lunes, 21 de marzo de 2011

Una esperanza

Es marzo y el Festival está en apogeo: mucha música por descubrir y quizá alguna actividad en danza o teatro si muerden mi curiosidad. El año de conciertos, sin embargo, empezó antes.
Fiel (mecánico) devoto, para mí empezó con Junip: José González y otros cuatro sujetos haciendo algo que, forzadamente, tendría que describir como electrofolk sicodélico. Tenía un lindo color, pero todo el concierto fue del mismo color. Sin duda volvería a un concierto suyo, ligeramente más sobrio y menos cansado: justo esa tarde hubo comida con los amigos, y la pulsión de jugar con el carbón encendido y cocinar resulta más poderosa que cualquier razón y sentido común.
Saliendo del concierto, tuve la extraña impresión de que el resto del festival podría tener un sabor similar, de desencanto y cierta insatisfacción de mis expectativas; acepto que de alguna manera soy supersticioso. Quiero regresar a la casa y dormir la incomodísima semana (extraño dolorosamente a mi roomie del año pasado; desprecio a la que se acaba de ir) que he tenido.
En todo caso, se avecinaba un concierto que tenía que grabarse en el granito de la memoria de esta ciudad: los Residents confirmaron desde noviembre una fecha. Recuerdo que por poco escupo el café cuando leí el comunicado; después de todo, el Meet the Residents es una parodia al Meet the Beatles, y su cuerpo de obra se extiende por ya cuarenta años. No sólo eso: los Residents experimentaron con casi todo lo que hoy conocemos de multimedia, noise y música conceptual.
Y sin embargo, en mi vida he estado en concierto más aburrido. Sí, había quienes se desgarraban las ropas nada más de ver a esos tres sujetos anónimos en el escenario: una sala vieja en la que una televisión emitía estática bajo una lámpara de pantalla. Caben dos posibilidades: o yo no tengo acceso al críptico sentido del humor de los Residents, o sencillamente no es un espectáculo que pueda, por naturaleza, ser entretenido o espectacular.
Inevitablemente pensé en Roland Barthes y su distinción entre placer y goce: el primero es inmediato, eufórico, volátil, acotado en el tiempo; el segundo es absolutamente personal, requiere de absoluta atención y es más parecido al aburrimiento que al entretenimiento. Pero para qué parafrasearlo:
Texto de placer: el que contenta, colma, da euforia; proviene de la cultura y está ligado a una práctica confortable de la lectura. Texto de goce: el que pone en estado de pérdida, desacomoda (tal vez incluso hasta una forma de aburrimiento), hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector, la congruencia de sus gustos, de sus valores y de sus recuerdos, pone en crisis su relación con el lenguaje.
El placer del texto. México: Siglo XXI, 1974.
Pero no lo encontré gozoso. Contrario a otras experiencias abrumadoras y sorprendentes que han sucedido en el Festival (como Le noir de l'etoile), que efectivamente verifican la distinción de Barthes, en esta ocasión me pareció que quien esgrimiera el argumento lo haría de modo más bien artificial.
Me quedaban dos boletos en la mesa. El jueves se presentó Text of Light en la Cineteca Nacional: Lee Ranaldo (uno de esos cuatro que fundaron Sonic Youth, o sea cualquier pelado), Ulrich Krieger, Alan Licht y Tim Barnes musicalizaban en vivo dos películas cortas de Stan Brakhage. Con toda honestidad, Lee Ranaldo fue la razón para comprar el boleto, a sabiendas de que el concierto/proyección iba a ser una dolorosa masa de ruido. En algún momento deliré con lo que veía, y justo ahora vuelvo a tener una extraña sensación de desprendimiento. Esto sí fue goce, uno vibrante.
Y con el último boleto en la mano, el sábado llegamos puntuales al Palacio de Bellas Artes para escuchar a Herbie Hancock. No era mi plan, pues tenía intención de ver a los Melvins ese mismo día; sin embargo, un devoto imposible del jazz me vendió un concierto que, ahora sí, debía grabarse en granito. Para mi fortuna, en última de las instancias, apareció un comunicado que informaba la posposición de la presentación de los Melvins: estaban en Tokio, y no salieron sin rasguños. Será mi fortuna, pero que desagradable manera de ganar tiempo.
Entonces llegamos al Palacio art decó y tomamos lugares, al vértigo de lindos veinte metros de caída libre. Comienza el concierto, y no es lo que me prometieron.
Con absoluto respeto a quien tocara el piano junto a Miles Davis y John Coltrane, escuché un concierto de jazz de los ochenta, con pocos momentos relevantes y un montón de sonidos grises, opacados por la historia del genio detrás de esas composiciones. No fue sorprendente, o revelador. Es cierto que no soy devoto encarnizado de Hancock, pero no tuve la necesidad de regresar a casa y poner sus discos a la brevedad.
Me queda una pregunta honesta: ¿acaso no tengo disposición a relacionarme con estas experiencias, ya por falta de empatía, ya porque son muchas las cosas que me cruzan la cabeza? ¿O es que mi gusto ahora difiere y no me relaciono como antes? Asumo que lo segundo no es preciso y lo prueba Text of Light.
Mi conclusión es otra: no ha sido un buen año para el Festival. De buena fuente sé que hay una serie de problemas al interior, de muy diversa índole. Haciendo memoria, tuve un mal presentimiento ante dos cosas: la desaparición de Radar (aunque digan que sólo lo rebautizaron Aural, aunque sea evidente la ausencia de los ciclos de compositores, por mencionar sólo una falta mayor) y el muy reducido cartel de este año.
Queda un resabio de esperanza: el concierto de clausura, que ha sido emocionante desde que asisto al Festival. Sólo espero que se satisfaga la esperanza.

viernes, 11 de febrero de 2011

Una tormenta de hojas

Hoy día, hacer un libro significa dominar diversas herramientas digitales; decir 'tecnológicas' es de suyo una perogrullada si consideramos que la factura del libro como lo conocemos va de la mano de los desarrollos tecnológicos de la época. Al margen de eso, hacer un libro implica seguir un proceso que no ha variado mucho desde que Gutenberg fraguó una idea.
Hacer un libro, ante todo, implica conocimiento y técnica, orden, proceso, y por supuesto control de tiempos. Sí, podemos hacer un libro en quizá la vigésima parte de lo que tomaba hace cien años, gracias a las herramientas de transmisión de datos, almacenaje y portabilidad, lo que no quiere decir que podemos hacerlo en la vigésima parte de lo que toma hacer un libro.
Hacer un libro siempre ha sido una tarea especializada, meticulosa, que se aprende en el proceso, con la nariz metida en cada etapa. Ese conocimiento, sin embargo, es inútil sin materiales de los cuales partir: un libro se hace para alguien más, con lo que ese alguien quiere leer publicado, con lo que entrega, con lo que tiene. Y sucede casi de cotidiano que eso que entrega no cumple con las características razonables para producir su libro, así que se buscan salidas: investigar datos aquí y allá, consultar reiteradamente, cotejar, revisar, dibujar de nuevo, y pedir y pedir y pedir al autor que entregue materiales de mejor calidad, a veces asistirlo para que así sea.
Ya no hacemos libros por capricho propio: hacemos libros siguiendo nuestros criterios para cumplir el capricho ajeno, para que luzcan y poder decir orgullosamente "aquí está mi firma, esto lo hice yo", no como autores, sino como los encargados de hacer que ese objeto sucediera. Eso nos hace, de cierta manera, mercenarios que trabajan para quien pueda costear, aunque muchas veces estemos a expensas de a ver qué ocurrencia.
¿Y qué tareas implica hacer un libro hoy día? Primero, todos deben estar de acuerdo: cuánto cuesta, en cuánto tiempo está listo, cómo se entrega, qué tareas específicas se tienen que hacer, bajo qué criterios se hacen esas tareas, qué quiere el autor y qué se puede hacer realmente. Después empieza el trabajo: dictamen (cuando se requiere), edición del texto, corrección de estilo, comentarios con los autores, diseño de maquetas, diagramación y vaciado en cajas, manipulación, retoque y trazado de imágenes, lectura de pruebas de impresión, más comentarios de los autores, más lecturas de pruebas, más revisiones. Y si sobrevivimos eso, entonces entramos a imprenta y alguien tendrá que ver asuntos de distribución.
El párrafo anterior, ha de decirse, involucra al autor aparentemente de manera tangencial. "Yo te entrego y tú resuelve: a mí no me molestes hasta que lo tengas listo"; mas no es así: el proceso editorial tiene un departamento de calidad (los correctores), pero el primer filtro es el autor. Un libro que se entrega en condiciones suficientes (no digamos siquiera óptimas o prístinas) fluye con ligereza y llega a buen puerto sin que nadie se desmaye en el camino. Un autor que se preocupa por su libro le procura atención y tiempo antes siquiera de entregarlo a un editor.
Hoy dejé de hacer un libro, debido a que el autor, en su completa incapacidad para seguir instrucciones y atenerse a un proceso, decide fincar en mí la responsabilidad que le compete a él. A todas luces, un instructivo completo y detalladito, con marcas de tiempo y especificaciones puntuales para todos los materiales, no es suficientemente ilustrativo como para que se siga atentamente. Y resulta que lo quiero en tres días o no entro a imprenta, pero te mando todo en el texto (no vaya a ser que te pierdas, y tampoco tiene mucho caso que te mande cuarenta archivos si en uno caben todos), y si quieres que te reciba para ver lo que no te mandé correctamente, nos vemos en un rato, pero me esperas una hora y media porque tengo una junta y se me olvidó decirte; y fíjate que los cambios que hiciste no me gustan porque suena mejor como lo escribí yo, aunque gramaticalmente sea incorrecto; aunque estaría bien que me entregaras tus archivos de trabajo y yo lo resuelvo (sirve que me quedo con tu trabajo y te quito de los créditos y todo sale a mi nombre); y es que no es posible que hasta ahora me digas que no te sirven las imágenes (no, no me importa que me lo dijeras desde el inicio). Ah, y de una vez te lo digo: voy a hacer todo lo posible porque no agarres una puta chamba: te voy a boletinar a ti y a tu empresa, cabrón.
Por supuesto, tengo la violenta tentación de encontrar recovecos y dinamitar la dependencia entera. Pero ahí hay gente que aprecio. Me limito a ser elegante, citar a un gran amigo (que también conoce con claridad cómo piensan) y encajar la aguja en el iceberg de su ego, en su asunción de que sólo ellos tienen acceso a la verdad de las consecuencias del cambio climático:

EL CONOCIMIENTO NO ADMITE REPRESENTANTES

martes, 8 de febrero de 2011

La marea

¿Qué poder encierra la palabra? Es (debiera ser) la articulación del lenguaje en un acto inteligible y comunicable. Puede ser un milagro, un capricho, un accidente, un reflejo.
Las palabras no dicen nada, son en sí mismas materia fónica. El sonido bien puede aglomerarse de la misma manera en otro entorno y las palabras seguirán sin decir nada. Las palabras sólo tienen vida en correlatos, en distinciones por oposición y comparación; su expansividad depende de lo que pueden abarcar, pero también de lo que obligatoriamente excluyen de su significación.
Las palabras son virtualidad, presencia de eso que lleva nombre, que puede llevar nombre. Eso no está (quizá nunca estará) aquí, y sin embargo tiene presencia en cuanto lo evoco por la palabra. Y aun cuando quisiera negarse, llega aquí y se instala en este presente, en lo que digo, en mis imaginaciones sobre eso y esotro. No cobra vida por la palabra, sólo presencia: no están aquí los niños que extraño aunque no lo sepan, pero sí sus sonrisas terribles, sus manos, sus ojos que me separaban al menos un momento.
Esto que lees no pertence a un espacio determinado: se actualiza según tus circunstancias y experiencias, eso que te parece relevante. Bien podrías considerar que has perdido el tiempo al leer estas líneas, y sería correcto si no puedo llegar a un punto en el que nos entendamos.
No somos palabras: somos lenguaje. Comunicamos con muchos más recursos. ¿Comunicar qué? Esto que lees es una caja casi cerrada; en cada costado hay una cantidad variable de agujeros por los que podrías asomar; cada agujero debiera permitirte una imagen distinta: ves un mismo objeto (si acaso hay un objeto ahí dentro) y alguna cantidad de entornos y sombras.
Y hay lenguajes acerbos, dulces, cáusticos, conmovedores, inquietantes; sea cual fuere, nos instalamos en uno, por azar o decisión, y desde ahí construimos discurso. A veces, si suficientemente hábiles, un lenguaje se arropa en otro por disímil que sea, se disfraza de una capacidad que le es ajena; entonces tenemos la rara habilidad de mostrarnos igualmente expansivos y dinámicos. Decimos con suficiencia una mentira inocente, o extendemos una verdad con malicia hasta llegar a los fines de una agenda personal. Pero el discurso se revela, apenas un susurro debajo de la espuma.
Ahí comienza el esfuerzo. ¿Qué lenguaje? ¿Y qué si no me place tal?
Tomar una decisión es de regular sencillo: sin prisa podemos ver las consecuencias y las responsabilidades que seguramente acarrea. Su ejecución es lo que arrebata.

Addendum
Just read it; had to share (00:42).

martes, 1 de febrero de 2011

Una centena

O cuantos sean.
Devotchka es grande; y es hermoso. Y es lo que necesito en días como casi todos mis días amargos.

miércoles, 26 de enero de 2011

Un banco de arena

La última vez que pisé una playa fue en el verano de 2004, justo después de varios malos momentos. Lo que ha seguido se resume en trabajo y poco tiempo libre; también poca voluntad.
El sábado, por intempestiva iniciativa del primo de mi cuñado, aparecimos en la Bahía de Kino con tres cervezas bajo la mano. No recuerdo cuándo fue la última vez que comí ostiones frescos, o pata de mula, o jaibas en su concha; pero sí recuerdo la última vez que pisé una playa, y acompañado de quien. Y ese recuerdo navegaba el instante, mi relación con una playa que no conocía.
El agua era incómodamente fría, no cargábamos toallas con nosotros (sólo tres cervezas), no era clima para nadar en el mar: el sol era plácido, pero había familias en chamarra. No era ocasión de nadar —al menos para aflojar por fin el cuerpo después de tanto tiempo de tensión y trabajo y entregas y dolor—; a pesar de alguna necedad de lanzarme, sólo pude meter las piernas hasta las rodillas y mirar mis pies hundidos en la arena.
Si me paro en cierto lugar, este viaje fue mala idea; si doy un paso, es lo más prudente y correcto en mucho tiempo.

jueves, 13 de enero de 2011

El vhiernes (casi)

Tan mal, en tantos sentidos, de tantas formas, que no sabría por dónde empezar. Sólo voy a invocar las reglas de la furia: seguro a la primera deducen las razones que amparan la presencia de esta joya en este intolerante blog.

miércoles, 12 de enero de 2011

En las vísceras

Tuve el impulso (muy a destiempo: hay que entregar un catálogo el viernes, y otro más por la tarde, y una tira de materias la semana entrante, y hacer como que estudio [ajá...] para el próximo examen de la UNAM) de revisar un cuento. No están ustedes para saberlo, pero lo poco que he escrito en mucho tiempo ha sido por encargo de Eme-Equis, vía Antimio Cruz.
Me gusta "Ámbar gris" por el ritmo que logró y la cantidad de sensaciones que lo cruzan. Independientemente de ese impulso paternal de exhaltar a mis hijos, sucede que soy corrector de estilo, y ya pasó mucho de que escribí el cuento, y ahora lo miro con la navaja en una mano:
No llevan prisa. Saben que todos van a estar sentados en la sala, contando las mismas historias, fumando y tomando cerveza. Saben que, pasadas un par de horas, se van a empezar a aburrirse, Octavio se va a acordar de Susana y le va a marcarllamará a las tres de la mañana, Miguel se va a adueñartomará control sobrede la música y todos se van a quejar, todos le darán su dinero a Horacio va a juntar dinero para más cerveza y botana y se va a quedar conpodrán dar el cambio por perdido, a las cinco van a cenar a ver dónde y luego él tendrá que llevar a varios a sus casas. Prefieren no llevar prisa.
¿Qué hacer cuando uno tiene este ojo de carnicero?
En otros menesteres, el cuento cobra una dimensión más después de leer los capítulos aromáticos (llamémoslos así) de Moby Dick.

jueves, 6 de enero de 2011

Vida y opinión

I.
Una prueba de personalidad arroja los siguientes descriptores a partir de mis respuestas; comprenderán si me permito escoger los datos relevantes.
Oliver es un individuo preciso, exacto y meticuloso. Constantemente busca la perfección y se interesa mucho en los detalles; si bien tiene cierta inclinación por el detalle, también necesita realizar tareas de carácter variado, para evitar aburrirse y lograr la máxima eficiencia. Le gusta reflexionar sobre las cosas. Usa sus destrezas lógicas y analíticas para responder a problemas complejos y difíciles. Tiende a seguir el protocolo. Trabaja más eficaz y cómodamente en situaciones estructuradas, claras e inequívocas. Su aproximación general es cautelosa y conservadora.
Ha de entenderse que es un perfil para reclutadores laborales y que la 'valoración' está sesgada hacia mi capacidad para funcionar en un entorno de trabajo. Pero maldita la cosa, la piedra no cae lejos respecto a mi carácter general; ni siquiera de mi gusto literario. Del musical no hablo, porque en definitiva no ajusta.

Ia.
Lo que una prueba de personalidad en línea no arroja es la variación en situaciones localizadas: sí, tengo una obsesión por el orden y el sistema; sí, le traigo el ojo puesto al objeto perfecto; sí, necesito hacer cosas muy distintas, muchas, al mismo tiempo, o no me pongo quieto; sí, soy de formas y gusto conservador ('clásico' me parecería un poco más preciso). Pero tengo una pulsión maniática por encontrar soluciones distintas dentro de un mismo proceso. 'Make it new' (Pound).

II.
En la columna de la derecha se lee un robusto pliego petitorio: libros de variopinto tono y color que debieran formar parte de mi biblioteca* desde hace mucho tiempo, o quizá desde que se agitó mi curiosidad. Poco de lo que ahí se enlista se escribió en la segunda mitad del S. XX, y es generosa la cantidad de lo que se remonta a dos (o tres) siglos atrás.
Es perogrullada que ese pliego petitorio da clara idea de mi gusto literario; lo que resalta, en última de las instancias, es el derecho que tienes de disentir: si mi selección te parece anticuada, a mí no me da curiosidad leer a Stephenie Meyer o Dan Brown, entre otras novedades editoriales. Y todos contentos.

III.
Y podrá ser anticuado, oxidado, retrógrado o sencillamente viejo, pero la gran literatura se actualiza y toma su lugar en el tiempo, se hace espacio y presencia sin importar su edad. Sólo la gran literatura aprehende su futuro.
Ya saben qué edición quiero y me pueden regalar.

*De paso le agradezco a Xotlatzin por aquella edición digital de Los viajes de Gulliver. Digo, ya que estamos tocando el tema.

sábado, 1 de enero de 2011

A su salud

Sobran, a todos, los motivos para recordar y hacer evaluaciones, especialmente en estos dos días. Me parece más pertinente planear y disponerse a descubrir que sancionar, o no tener la providencia de considerar complementarios esos dos momentos.
En última de las instancias, tendría que hacer memoria en función de las cosas que me apasionan y cambiaron, por adición o sustracción. En mi lista de conciertos que reverberan con rabia, despuntan los Boredoms, Massive Attack (los dos) y Health. En su momento no hice una reseña en forma y orden, pero me excusa (que no disculpa) el vértigo que continúa al día de hoy y que seguirá al menos durante dos semanas.
Para repasarlo de manera sencilla, pocas veces verán que una masa de ruido haga bailar al público. Intenso. Emocionante. Divertido. Vital.
Revisen las rolotas: de veritas que vale la pena.