Sería una imprecisión decir que postergué la escritura de esta entrada de manera deliberada, cuando en realidad el motivo es que perdí capacidad, confianza, energía y una larga lista de otras cosas. Sin embargo, ya ha pasado suficiente tiempo desde que sucedió lo que narro a continuación; por tanto, cuanto se lea debiera ser exclusivamente lo que resulte relevante a la distancia.
viernes, 11 de noviembre de 2011
viernes, 28 de octubre de 2011
Unsought
For love unsought is a most terrible gift.
–Rudyard Kipling
And yet, I feel miserable on a very unusual way.
miércoles, 26 de octubre de 2011
Una coincidencia
Pasan los intentos, uno después de otro, y por fin termino The Scarlet Letter. Hester Prynne es una de las mujeres más hermosas de la literatura, y eso se debe no sólo a su fulgente cabello y sus ojos imponentes, o a la devoción y amor de su corazón y su paciencia para con sus vecinos. Nathaniel Hawthorne supo dominar un lugar común –el que se lee al final de la narración y que el lector conoce desde muchas páginas atrás– y empujó el lenguaje hasta encaminar ese desenlace inevitable, sin que uno sienta un repudio innombrable hacia el autor. Por el contrario.
Y lograr ese pequeño milagro, narrar algo que el lector conoce, y sin embargo mantener su atención, el placer de su lectura, es obra de maestro, cosa que pocos logran.
Entonces continúo con mis lecturas, en inglés porque se hace costumbre ese sonido. Levanté hace dos meses La cámara oscura de Georges Perec, en una muy linda edición de Impedimenta, y me pareció que sencillamente no tenía la potencia de mis lecturas más recientes (a saber: The Jungle Book, Moby Dick, Dubliners). Quizá el juicio es injusto: poner en abierta confrontación a tres autores que se toman muy en serio el lenguaje y la literatura contra uno solo que se divierte al hacerlo, y que tiene muy otra visión de las implicaciones de la escritura, es poner en desequilibrio el fiel.
Así que vuelvo a mis lecturas, sigo recorriendo mi biblioteca, y me cruzo con Dickens y Great Expectations. Recuerdo que lo compré en Borders (RIP) junto con Things Fall Apart de Chinua Achebe, hace unos nueve años, en el primer viaje que hice con mi padre. Se quedó guardando polvo y esperando en el estante todo ese tiempo, guardando la voz de Pip. Y levanto Great Expectations, su humor sardónico, su voz inocente y ambiciosa y triste, su humildad y su desprecio por la condición de la vida cotidiana.
Hoy, de camino (largo) a esta oficina, me encuentro de pie junto a un sujeto batallando por mantenerse en equilibrio, el libro abierto. "Chapter I" leo de reojo (siempre la curiosidad de leer el libro ajeno); me pregunto qué libro leerá, como siempre. A la primera oportunidad, en cuanto gira el libro para cambiar la página, deduzco -pectations en la segunda palabra.
Y lograr ese pequeño milagro, narrar algo que el lector conoce, y sin embargo mantener su atención, el placer de su lectura, es obra de maestro, cosa que pocos logran.
Entonces continúo con mis lecturas, en inglés porque se hace costumbre ese sonido. Levanté hace dos meses La cámara oscura de Georges Perec, en una muy linda edición de Impedimenta, y me pareció que sencillamente no tenía la potencia de mis lecturas más recientes (a saber: The Jungle Book, Moby Dick, Dubliners). Quizá el juicio es injusto: poner en abierta confrontación a tres autores que se toman muy en serio el lenguaje y la literatura contra uno solo que se divierte al hacerlo, y que tiene muy otra visión de las implicaciones de la escritura, es poner en desequilibrio el fiel.
Así que vuelvo a mis lecturas, sigo recorriendo mi biblioteca, y me cruzo con Dickens y Great Expectations. Recuerdo que lo compré en Borders (RIP) junto con Things Fall Apart de Chinua Achebe, hace unos nueve años, en el primer viaje que hice con mi padre. Se quedó guardando polvo y esperando en el estante todo ese tiempo, guardando la voz de Pip. Y levanto Great Expectations, su humor sardónico, su voz inocente y ambiciosa y triste, su humildad y su desprecio por la condición de la vida cotidiana.
Hoy, de camino (largo) a esta oficina, me encuentro de pie junto a un sujeto batallando por mantenerse en equilibrio, el libro abierto. "Chapter I" leo de reojo (siempre la curiosidad de leer el libro ajeno); me pregunto qué libro leerá, como siempre. A la primera oportunidad, en cuanto gira el libro para cambiar la página, deduzco -pectations en la segunda palabra.
viernes, 14 de octubre de 2011
Una respuesta
No importan las condiciones lamentables en que estoy ("se fue por sus tequilas, ¿verdad joven?", dice el taxista en el camino a esta oficina), hoy me reventaron los ojos. Y no puedo hablar, y no puedo pensar, y no puedo decir: sólo sé que tengo las lágrimas en el pecho.
Hace mucho dijiste que mi regalo de graduación iba a ser esa litografía de Dalí que vimos. Aún me la debes, porque aún te debo un título. Hoy empiezo a cobrar y saldar la deuda:
| Supongo que tendré que regresar a Hawaii por lo que es mío. |
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Volver, volver
De nuevo Hawthorne, The Scarlett Letter, "The Custom-House". De nuevo la escritura. De nuevo la necesidad, después de tanto tiempo, de tanta ira (por una vez, justificada y vista sin mi intermediación). De nuevo, ante todo, la posibilidad.
Un día, por fin, tienes la pulsión de escribir. Para sacar (acomodar) de otra manera la ira, para decir el desasosiego, para poner en perspectiva las dudas de un momento particular y aclarar las soluciones que se avecinan, para recuperar un ritmo que se perdió (si acaso se tuvo) hace años. Y de alguna manera las palabras se hacinan en el pecho y buscan su camino, pero la falta de uso hace extraños los sonidos. Quiere surgir la voz de entre los sepulcros y la brisa cauta es más ruidosa, quiere despuntar la mañana en un nido de colores y la bruma aplasta los rayos entre sus nubes, busca el agua su cauce y se encuentra con un muro de argamasa.
Se quiere decir. Se tiene algo que decir. Se intenta decir. Pero cada brizna de voz se rompe. Es una extraña tristeza.
jueves, 16 de junio de 2011
Pero de veras tómalas
Vagaba por obligación en la página del ICATI y me encontré con esta chulada. Hay algo igualmente encantador y perturbador cuando se encuentran contradicciones como ésta.
miércoles, 8 de junio de 2011
Undoubtedly
¿Qué quiere decir "pensar en alguien"? Quiere decir: olvidarlo (sin olvido no hay vida posible) y despertar a menudo de ese olvido. Muchas cosas, por asociación, te recuerdan en mi discurso. "Pensar en ti" no quiere decir otra cosa que esa metonimia. Puesto que, en sí, ese pensamiento está vacío: no te pienso; simplemente, te hago aparecer (en la misma medida en que te olvido).
–Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso
Hace mucho no platicamos. Al menos no así, in extenso, con mucho que decir. Pero he perdido la cuenta de las cosas que han sucedido, también de las que valdría la pena alguna mención; probablemente olvide algo: sobrevivirá sólo lo que en verdad sea significativo.
Terminé a finales del año pasado (sí, ya mucho tiempo ha) dos libros que en verdad me gustaron; no pude moverme los días siguientes, tal era el cansancio, pero esos dos tienen un brillo especial en mi currículo. Y los menciono a la primera excusa, para hacer alarde de ellos (de mí), para sentir que el esfuerzo y el tiempo que le he dedicado a la edición tienen un peso específico y palpable.
Después siguió un periodo extraño como pocos: sigo sin entender por qué, pero me pidieron que revisara el plan de estudios de una licenciatura en gestión cultural, y que escribiera el programa de ocho materias. Yo, que no he terminado la carrera, que sé eminentemente de literatura y esencialmente nada de gestión cultural o periodismo o comunicación, que no tengo elementos para decir con solvencia si un plan de estudios es adecuado o no. Vamos, es una responsabilidad seria: de una u otra manera, el futuro de un puñado de personas estaba en mis manos. Pero lo hice, con toda la dignidad que pude y la ayuda de muchos amigos que tenían más en claro qué debía hacer.
En el lapso fui a Hermosillo, a ver a Cindy, a madre, a los niños. Especialmente iba a ver a Yarehd, para qué decirlo de otra manera. Cindy me contaba cada semana cómo iban los preparativos de la fiesta, el vestido, los amigos, cómo controlar a la tropa de adolescentes… El día de la fiesta fui a la playa: la última vez que pisé arena fue contigo, hace seis años; estaba pasmado, el mar frío y tranquilo frente a mí, el cielo nublado, el día apenas tibio a mediados de enero en el desierto. Apenas escuchaba lo que me decían. Recordaba las tardes en casa de Lorraine, la morena amarilla que vivía bajo la piedra frente al barandal, la arena gruesa, las cervezas y las discusiones hasta tarde. Y mientras todo eso se revolvía, me hablaban y me preguntaban qué me parecía el paisaje, por qué no decía nada.
Ya en la fiesta, me sentía alejado de todo: los poquísimos adultos estaban ocupados en cuidar que los adolescentes no metieran de contrabando una botella de ron, o se dedicaban a tomar una cerveza que escondían celosamente. Nadie con quien conversar. En toda honestidad, pasé un mal rato: su gusto musical es, por lo menos, irritante. Pero qué importaba si Yarehd se veía hermosa, si la niña de quince años se estaba robando la fiesta entera, si disfrutaba cada canción y bailaba como si nada más importara.
También en ese lapso decidí (me vi obligado) a compartir la casa. Por fortuna la primera chica que llegó es extraordinaria persona, con una historia de vida que abrumaría a casi toda la gente que conozco. Madura, sensata, razonable. Sé de cierto que si no me hubiera relacionado tan limpia y apaciblemente con ella, mi humor sería todavía más violento. Los dos padecíamos una soledad terrible, y ahora, a la distancia, nos hacemos compañía con conversaciones en las que constantemente nos damos ánimos.
Ahora comparto la casa con una sommelier. Me sorprende la claridad de sus ideas y sus decisiones, su madurez, su cordialidad. Le pedí una botella de aquel licor de whiskey que nos tomamos hace unos años; no hay en la tienda en que trabaja, pero me dice que de buena gana me traería una en julio, cuando regrese de Londres. Quería tomarme un vaso hoy, contigo; tendrá que esperar.
El trabajo volvió. Hacía casi un año que no estaba formalmente empleado, y de pronto cayó una oferta, justo cuando empezaba a desesperarme. De nuevo camisa y pantalón de vestir, pero traducir, el solo acto, compensaba ésa y otras incomodidades, como la soberbia idiota de los muchos mercadólogos que me exigían un inglés prístino muy a pesar de su español lamentable. Y traducir, trabajar el lenguaje de otra manera, trabajar el lenguaje mismo.
Después se me anunció otra vuelta a la forma: "Ven, te invito a un proyecto editorial en el que vas a aprender mucho." Admito que lo dudé, pero el sentido común dice que la única manera de devorar mi pasión es no soltarla. Así que de nuevo estoy haciendo libros; unos que me parecen terribles, que no disfruto, que me dan vergüenza (al menos uno), que me hastían. Quiero pensar que una manera de crecer como editor es trabajando libros que no me gustan, conocer sus particularidades; fuera de eso, me cuesta encontrar ese aprendizaje que me prometieron.
Por regla general, consulté contigo muchas de mis decisiones: quizá no siempre me diste el mejor consejo, pero siempre vertiste alguna luz sobre esas dudas, sobre el mejor resultado posible. Y en esto hubiera querido a mi mentor conmigo: me preguntaba (pregunto) cuál sería tu opinión, qué me dirías, cuál sería tu sugerencia a partir de tu experiencia, qué anécdota me contarías.
No sabes de ella –al menos no por mí–, pero una mujer llegó. No recuerdo que alguien me haya querido así: desde el principio me ha procurado, me ha cumplido caprichos varios, me ha tolerado en mis momentos exasperantes, y sigue ahí. Es hermosa en muchos sentidos, es puntillosamente detallista y atenta, es sumamente inteligente (aunque a veces se rehúsa a creerlo). No conoce el alcance de su influencia en mi persona: puedo relacionarme un poco más con una mujer, procurar su felicidad y ver en eso algo de la mía, entiendo que el veneno de mi voluntad y de mi ira han alejado a mucha gente, hay una brizna de calma.
Me avergüenza no quererla, o no en la misma medida que ella, a pesar de que lo he intentado tantas veces. Recordó tu cumpleaños, sin que yo dijera nada en las semanas pasadas. “Me tomo la licencia (disculpa por eso) de felicitar a quien cimentó a ese hombre que eres ahora.” No podrías decirme que no es una mujer magnífica.
Ya ves (lo sabes, siempre) que mi vida es parca, que se parece en mucho a la tuya. Hay tanto en lo que te reconozco. Las metonimias se enciman, desde el espejo hasta la ira y la voz ronca, en las manías y los gustos. Es ausencia imposible, si el referente pervive en tantos espacios que se llenan sin siquiera evocar, que se llenan de manera incompleta.
En el corazón de todo eso es difícil no pensarte. Sé que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás (Barthes de nuevo), pero ésta es la necesidad de conversar contigo.
[Ustedes disculparán, pero esta conversación es exclusivamente de dos.]
martes, 3 de mayo de 2011
Un peso
Hay días en que me pregunto cómo he tomado mis decisiones, en qué entorno me he detenido y las razones por las que veo el mundo tan lejos. Qué oscuro hado me presenta la realidad que veo.
Inmediatamente quiero ser responsable y asumir que el azar tiene poco o nada que ver, que son efectivamente mis decisiones las que distribuyen esa realidad, y no una potencia ultraterrena la que dicta suceso y destino. Por supuesto, la consecuencia es más grave, y sin embargo queda ese resabio incierto de que algo no he decidido, que el mundo también pasa frente a mí y no todas las opciones están en mis manos o a mi alcance, que puedo aspirar a cierta solución, pero desde el inicio el rumbo era otro.
También siento la necesidad de desarraigar esa responsabilidad de mí y delegarla cómodamente hasta hacerla desaparecer. Eso me daría a quién culpar y sería libre de todo fardo. O lisamente olvidar toda responsabilidad y seguir sin memoria. Pero esta constitución me lo prohíbe, no hay sombra de descanso.
No siendo suficiente, la potencia de la memoria arrastra a un recuerdo, una experiencia, una emoción, o quizá una ilusión. Y cualquier cosa que eso sea, duele de alguna manera, y sabe exigir atención y encontrar su espacio en el cotidiano. No me queda en claro por qué regresar a ese dolor, si quizá intentemos recuperar lo bello que encerró, a costa de padecerlo de nuevo. Pero queda claro que volvemos.
Y ahí voy, mascullando canciones y poemas que aplastan porque no son o no fueron. Es esa relación metonímica con un objeto simbólico (Barthes): el objeto no contiene un significado por cuenta propia, sino que lo imponemos nosotros a partir de la memoria de lo simbolizado. Resulta entonces que un letrero, una hoja de papel, un aroma o una textura encierran un fragmento del otro. No está ahí, y sin embargo está presente. Son recuerdos (o experiencias, más bien) dulces, que en su ausencia y distancia pesan.
Queda resignarse estoicamente o combatir cada fibra de uno mismo. Cualquiera que sea el caso, sé que tengo un problema mayor cuando me cuesta tanto trabajo hilar discurso.
Inmediatamente quiero ser responsable y asumir que el azar tiene poco o nada que ver, que son efectivamente mis decisiones las que distribuyen esa realidad, y no una potencia ultraterrena la que dicta suceso y destino. Por supuesto, la consecuencia es más grave, y sin embargo queda ese resabio incierto de que algo no he decidido, que el mundo también pasa frente a mí y no todas las opciones están en mis manos o a mi alcance, que puedo aspirar a cierta solución, pero desde el inicio el rumbo era otro.
También siento la necesidad de desarraigar esa responsabilidad de mí y delegarla cómodamente hasta hacerla desaparecer. Eso me daría a quién culpar y sería libre de todo fardo. O lisamente olvidar toda responsabilidad y seguir sin memoria. Pero esta constitución me lo prohíbe, no hay sombra de descanso.
No siendo suficiente, la potencia de la memoria arrastra a un recuerdo, una experiencia, una emoción, o quizá una ilusión. Y cualquier cosa que eso sea, duele de alguna manera, y sabe exigir atención y encontrar su espacio en el cotidiano. No me queda en claro por qué regresar a ese dolor, si quizá intentemos recuperar lo bello que encerró, a costa de padecerlo de nuevo. Pero queda claro que volvemos.
Y ahí voy, mascullando canciones y poemas que aplastan porque no son o no fueron. Es esa relación metonímica con un objeto simbólico (Barthes): el objeto no contiene un significado por cuenta propia, sino que lo imponemos nosotros a partir de la memoria de lo simbolizado. Resulta entonces que un letrero, una hoja de papel, un aroma o una textura encierran un fragmento del otro. No está ahí, y sin embargo está presente. Son recuerdos (o experiencias, más bien) dulces, que en su ausencia y distancia pesan.
Queda resignarse estoicamente o combatir cada fibra de uno mismo. Cualquiera que sea el caso, sé que tengo un problema mayor cuando me cuesta tanto trabajo hilar discurso.
lunes, 2 de mayo de 2011
All that life
And terrible as it seems, and actually is, I admit it; and I'd love to see that dress rolling around, close to me. Soon I might be deprived of even the slightest of it, and such is indeed painful.
lunes, 25 de abril de 2011
No te me mueras
Hoy me preguntaron si sabía qué fecha era; contesté inmediatamente, con perfecta conciencia. Hoy es un día agridulce.
Por una parte, es el cumpleaños de uno de mis recuerdos más queridos. Pasan los años, nos hacemos personas distintas, me vuelvo cada vez más cauto, más silencioso, más ácido y honestamente más distante; él también cambia lentamente, pero no sé cómo: hace años ya que no lo veo, que no cruzamos al menos una palabra o tomamos una cerveza juntos. Hace mucho que no sé siquiera cómo está, o cuándo vino y cuándo se fue. Y lo sigo queriendo, y lo sigo presumiendo mi mejor amigo.
Y justo hoy falleció Gonzalo Rojas. Lamento terriblemente no haberlo escuchado en una lectura que dio el año pasado: tuve un instante de rabia por enterarme tarde.
Como casi todos los grandes que me son preciados, conocí a Gonzalo Rojas en la carrera, en una clase de Poesía y poética latinoamericana. Esa voz poderosa, tan suya, sonora, con profunda carraspera, reconoce humildemente a Pound y a Williams y a una vasta generación de poetas norteamericanos a quienes tradujo. Ahí había una enseñanza que Rojas llevó a su campo personal para decir: la frase musical a su servicio. Suya es una obra hermosa y potente del siglo pasado, con un oído en el amor y las manos en los conflictos que le demandaban atención.
No le copien a Pound
No le copien a Pound, no le copien al copión maravilloso
de Ezra, déjenlo que escriba su misa en persa, en cairo-arameo, en sánscrito,
con su chino a medio aprender, su griego translúcido
de diccionario, su latín de hojarasca, su libérrimo
Mediterráneo borroso, nonagenario el artificio
de hacer y rehacer hasta llegar a tientas al gran palimpsesto de lo Uno;
no lo juzguen por la dispersión: había que juntar los átomos,
tejerlos así, de lo visible a lo invisible, en la urdimbre de lo fugaz
y las cuerdas inmóviles; déjenlo suelto
con su ceguera para ver, para ver otra vez, porque el verbo es ése: ver,
y ése el Espíritu, lo inacabado
y lo ardiente, lo que de veras amamos
y nos ama, si es que somos Hijo de Hombre
y de Mujer, lo innumerable al fondo de lo innombrable;
no, nuevos semidioses
del lenguaje sin Logos, de la histeria, aprendices
del portento original, no le roben la sombra
al sol, piensen en el cántico
que se abre cuando se cierra como la germinación, háganse aire,
aire-hombre como el viejo Ez, que anduvo siempre en el peligro, salten intrépidos
de las vocales a las estrellas, tenso el arco
de la contradicción en todas la velocidades de lo posible, aire y más aire
para hoy y para siempre, antes
y después de lo purpúreo
del estallido
simultáneo, instantáneo
de la rotación, porque este mundo parpadeante sangrará,
saltará de su eje mortal, y adiós ubérrimas
tradiciones de luz y mármol, y arrogancia; ríanse de Ezra
y sus arrugas, ríanse desde ahora hasta entonces, pero no lo saqueen; ríanse, livianas
generaciones que van y vienen como el polvo, pululación
de letrados, ríanse, ríanse de Pound
con su Torre de Babel a cuestas como un aviso de lo otro
que vino en su lengua;
cántico,
hombres de poca fe, piensen en el cántico.
¿Qué se ama cuando se ama?
¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?
¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?
Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.
Retrato de mujer
Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,
sola en tu espejo, libre de marido, desnuda
en la exacta y terrible realidad del gran vértigo
que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,
y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.
Te juré no escribirte. Por eso estoy llamándote en el aire
para decirte nada, como dice el vacío: nada, nada,
sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo
que nunca me oyes, eso que no me entiendes nunca,
aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.
Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,
y quémame en el último cigarrillo del miedo
al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste
con la herida visible de tu belleza. Lástima
de la que llora y llora en la tormenta.
No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago
tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,
una nariz arcángel y una boca animal, y una sonrisa
que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela de tu frente,
mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.
Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma,
y te quedas inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo
de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás
conmigo. Aquí, mujer, te dejo tu figura.
Enigma de la deseosa
Muchacha imperfecta busca hombre imperfecto
de 32, exige lectura
de Ovidio, ofrece: a) dos pechos de paloma,
b) toda su piel liviana
para los besos, c) mirada
verde para desafiar el infortunio
de las tormentas;
____________no va a las casas
ni tiene teléfono, acepta
imantación por pensamiento. No es Venus;
tiene la voracidad de Venus.
Por una parte, es el cumpleaños de uno de mis recuerdos más queridos. Pasan los años, nos hacemos personas distintas, me vuelvo cada vez más cauto, más silencioso, más ácido y honestamente más distante; él también cambia lentamente, pero no sé cómo: hace años ya que no lo veo, que no cruzamos al menos una palabra o tomamos una cerveza juntos. Hace mucho que no sé siquiera cómo está, o cuándo vino y cuándo se fue. Y lo sigo queriendo, y lo sigo presumiendo mi mejor amigo.
Y justo hoy falleció Gonzalo Rojas. Lamento terriblemente no haberlo escuchado en una lectura que dio el año pasado: tuve un instante de rabia por enterarme tarde.
Como casi todos los grandes que me son preciados, conocí a Gonzalo Rojas en la carrera, en una clase de Poesía y poética latinoamericana. Esa voz poderosa, tan suya, sonora, con profunda carraspera, reconoce humildemente a Pound y a Williams y a una vasta generación de poetas norteamericanos a quienes tradujo. Ahí había una enseñanza que Rojas llevó a su campo personal para decir: la frase musical a su servicio. Suya es una obra hermosa y potente del siglo pasado, con un oído en el amor y las manos en los conflictos que le demandaban atención.
No le copien a Pound
No le copien a Pound, no le copien al copión maravilloso
de Ezra, déjenlo que escriba su misa en persa, en cairo-arameo, en sánscrito,
con su chino a medio aprender, su griego translúcido
de diccionario, su latín de hojarasca, su libérrimo
Mediterráneo borroso, nonagenario el artificio
de hacer y rehacer hasta llegar a tientas al gran palimpsesto de lo Uno;
no lo juzguen por la dispersión: había que juntar los átomos,
tejerlos así, de lo visible a lo invisible, en la urdimbre de lo fugaz
y las cuerdas inmóviles; déjenlo suelto
con su ceguera para ver, para ver otra vez, porque el verbo es ése: ver,
y ése el Espíritu, lo inacabado
y lo ardiente, lo que de veras amamos
y nos ama, si es que somos Hijo de Hombre
y de Mujer, lo innumerable al fondo de lo innombrable;
no, nuevos semidioses
del lenguaje sin Logos, de la histeria, aprendices
del portento original, no le roben la sombra
al sol, piensen en el cántico
que se abre cuando se cierra como la germinación, háganse aire,
aire-hombre como el viejo Ez, que anduvo siempre en el peligro, salten intrépidos
de las vocales a las estrellas, tenso el arco
de la contradicción en todas la velocidades de lo posible, aire y más aire
para hoy y para siempre, antes
y después de lo purpúreo
del estallido
simultáneo, instantáneo
de la rotación, porque este mundo parpadeante sangrará,
saltará de su eje mortal, y adiós ubérrimas
tradiciones de luz y mármol, y arrogancia; ríanse de Ezra
y sus arrugas, ríanse desde ahora hasta entonces, pero no lo saqueen; ríanse, livianas
generaciones que van y vienen como el polvo, pululación
de letrados, ríanse, ríanse de Pound
con su Torre de Babel a cuestas como un aviso de lo otro
que vino en su lengua;
cántico,
hombres de poca fe, piensen en el cántico.
¿Qué se ama cuando se ama?
¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?
¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?
Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.
Retrato de mujer
Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,
sola en tu espejo, libre de marido, desnuda
en la exacta y terrible realidad del gran vértigo
que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,
y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.
Te juré no escribirte. Por eso estoy llamándote en el aire
para decirte nada, como dice el vacío: nada, nada,
sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo
que nunca me oyes, eso que no me entiendes nunca,
aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.
Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,
y quémame en el último cigarrillo del miedo
al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste
con la herida visible de tu belleza. Lástima
de la que llora y llora en la tormenta.
No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago
tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,
una nariz arcángel y una boca animal, y una sonrisa
que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela de tu frente,
mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.
Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma,
y te quedas inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo
de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás
conmigo. Aquí, mujer, te dejo tu figura.
Enigma de la deseosa
Muchacha imperfecta busca hombre imperfecto
de 32, exige lectura
de Ovidio, ofrece: a) dos pechos de paloma,
b) toda su piel liviana
para los besos, c) mirada
verde para desafiar el infortunio
de las tormentas;
____________no va a las casas
ni tiene teléfono, acepta
imantación por pensamiento. No es Venus;
tiene la voracidad de Venus.
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