicio de creatividad que exige producción, análisis de presupuestos, selección de materiales, gestión (en algún caso) de derechos de autor. Quizá me encierren en un think-tank y finja atender una cuenta (o dos) de publicidad BTL. Tengo pendientes, por decoro y disciplina, dos entregas; quizá el miércoles deba ir a la universidad a negociar los términos de un convenio.
Es lunes; creo que ayer no comí, salvo una montaña de dulces de ajonjolí, un par de quesadillas y una pera. Hoy salió mi roomie a un viaje que se presume tortuoso; pero sólo el inicio: lo demás suena a aventura. Y mientras se echaba al hombro las maletas, yo balbucía con la taza de café en la mano el 'buen viaje'.
Hacía mucho que no pasaba tanto tiempo sentado, desgranándome la cabeza y los ojos, en la frontera de un colapso; y sin embargo, con una ligereza y calma, alguna alegría de mi propia vida.
No escribo, no estoy produciendo, pero el algoritmo lógico para volver implica perderme en este ejercicio disciplinario durante un par de meses.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Patriotero

Recibí hace poco (no sé por qué) una invitación para la pasarela Historia de México a través de la Joyería, a realizarse en San Martín de las Pirámides. Pero mejor lean: ¿quién soy yo para ahondar en detalles?

Disculparán la mala calidad de la imagen, pero el archivo (y sus errores tipográficos) corre a cuenta y cargo de los organizadores.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Todo resonancia

La cardenchada dura lo que dura el sotol.
–Decir del presentador
I.
Hace cuatro años tuve el impulso de compartir mi reciente descubrimiento del festival Poesía en Voz Alta con una mujer. Sin duda quería que participara de eso que yo disfrutaba entrañablemente, y con esa intención en mente escogí la presentación de Alexis Díaz Pimienta: repentista cubano (ensamble de son de fondo) que improvisaba décimas como si las sacara del bolsillo. Y no siendo suficiente, invitaba al público a tirar el verso que viniera en gana y respondía en "paráfrasis" de octosílabos pareados, sin importar si el verso tirado era un alejandrino.
Sin embargo, los dos actos poéticos que antecedían no tuvieron un grano de la exquisitez de Alexis.

II.
El padre me odió y la madre me despreció por llevar a la mujer (habrá que acotar: contaba entonces 17 años) pasadas las once de la noche. Lo que los padres probablemente jamás supieron es que no vimos completa la presentación de Alexis, que los dos actos anteriores se extendieron lo que les vino en gana y se excedieron en tiempo.
Cuando regresé a casa recibí mensaje de que, en pocas palabras, tenía prohibido verme de nuevo. Y ahí comenzó un conato de debacle que ni siquiera vale mencionar.

III.
Mi reacción fue fincar toda la responsabilidad de esa distancia erigida en los dos sujetos que se extendieron: además de que su trabajo me pareció deplorable (y ni qué hacer si esta aversión a lo posmo se vuelve más recalcitrante según encuentro otras expresiones artísticas posmo, si se pueden calificar tal), a mi entender nada hubiera sucedido de apegarse al programa.
A la distancia, la claridad de las cosas es otra: en lugar de fincar responsabilidad, la trasladé. En un intento por no manchar la integridad de la mujer en cuestión, busqué un chivo expiatorio que la preservara inmaculada. Por supuesto: no podía ella ser responsable de tan infausta situación. Pero a la luz de la distancia, era una proyección metonímica (Barthes) y así levanté un muro de desprecio contra el sujeto P. con tal de no despreciarla a ella por no asumir su responsabilidad en lo que parecía ser una relación.

IV.
Conocemos al director de uno de los centros culturales más importantes de la ciudad, y en un arrebato nos dice que quiere trabajar con nosotros: por fin esa revista de arte cosecha frutos algo menos liminares. Y nos plantea el proyecto y es espléndido, lo que hemos buscado durante mucho tiempo. Hacía mucho tiempo que mi diseñadora y yo no nos ilusionábamos con tanto ahínco.
Entre los muchos otros proyectos que dirige o supervisa quien nos ha invitado, me entero de que el sujeto P. forma parte del consejo consultivo de una escuela de escritura creativa, y por un momento me doblo de ira en la silla: resabios de eso que fue desprecio.

V.
Poesía en Voz Alta inaugura con un slam en el Laboratorio Arte Alameda. Mi roomie, una colombiana con una historia incuestionablemente fascinante (pero que no he de mencionar por respeto y por las implicaciones que tiene este preciso momento histórico en la vida de su familia), trabaja en el Laboratorio. En ocasiones tengo la certeza de que se siente sola en esta ciudad, y el buen samaritano se asoma y es él quien busca la manera de ser lo más cercano a una familia aquí (después de todo vivimos juntos).
– Hay actividades en Casa de Lago. De hecho inauguraron en el Laboratorio.
– Ah, sí: yo estaba ahí, sirviendo cerveza en la barra.

VI.
Pero no puede acompañarme, pues su jefe le pide que le ayude con unas traducciones. Ni modo. Ya tendrá ocasión.
Llego onerosos cincuenta minutos tarde, agitado, esperando escuchar al Grupo Cardenchero de Sapioríz: cuatro hombres de setenta años, últimos ejecutantes de este canto tradicional, a todas luces en vías de extinción. Las canciones prescinden de instrumentación, compuestas para tres voces, de temática eminentemente amorosa. A veces parecidas a un corrido, a veces con algún dejo de bolero, a veces con métricas que se reconocen norteñas, estas canciones decimonónicas son de una languidez y emoción avasallantes: cuando la voz aguda alcanza el tono más alto en su acompañamiento a la principal, la piel se enchina ante la potencia.

VII.
Llego onerosos cincuenta minutos tarde, busco en la oscuridad un asiento libre. Justo a mi izquierda está sentado P. Y el sujeto ya no me provoca aversión tan sólo por ser. Dudo que pueda escucharlo de nuevo y aprecie su trabajo como poeta, pero al menos no lo desprecio.
Como especie de corolario
cuya relación me es clara y sin embargo no puedo decir puntualmente, es tiempo de levantarme y volver a decir, apurar el tequila (a falta de sotol) que descansa en la mesa, aún a riesgo de que el antiinflamatorio pierda efecto y vuelva a colapsar de dolor, recuperar la voluntad y saber que la escritura es ahí donde no estás.


domingo, 5 de septiembre de 2010

Call me Arthur.

Still, some times they come back in an all-loving hand. And all you can do is acknowledge such love.
And say not much more.

martes, 17 de agosto de 2010

La higuera y el olivo

¿No es Alá el más sabio de los jueces?
Surah 95
I.
De regreso a casa encuentro en la entrada de metro Miguel Ángel de Quevedo a un vendedor de higos. Sin pensarlo un instante le compro una bolsa. "Joven –me dice apenas sigo mi camino–, tome: llévese su pilón" y guarda un higo más en la bolsa. Apenas puedo agradecerle debidamente y desearle buena noche.

II.
Cuando éramos niños, mi abuela nos pedía a mis primos y a mí que subiéramos a la higuera y cortáramos todos los higos maduros. Algunos estaban comidos por los pájaros, otros por las hormigas, y sólo algunos se veían limpios.
Bajábamos del árbol con una canasta cargada y las manos negras de savia gomosa y polvo. El patio de mi abuela, a pesar de la multitud de frutas y flores (perones, papayas, melones, la higuera, el descomunal olivo de los vecinos, y no recuerdo cuántos más), era un terruño polvoriento y árido en su mayoría. Recuerdo los higos más dulces que he comido, muchos de tamaño generoso; los abría y minuciosamente (obsesiva, neuróticamente) comía cada filamento rojo por separado, con ese poderoso perfume hundido hasta la garganta.
A la fecha me detengo junto a una pequeña higuera en mi camino al supermercado, tan sólo para oler las hojas; pronto dejaré de hacerlo, pues el metrobús de Cuauhtémoc arrancará todos los árboles de ese lado de la calle.

III.
Justo frente a la ventana de mi salón de la secundaria había una higuera como la del jardín de mi abuela. Pasé muchas horas sentado a su sombra; no recuerdo haber percibido su aroma en todo ese año.

IV.
He perdido la cuenta de la última vez que visité la casa de mi abuela. Si no me equivoco, pasan ya los cinco años.
Punto nodal para mi familia en Tijuana y San Diego, los fines de semana hervía de gente y voces. Navidad era un escándalo de regalos para los treinta y tantos nietos y once hijos (más las consabidas parejas), que hacían un lago de ¿dos metros? alrededor del árbol. No había mesa suficiente para sentar a tantas personas, aunque no sorprendía que sobrara comida como para que cada uno llevara lo suficiente para el día siguiente.
La casa de la abuela, por extensión, era el refugio de quienes llegaran de vacaciones a Tijuana o sencillamente no pudieran pagar una renta. El patio era un reto de supervivencia, ya por el intolerable calor de verano, ya por los juegos de infancia. Por otra parte, podíamos cortar toda la fruta que quisiéramos siempre y cuando avisáramos, pero teníamos prohibido jugar en el jardín: a nadie le gustaba la idea de que arruináramos las plantas.

V.
En la higuera y el olivo anidan los recuerdos. En la higuera y el olivo descansa el hombre de obras correctas.

sábado, 14 de agosto de 2010

Consciente

Descargué Deathconsciousness, el debut de Have a Nice Life hace ¿dos meses? Sin motivo mayor a la curiosidad, me lo llevé conmigo sencillamente porque una canción le da nombre a mi más recurrido proveedor de música en la actualidad. Sin embargo, apenas esta semana tuve oportunidad de escucharlo. Y no sé cómo describirlo. Mejor fuera que no escribiera una sola letra más al respecto y escucharan las rolotas en la barra lateral.
Pero esto tendrá que ser un ejercicio de disciplina, y habré de hacer el esfuerzo de hablar sobre algo que me parece sobradamente complejo.
Como cualquier otra expresión del shoegaze, lo que el escucha percibe es una masa de sonido en la que, sin embargo, pueden reconocerse los elementos que componen cada pieza musical. Como todo el shoegaze, no es de fácil acceso, y se requieren varias escuchas antes de aprehender la música, de hacerla propia.
Introspectiva, densa, sólida, material, exigente, por ningún motivo tímida. Música que crea momentos y constituye experiencias, que perdura en el tiempo a pesar de las distracciones cotidianas. A esto hay que sumar la naturaleza del contenido: todas las canciones versan sobre la muerte y su abrumadora inminencia: una pieza de arte que aborde rigurosamente el tema no puede ser banal o superficial.
Ciertamente no puedo comunicar la experiencia, y resulta terriblemente difícil. Mejor es, sin duda, que se arriesguen a picarle play a las Rolotas y decidan si se amarran a la silla. Si tuvieran la intención de hacerse con una copia digital, aquí pueden encontrar el disco.

martes, 10 de agosto de 2010

Geometría del discurso

Hace un par de semanas me dieron un ejemplar del número 99 (mayo-junio 2010) de la revista Tinta seca. Ahí se encuentra "Corregir lo incorregible" de Carlos López, que pretende defender el oficio del corrector frente al oficio mismo, los editores, los autores y demás especies dentro del proceso editorial.
Si bien es encomiable que se hagan estos esfuerzos y que se procure la dignidad del oficio, hay modos de hacerlo. Y el caso de este artículo no es el modo. "Si no fuera por el trabajo del corrector, las faltas se multiplicarían sin parar, navegaríamos en un mar de yerros, nos ahogaríamos en ellas. Pero aun así, es impresionante la cantidad de erratas y errores que se encuentra uno todos los días, en todos lados, a todas horas." De verdad que sí, Carlos: tan sólo en las cuatro páginas de tu texto encontré una cantidad infame.
El punto crucial, al margen de las traiciones lingüísticas y discursivas que pululan en esas cuatro páginas, está en otro lugar: "El corrector no sólo sabe las reglas del lenguaje; su acervo cultural es amplio, su conocimiento de las materias del saber es vasto." En lo ideal, sin duda; esto, sin embargo, no es moneda corriente. No sólo eso: en la práctica es de lo más inusual. Los correctores no sólo carecemos de un bagaje de conocimientos capaz de abarcar todos los temas que, en ocasiones, nos vemos obligados a leer, sino que tendemos a concentrarnos –por inercia y pragmatismo, hay que admitir– en alguna materia particular.
De un lado, no existe una especialización profesional en las distintas disciplinas donde la escritura nos requiere (e.g. legal, medicina, farmacéutica, ingeniería, y demás); del otro lado, no he conocido quien corrija con autoridad un texto médico y salte sin empacho o terror a uno de ingeniería mecánica. Las jergas son distintas y exigen un grado mínimo de conocimiento para encontrar los carices que les son particulares.
El corrector en este país, en otras palabras, es un individuo por lo regular atribulado, que duda de sí mismo y su trabajo por más que tenga vasta experiencia: siempre se pudo decir mejor y más limpiamente, siempre se pudo lograr más pulcritud, siempre se escapan la errata y el dato curioso, y ya no se puede hacer nada sobre el impreso.
Sí, hay que dignificar el oficio y hacernos del respeto de quienes publican (o sea, una abrumadora mayoría), pero también hay que considerar naturaleza y condición. Si el corrector no fuera ese ente atribulado que tiene la parte menos elegante y sexy de la cadena trófica editorial, si no viviera en una constante neurosis, en la búsqueda de la única expresión correcta, los textos no lograrían esa pulcritud que el lector deja de notar (nota los errores de la edición: un buen trabajo editorial es el que pasa desapercibido y deja que el texto se mantenga en el centro).
La verdadera labor del corrector es involucrarse con el texto que lee, aprehenderlo en todos sus sentidos posibles y sostener los que convienen. Un corrector, efectivamente, no se queda en la gramática, sino que se sumerge hasta la semántica y la fonética.
Nunca le mientas a alguien que hace análisis de discurso, no pretendas decirle verdades a medias, no intentes conservar oculto un significado, no escondas siquiera tu identidad: quien sabe leer es capaz de reconocer las aristas menores de un discurso particular.

lunes, 9 de agosto de 2010

Call me Ishmael.

For I have lost –for the first time in my life– a book. Last week I was reading again Hawthorne's The Scarlet Letter, which is fascinating, to say the least; I was undoubtedly feeling horrified by Roger Chillingworth, pitied upon Reverend Dimmesdale, at times fascinated and scared before Pearl, and both moved and amazed by Hester's integrity and beauty. And I was delighted, enjoying every word and Hawthorne's tidy prose. Sometimes I even gave it a go and translated a sentence for myself, to hear it resound; I dare believe such is translation's first step and need: feeling the translation for oneself.
But then I received a call while buying my groceries, and I forgot the book in the cart. Rather than anger, I was feeling shame: I couldn't believe I had left behind my book and not notice until past twenty minutes. A search quest in downtown libraries is under plans now.
The next day I picked Melville's Moby-Dick, thinking about keeping the pace and the English reading, quite naively for I wasn't aware about the history behind the novels. I got caught with Moby-Dick some three years ago while reading a literature (mostly poetry) and art magazine: there was a bilingual excerpt of "The Whiteness of the Whale" (chapter 42) which I found almost unreadable due to such an inconsistent and careless translation. Nevertheless, the magazine is still an outstanding piece in my library: it is awful editing, but the compilation and the love behind the effort are beautiful.
On going through the introduction (which I don't normally do: I try to shed light by my own means rather by someone else's effort) I found not only that Melville and Hawthorne were contemporaries, but friends, that they had commented each other, and that Melville (being a most restless man) considered Hawthorne's literature somehow humiliated and stranded to British canonical writings and culture. But most of all, I found this:

IN TOKEN
OF MY ADMIRATION FOR HIS GENIUS,

This Book is Inscribed
TO
NATHANIEL HAWTHORNE

Paul Romano's artwork for Mastodon's Leviathan. Haven't heard it yet. Soon.