lunes, 24 de mayo de 2010

Ab imo pectore

Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur.
–Publio Siro

En el curso de los años he conocido mujeres de diverso perfil, muy similar en algunos casos: la que, dudando de la solidez de su relación actual, busca compañía y empatía, cortejo y halago; la que tiene una absoluta indisposición para cualquier pulsión de vida, y percibe toda su vida (la vida que le rodea) como deplorable; la que espera reparación de su condición emocional, sin tener muy en claro los motivos por los que se encuentra así; la que, incapaz de desasirse de una relación terminada –sin importar cuánto tiempo ha–, salta en indecisiones entre el recuerdo y el afecto que se le presenta; corolario al anterior, la que, ciega, se rehúsa a reconocer ese afecto y la posibilidad que contiene; la que pretende jugar un rol de mujer de vanguardia, que puede acercarse a hombres de diversa condición y valor, que abre los brazos a relaciones efímeras que no se parangonan entre sí, debido a que no puede poner en paz su propia persona; la que no sabe sobrellevar su soledad y la encuentra ominosa; la que se excusa en graves responsabilidades para no asumir otras –las que competen al fuero personal–; la que tiende distancia y no asume las consecuencias de ello, como es que el otro la acepte, la enarbole como medida de acción y la tienda de vuelta; otro corolario: tiende distancia, mas espera que el otro se mantenga al alcance, en caso de necesitarle de alguna manera.
También he conocido a quien no sepa acercarse por falta de los recursos que permitan establecer diálogo, y entonces sólo pueden construir discurso y expresar mutua ternura a través del sexo; quien no sabe si decir esa ternura por temor a respuesta imprevisible; quien, en su ternura, se arriesga a condiciones que le son nocivas, ya sean del entorno o de las acciones de quien tiene enfrente; quien alberga una memoria cálida sin importar si alguno de los dos tiene pareja; quien vuelve al origen de sus afectos.
Y así ambas listas podrían seguir mientras evoco a esas mujeres. Y miro los estados que resultaron y mi persona a la luz de esas experiencias: parte de responsabilidad tengo en que esos conatos de relación no funcionaran cuando albergaban su posibilidad, ya porque no supe desprenderme del recuerdo de otra mujer cuando frente a mí había tanta ternura, ya porque buscaba resarcir en mí los espacios vacíos que deja una ira por largo contenida. O quizá porque mi capacidad para expresar emociones es magra, salvo cuando de enojo se trata.
Entonces miro de nuevo el estado de las cosas y me es evidente que nadie puede trasladar su grado de responsabilidad a un tercero: la mecánica de las relaciones, del tipo que sean, es binaria por lo menos, aún cuando yo soy otro. Pero parece que pocos lo tienen en mente, o resulta más fácil hacer caso omiso; y entonces surgen comentarios de un feminismo primitivo o un machismo exacerbado en el tenor de "es que no hizo todo lo que debía", "él/ella me perdió, y ahora que lo sufra".
Soy, gustosamente, necio que entiende el amor como un engranaje de simultaneidad donde el sistema completo debe correr a una misma velocidad, a un mismo ritmo, buscando el mismo fin (para la máquina, que no para cada engrane); cuando esa condición no sucede, lo mejor que podemos entender es un estado de enamoramiento, efímero, acotado en el tiempo. Me falta una definición mejor, pero no la he encontrado.
¿Por qué esta divagación? Es momento de tomar decisiones y acción precisa, elegir un futuro y todo lo que conlleva. Dejar el curso de lo relevante a la deriva es irresponsable, probablemente nocivo a largo plazo.


martes, 18 de mayo de 2010

Un modesto tributo

Hace treinta años, Ian Curtis consumó una decisión. La semana pasada, discutiendo con mi alumno sobre la Libertad, le decía que comprendía a quienes se quitaran la vida a razón de un dolor físico intolerable (el suicidio: el gran ejercicio de libertad de los existencialistas franceses; ah, qué pereza me dan la mayor parte del tiempo), mas no por una condición psicológica o una situación coyuntural. Me guardo el comentario al respecto que mi misántropo está arrojando desde el fondo de mis costillas: no hay necesidad de amargar la tarde.
Al margen de lo que yo pueda considerar reprobable o admisible, el hecho es que la música tomó un rostro nuevo con tan sólo dos discos de Joy Division, y probablemente sería tanto más interesante si Curtis viviera o hubiera vivido unos años más. Alcanzo a ver, en mi fantasía, un disco más, por el cual el Madchester fuera más hondo, el glam metal gringo no tuviera la menor justificación, el pop noventero (las Spice Girls, específicamente) no encontrara sustento, el grunge fuera más ordenado y reactivo.
Pero no es así: la memoria de Ian Curtis se sustenta –lamentablemente; primordialmente– en su muerte, en las posibilidades del rumbo que pudo tomar Joy Division y la música en general (como yo mismo especulo), en constituirse leyenda, alma atormentada en resonancia con los mares de adolescentes (todos los que somos y fuimos) en desasosiego. Un héroe para quienes no encuentran pertenencia y a quienes habla directamente, desde la misma experiencia.
Los grandes lo serán por sus actos.


All she ask's the strength to hold me
Then again the same old story

lunes, 17 de mayo de 2010

La noche de los muertos vivientes

Es viernes por la tarde y uno está allanando el camino para atender calmadamente el hábito de viernes por la noche y el fin de semana, pues no quedan ganas de regresar la cabeza a las minucias del cotidiano, sino arrojarla a los proyectos entre manos y cejas. Queda intención todavía de resolver las estrategias para colaborar activamente en cierta asociación de editores y hacerla crecer (tanto como uno puede hacer crecer un proyecto que no es propio). Y ah, la emoción de las cosas que uno sí disfruta.
Pero no perduran los idilios modernos en bucólicos paisajes: siempre hay un necio o un evento que le dé en la madre a todo locus amoenus. O peor aún: uno siempre puede ser suficientemente necio para encontrar un evento tal. Y se confirman, serenamente, los motivos soslayados –que uno no podía sino especular– por los cuales las labores cesaron; oh, hermoso nepotismo.
Entonces uno se sacude la incomodidad para no llegar con ese escozor en la espalda baja al hábito de viernes. Respira profundo, se va a casa de los amigos para llegar todos juntos, les rasca la barriga a todos los gatos a mano (v.g. los propios y la de los amigos), y pone la situación en perspectiva con la ayuda, evidentemente, de quienes le tienen aprecio y paciencia.
Lidiando con una garganta cerrada, se amilana la impaciencia bajo el manto de una degustación de mezcal (entre cuarenta y cincuenta grados de alcohol), a sabiendas del peligro de caer devastado en tanto la condición emocional no es estable; pero qué importa, si uno lo que quiere es poder hablar sin que suene la voz a murmullo silbado. Bebidas dos copitas, el pecho entibiado a fuerza de fermentados, procede uno a la cena, con el bendito sabor de Oaxaca que constituye, en sí mismo, la esencia del hábito de viernes; lo demás son corolarios que hacen más grata la noche, algunos (mucho) más lindos que otros.
Y entonces se vislumbra otra razón de desasosiego laboral (de otra latitud, digamos, pero aún de la geografía editorial). Y un instante después otra más, pero del país de la gente que uno juraba que no volvería a ver jamás; por si no fuera suficiente, íntimamente relacionada con quien uno ya no quiere ni espera cruzarse.
Lo que se mira en torno –amabilísimo realmente– se ve opacado (apenas, cierto, pero no deja de nublarse el aire) por la presencia de los muertos que se procura enterrar hasta no tener que hacerlo día con día, dejar en el cementerio del pasado esa amargura para sembrar un campo más hermoso (hacen falta flores, hacen falta flores). Pero esta ciudad es un pañuelo, y sin duda seguiré encontrando rostros conocidos después de un tiempo de frecuentar cierto lugar. Cuando eso suceda –sea agradable el encuentro en el mejor de los casos–, con toda seguridad volveré a estas anécdotas que escribo para descargar el pecho de los zumbidos que surgen.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Yo digo que ellos no

La vida digital, cualquier cosa que eso signifique, está a expensas de dinámicas propias y ajenas: sitios visitados, hábitos de lectura, tendencias de navegación, obligaciones profesionales y laborales, bases de datos en manos de terceros… Es esencialmente imposible que una página no tenga anuncios publicitarios de algún tipo, desde la publicidad contextual de Facebook hasta el bombardeo invasivo de los repositorios de donde uno descarga los ominosos Gb de música que constituyen mi colección personal.
Por supuesto, en ocasiones esos anuncios llegan a ser interesantes y casi se agradece su presencia en la página en cuestión; pero las más de las veces son una ofensa, ya porque aparecen chorros de ventanas, o porque hacen chuladas como la que sigue:

martes, 11 de mayo de 2010

Siglas

Hace quizá doce años esperábamos a que saliera el avión de mi tía; ávida de café, entramos a la sucursal de Gloria Jeans (cuando existía la franquicia). Un sujeto –tratando de abordar a mi tía– esencialmente se burló del capuccino que ella había pedido.
– La palabra 'café' es más bien una sigla: Caliente, Amargo, Fuerte y Espeso. Cualquier otra forma de tomar café es un error.
La frase, como podrá notar mi lector, se volvió impronta en mi memoria. Y frase de batalla cada vez que me preguntan si tomo mi café con azúcar y leche.

Tony Piro's Calamities of Nature

viernes, 7 de mayo de 2010

Ontología

[Pocas veces he escrito algo con rostro de poema cuya dignidad me parezca suficiente. Desempolvando un manojo de archivos, encontré éste; si no me equivoco, recordaba a Rimbaud.]

Soy hecatombe
yo soy la tumba
y la lápida.
Tengo los pies de Atila
y las sienes de Apolo.
A mis pies se quema el suelo
ante mi injuria cae el árbol.

Yo soy la tumba
mis crímenes son banderas
de mis pecados nace ceniza.
Mis crímenes son cantos
y las llamas son mi voz.

Soy hecatombe
el de los brazos de barro
el de las lágrimas de azufre
el de sombra de piedra.

Soy la lápida
sumida en el recuerdo
el insulto de salitre y argamasa
los ladrillos de la idiotez.

Soy la sombra
en la sombra de mi sombra.

Seré desgracia
la mía y la de mi estirpe.
Seré sombra
y conmigo caerá la noche.

miércoles, 5 de mayo de 2010

La voz detrás de mí

No asumas, no llegues a conclusión alguna, no sabes quién guarda trozos de palabras por debajo de las frases (tampoco sabes qué palabras fueron), no eres siempre y a cada vez el destino de una voz, no eres la ausencia en la silla. Eres, sin duda, recuerdo; pero no eres ya materia.
Y el mar que se alza. Y las decisiones hechas. Y las palabras dichas, olvidadas. Y la voz detrás de ti que soy yo, que sabe como tú que puedes no serlo, que te recuerda las tantas tardes sin sol.

lunes, 3 de mayo de 2010

Stop chasing

No están ustedes para saberlo; definitivamente no estoy para contarlo (magia, mantener todo en el silencio hasta que suceda, si sucede).
El viernes, antes de mi nuevo hábito de viernes, tuvimos la junta que podría dar inicio a esa vuelta de sangre que estoy buscando desde hace tiempo. No estamos para saberlo con certeza, pero queda claro que no estamos para decirlo. Podríamos por fin volver al trabajo que sí nos gusta, ése por el que me estoy quedando ciego, ése al que no le quito el ojo de encima a pesar de haber pasado un lustro en labores que no satisfacen.
Fue el viernes, y tendrá nombre de tierra. Y llegada la noche me veo haciendo labores que me acercan de otra manera a lo que también quiero.
They will have something else to say.

Peanuts

viernes, 30 de abril de 2010

Manual pedagógico para un corrector

(No me queda muy en claro por qué no publiqué esto acá… Pero siempre hay tiempo para enmendar [ciertos] errores.)

Es sabido que los correctores de estilo son personas taimadas y carentes de escrúpulos que reiteradamente ponen en evidencia las incapacidades lingüísticas de los autores, pecado grave como otro ninguno. Sin embargo, cabe preguntarse –en atención a tan recurrente y aparentemente inevitable condición suya– los motivos por los que se vuelcan a estos malos vicios, a prácticas tan indecorosas que cualquier individuo de formación y buena cuna encontraría vergonzosas.
La respuesta –evidente, incontrovertible, casi una perogrullada– no radica en ellos mismos, sino en su entorno: comprobando la filosofía de Rousseau, es la editorial la que pervierte la natural bondad de sus empeños.
¿Cómo remediar el mal que causan estos nefandos personajes del universo editorial? Por medio de la educación: una casi sentimental, consistente en hacer responsable al corrector de sus propios actos a fin de que los autores no tengan que sufrir su pedantería.
Este escrito, que atenta y rabiosamente lees, corrector, es más para nuestro beneficio que el tuyo, así que atiende:
• Analiza la editorial a la que pretendes adherirte: ¿es una editorial? ¿O es la división tácita de ventas al servicio del resto del corporativo, o capricho de un Dr. en gastronomía para concertar intercambios con restaurantes de otra alcurnia?
• Analiza al personal de la editorial: ¿son profesionales de la edición con experiencia en el ramo, o licenciados haciendo un servicio social de largo aliento, o especialistas en la materia de trabajo de la publicación en cuestión, pero con profundas lagunas de lenguaje y capacidad de análisis?
• ¿Existe un proceso para seleccionar al personal? ¿Las plazas se postulan a concurso?
• ¿La editorial a la que te adscribes cuenta con una estructura de trabajo y respeta sus procesos de edición? ¿Cuenta con un calendario de trabajo? ¿Atiende puntualmente, o al menos en la medida de lo posible, las fechas estipuladas?
• ¿Es pertinente que la editorial cuente con un manual de estilo? Cabría preguntar si debiera tener un kit de prensa y ventas, pero no es tu responsabilidad supervisar los ingresos derivados de la venta de espacios publicitarios.
• ¿Tiene la editorial un modelo de negocios que le permita solventar su existencia? ¿Es sustentable económicamente? ¿O padece de la ubicua enfermedad de subsistir al día?
• ¿Entienden las cabezas de la editorial que hay otras oportunidades y necesidades de publicación distintas al papel? ¿Conocen y entienden la dinámica de los medios electrónicos? ¿Han planeado la migración o coexistencia de las publicaciones digitales con las físicas? ¿No?
• ¿Están al día con las nuevas herramientas de publicación y gestión editorial?
• ¿Conoce la editorial para quién publica, quién es su lector modelo (por no decir el real)?
• ¿El personal que labora en la publicación es suficiente y cubre las necesidades de ésta?
• ¿El personal conoce el tren de trabajo y comunicación al que deben atenerse? ¿Queda claro a quién debes reportar tus actividades, quién evalúa tus correcciones, quién está autorizado para emitir indicaciones y recomendaciones?
• ¿Están delimitadas las actividades y alcances de cada actor del proceso editorial?
• ¿Llegaste o te buscaron?
• ¿Recibes queja de tu trabajo, o sólo de tu taimada y ofensiva personalidad y carácter hosco, propios de una ardilla de biblioteca con tendencias obsesivas a la lectura y la irrestricta observación a las reglas ortográficas y gramaticales y el sentido común?

Por una cultura editorial que procure su salud y la de los miembros a quienes bajo su guarda cobija.

jueves, 22 de abril de 2010

Lichtenberg

[Honestamente robado de Inmaculada Decepción; con la correspondiente y consabida tarea de corrección que un obseso no puede dejar de lado.
Algunas me las debería tatuar a todo lo largo de la espalda y las piernas: frases de batalla.]
  • Dentro de las tendencias al cambio que tienen las mujeres, la más fuerte es la del cambio de nombre (algunas incluso se llaman Eduardo).
  • Se parecía a Alejandro por la cabeza ladeada, a Cervantes por la bragueta siempre abierta y a Montaigne por no saber sumar, ni con números ni con centavos.
  • Hoy le permití al sol levantarse antes que yo.
  • Él me desprecia porque no me conoce. Yo desprecio sus acusaciones porque me conozco.
  • Varias veces he sido censurado por faltas que mi censor no tuvo el ingenio ni la valentía de cometer.
  • Para él el mundo era una muchacha, 150 libros y una perspectiva de una milla alemana de diámetro.
  • Si al cielo le pareciera útil y necesario volverme a editar en la vida, me gustaría comunicarle algunas vanas observaciones que se refieren, sobre todo, al dibujo del retrato y al plan general.
  • Me dan dolor muchas cosas que a otros sólo les dan lástima.
  • Tengo el corazón por lo menos un pie más cerca de la cabeza que el resto de los hombres. De ahí mi enorme equidad. Las decisiones pueden ser ratificadas cuando todavía están calientes.
  • A lo largo de mi vida me han otorgado tantos honores inmerecidos que bien podría permitirme alguna crítica inmerecida.
  • He vuelto a comer todo lo que me está prohibido y, gracias a Dios, me encuentro tan mal como antes (no peor).
  • La pérdida de la memoria me hizo cobrar conciencia de mi avanzada edad. Más tarde atribuí esto a la falta de práctica, luego otra vez a las consecuencias de la edad. A lo largo de toda mi vida he sentido estas oleadas de temor y esperanza.
  • El 10 de octubre de 1793 le envié a mi querida mujer una flor artificial del jardín, hecha con hojas de distintos colores que el otoño tiró al suelo. Representa mi estado actual. Pero no se lo dije.
  • Solía hablar con gran libertad en sitios donde ponían caras piadosas y en cambio predicaba la virtud donde nadie más la predicaba.
  • Promulgó una Constitución para sí mismo. Elegía auténticos ministros (la Moderación, incluso en una ocasión la Avaricia), que invariablemente eran despedidos.
  • Nada nos hace envejecer con más rapidez que el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos.
  • He notado claramente que tengo una opinión acostado y otra parado.
  • Tenía entonces 54 años, una edad en que –aún en los poetas– el entendimiento y la pasión empiezan a conferenciar sobre artículos de paz, y por lo general la alcanzan no mucho después.
  • Daría parte de mi vida con tal de saber cuál era la temperatura promedio en el paraíso.
  • Ya que se escribe en público de pecados secretos, me he propuesto escribir en secreto de pecados públicos.
  • La cosa cuyos ojos y orejas no vemos y cuya nariz y cabeza apenas vemos; en pocas palabras, nuestro cuerpo.
  • En la Tierra no hay superficie más interesante que el rostro humano.
  • Cuando el espíritu se eleva, el cuerpo se arrodilla.
  • Los guisos tienen, presumiblemente, gran influencia en el estado actual de la condición humana. El vino externa su influencia de un modo más evidente, los guisos lo hacen con mayor lentitud, pero quizá también con mayor intención. Quién sabe si no le debemos la bomba neumática a una sopa bien cocida o la guerra a una mal cocida. Esto merecería una investigación más acuciosa. Acaso el cielo cumple así grandes finalidades, mantiene leales a los súbditos, cambia los gobiernos y crea Estados libres; acaso son los guisos los responsables de lo que llamamos "la influencia del clima".
  • Eso que ustedes llaman corazón está bastante más abajo del cuarto botón del chaleco.
  • La hermenéutica de la hipocondría.
  • Un rostro no se deja analizar en un instante: necesita una consecuencia.
  • Nuestro mundo llegará a ser tan refinado que creer en Dios resultará tan ridículo como hoy en día creer en fantasmas.
  • Concibo una época en la que nuestras concepciones religiosas parecerán tan extrañas como ahora el espíritu de caballería.
  • Por más que se predique, las iglesias siguen necesitando pararrayos.
  • ¿Creéis acaso que el buen Dios es católico?
  • Con los huevos de Pascua sucede lo mismo que con el santo Cristo: en cuanto uno averigua de dónde vienen, deja de recibirlos.
  • Hay una especie de ventriloquía trascendental con la cual los hombres pueden aparentar que algo dicho en la Tierra viene del cielo.
  • "Es una lástima que beber agua no sea pecado –clama un italiano–: ¡qué bien sabría!"
  • La invención más fácil para el hombre: el paraíso.
  • Dios realmente debe querernos mucho, pues siempre aparece cuando hace mal tiempo.
  • Todos los maestros de la fe defienden sus teorías, no porque estén convencidos de su verdad, sino porque alguna vez lo estuvieron.
  • ¿Cómo habrá sido la conversión de las putas en la antigüedad? ¿Ya habría beatas?
  • Cartas sobre la más reciente literatura: y le doy mil gracias a Dios de que me haya permitido volverme ateo.
  • En el mundo, los santos han logrado más en escultura que vivos.
  • Cuando un libro choca con una cabeza y suena a hueco, ¿se debe sólo al libro?
  • La metáfora es mucho más inteligente que su autor, y esto sucede con muchas cosas. Todo tiene su profundidad. Quien tiene ojos ve todo en todo.
  • Se diría que nuestros idiomas han enloquecido. Cuando queremos una idea, nos ofrecen una palabra; cuando exigimos una palabra, nos brindan una raya, y donde esperamos una raya, hay una obscenidad.
  • Esto debe servirme de advertencia. Como aquel gran escritor francés, de ahora en adelante no daré nada a la imprenta sin que antes lo lea mi cocinera [o Timoteo].
  • En cierta obra de un hombre célebre preferiría leer lo que tachó que lo que dejó.
  • Al prólogo se le podría llamar 'pararrayos'.
  • Ahí se aplica a la perfección lo que Butler dice de un mal crítico: si no encuentra un error, lo comete.
  • Me han informado que cada vez que escribe una reseña de libros tiene las más poderosas erecciones.
  • Los periodistas han construido una capillita de madera que llaman el 'Templo de la Fama' donde todo el día clavan y desclavan retratos, con tal escándalo que nadie escucha sus propias palabras.
  • Al escribir mantén la confianza en ti mismo, un orgullo noble y la certeza de que los demás no son mejores que tú, ellos evitan tus errores y en cambio cometen otros que tú has evitado.
  • Lo shakespeareano que había que hacer en el mundo, fue, en gran parte, realizado por Shakespeare.
  • Está bien que los jóvenes enfermen de poesía en ciertos años, pero por el amor de Dios, hay que impedir que la contagien.
  • Siempre es preferible darle el tiro de gracia a un escritor que perdonarle la vida en una reseña.
  • Es fascinante escuchar a una mujer extranjera que comete faltas en nuestro idioma con sus hermosos labios. A un hombre no.
  • Si pensáramos más por nuestra cuenta, tendríamos muchos más libros malos y muchos más libros buenos.
  • Quien tenga dos pantalones, que venda uno y compre este libro.
  • Si alguien escribe mal, que más da: hay que dejarlo escribir. Transformarse en buey aún no es suicidarse.
  • Aquello tuvo el efecto que por lo general tienen los buenos libros. Hizo más tontos a los tontos, más listos a los listos y los miles restantes quedaron ilesos.
  • Hay una clase de hueca habladuría que, a través de expresiones novedosas y metáforas insólitas, da la impresión de ser sustanciosas. Klopstock y Lavater son maestros del género. Como broma, es pasable; en serio, imperdonable.
  • El único defecto de los escritores realmente buenos es que casi siempre ocasionan que haya muchos malos o regulares.
  • Uno se resiste a hacer un cucurucho para la pimienta con una hoja en blanco. Si está impresa, uno la usa con agrado.
  • Un libro es como un espejo. Si un mono se asoma a él no puede ver reflejado a un apóstol. Carecemos de palabras para hablar con los tontos de sabiduría. Ya es sabio quien entiende a un sabio.
  • En nuestros tiempos los insectos coleccionan insectos y las mariposas hablan de mariposas.
  • Es verdad que era algo burdo, pero en su sociedad venía siendo como una cebra entre asnos.
  • Si bien los peces son mudos, sus vendedoras hablan por todo lo que ellos callan.
  • El asno me parece un caballo traducido al holandés.
  • Nada más seguro para la mosca que colocarse en el matamoscas.
  • El simio más perfecto no puede dibujar un simio. Sólo el hombre puede hacerlo. Pero también sólo él lo considera una ventaja.
  • Que el hombre es el ser supremo también se deduce de que ningún otro ha tratado de refutarlo.
  • No es que los oráculos hayan dejado de hablar: los hombres han dejado de escucharlos.
  • Conozco el gesto de la atención fingida. Es el grado más bajo de la distracción.
  • A lo más a lo que puede llegar un mediocre es a descubrir los errores de quienes lo superan.
  • Hay ineptos entusiastas. Gente muy peligrosa.
  • Estoy convencido de que cada ciudadano de H conoce a Z mejor de lo que se conoce a sí mismo.
  • En el mundo uno encuentra con mayor frecuencia el consejo que el consuelo.
  • Comerciaba con tinieblas en pequeña escala.
  • Escribió ocho libros. Hubiera hecho mejor plantando ocho árboles o teniendo ocho hijos.
  • Era un pensador tan minucioso que siempre veía un grano de arena antes que una casa.
  • No es broma sino la pura verdad que antes de la Revolución los perros de cacería del rey de Francia tenían mejor salario que los miembros de la Academie des Inscriptions. Cf: la Nueva Biblioteca de Bellas Artes, tomo 44, capítulo 2, p. 234. Los perros: 40,000; los académicos: 30,000. Los perros eran 300, los académicos, 30.
  • Los franceses prometieron hermandad a las naciones adoptadas. Finalmente sólo tomaron en cuenta a las hermanas.
  • Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto.
  • El matrimonio, al contrario de la fiebre, comienza con calor y termina con frío.
  • Ciertos hombres de mal corazón creen reconciliarse con el cielo cuando dan una limosna.
  • Intentar modificar el carácter de un hombre es como tratar de enseñar a una oveja a tirar de un carro.
  • A la gloria de los más famosos se adscribe siempre algo de la miopía de los admiradores.
  • Resulta imposible atravesar una muchedumbre con la llama de la verdad sin quemarle a alguien la barba.
  • La enfermedad es la mayor imperfección del hombre.
  • El amor es ciego, pero el matrimonio le restaura la vista.
  • Una regla de oro: no hay que juzgar a los hombres por sus opiniones sino por aquello en lo que sus opiniones los convierten.
  • El hombre es una obra maestra de la creación, tan sólo porque a pesar de todo su determinismo cree que actúa como ser libre.
  • Lo que hace que la amistad auténtica y el vínculo conyugal sean tan fascinantes es la ampliación del yo.
  • Como todas las cosas corrosivas, el chiste y el humor deben emplearse con cuidado.
  • En mi opinión, la pregunta '¿debe filosofar uno mismo?' ha de responderse con una semejante: '¿debe rasurarse uno mismo?'
  • ¡Cómo desaparecerán algún día nuestros nombres, detrás de los inventores del vuelo y cosas por el estilo!
  • Se podría prescribir una dieta para la salud del entendimiento.
  • El género humano sólo celebra lo bueno; el individuo con frecuencia lo malo.
  • El hombre tiene un instinto irrevocable para creer que no lo ven cuando él no ve. Como los niños que se tapan los ojos para no ser vistos.
  • El hombre ama la compañía, así sea la de una vela encendida.
  • Jamás hay que creerle a quien asegure algo con una mano en el corazón.
  • Es cierto que no puedo hacerme mis zapatos, pero, señores, no permito que me escriban mi filosofía.
  • En cada facultad universitaria debería haber al menos un hombre muy capaz. Si las bisagras son de buen metal, lo demás puede ser de madera.
  • Nada me molesta más en mi conducta que tener que ver el mundo como un hombre común, pues sé que lo ve de manera equivocada.
  • Una vieja regla: un descarado puede parecer discreto cuando quiera, pero nadie que sea discreto puede parecer descarado.
  • Nada se juzga con tanta ligereza como el carácter y en nada hay que ser más cuidadoso. Siempre he notado que las malas personas mejoran al conocerlas mejor y las buenas empeoran.
  • Cualquiera aceptaría que las historias obscenas propias tienen un efecto mucho menos peligroso que las que se les ocurren a los otros.
  • Pitágoras pudo, merced a un solo descubrimiento, sacrificar medio centenar de bueyes. Por todos sus descubrimientos, Kepler se hubiera dado por satisfecho con dos bueyes.
  • Siempre he visto que la ambición voraz y la desconfianza van juntas.
  • Cierta clase de personas traban fácilmente amistad con cualquiera, y luego se aprestan a odiarlo o a quererlo otra vez. Si se piensa en el género humano como un todo, donde a cada parte le corresponde un sitio, estos hombres se convierten en piezas faltantes que se puede colocar donde sea. Entre esta clase de personas rara vez hay grandes genios, aunque es a quienes con mayor facilidad se les toma como tales.
  • Ante una obra menor siempre pienso: es sólo un librito de patrullaje que busca el sitio donde pueda anclar uno mayor.
  • Nuestra vida es comparable a un día de invierno. Nacemos entre las 12 y la 1, no amanece sino hasta las 8, oscurece antes de las 4 y morimos a las 12.
  • Unas cuantas docenas de millones de minutos hacen una vida de 45 años y algo más.
  • ¿Qué será del género humano antes de que desaparezca? El mundo bien puede rotar como hasta ahora por otro millón de años, en cuyo caso 5000 años serán como un cuarto de año en la vida de un hombre de 50, apenas 1/12 del tiempo que pasamos en la universidad, ¿Qué hice el último cuarto de año? Comí, viví, hice experimentos eléctricos, escribí almanaques, me reí al ver un gatito, jugué con muchachitas y así transcurrieron 5000 años del pequeño mundo que soy yo.
  • Ahí a su lado, ella se veía como un lagrimero etrusco o una jarrita de porcelana de Meissen junto a un tarro cervecero de zinc.
  • Los relojes de arena no sólo nos recuerdan el rápido transcurrir del tiempo sino también el polvo en el que alguna vez nos convertiremos.
  • Sí: las monjas no sólo tienen un estricto voto de castidad, sino también fuertes rejas en sus ventanas.