lunes, 5 de octubre de 2009

La mañana siguiente

El mundo efectivamente se acabó: La Fura dels Baus, como siempre, hizo del espectáculo que ejecuta algo que rebasa los límites que permiten reconocerlo tal. Dicho en palabras más claras (disculparán: la cabeza sigue obnubilada), el teatro deja de serlo para convertirse en otra cosa: un experimento social, un comentario a las instituciones y el sistema del poder y los medios de comunicación institucionales y la opresión, una reflexión en torno a las pulsiones que nos obligan (eso ya no era un motivo) a llevar nuestros actos a sus últimas consecuencias, una conversación entre un texto dramático que se revela a sí mismo en su discurso representacional y una acción que materializa las ideas sobre las que se construye ese texto. Las resonancias, por supuesto calculadas, llegaban a ser descorazonadoras: hasta donde parece evidente, el género humano no ha cambiado sus modos y formas, probablemente jamás lo haya hecho. La conciencia exacerbada conduce, casi irremisiblemente, al cinismo; y entonces todos podemos gritar a voz en cuello "nuestra generación tiene derecho a hacer historia", como lo intentaron todas las que nos antecedieron y las que vendrán. Oh, terrible condición humana...
Un grupo armado toma un teatro por asalto, exigiendo respeto, atención y concesión de demandas: un ejercicio político con ametralladoras, cinturones de C4 y doce bombas repartidas entre los asientos. Terroristas, pues, como se les define por extensión; ¿o en el concenso se admite llamarlos 'libertadores' o 'defensores de la patria'? La Fura no logró que sintiera terror, pero tampoco era ése el cometido. Boris Godunov es un ejercicio de reclusión y frustración, donde sentirse sofocado es terriblemente fácil. Como siempre, salí de ahí con una necesidad de vino, los hombros tensos, temblando y ansioso, después de mecerme en el asiento y mirar con subordinación al encapuchado que caminaba por el pasillo, la ametralladora en la mano.
Me apena, sin embargo, admitir que llegué tarde a la parte inaugural de tan magno evento, pero no a su desarrollo medular. Sin duda, ciertos eventos deben suceder en compañía, especialmente cuando uno acompaña –a manera de la guarnición en el plato– a quien merece la atención.
La mañana de hoy se ha ido, o quizá sólo me la guardo. Todos los días puede suceder otra mañana.

viernes, 2 de octubre de 2009

La llegada

Pero cómo tarda. Tres días de pronto son más de lo que mi acalambrada paciencia tolera.
Uno que ya no puede esperar a que se acabe el mundo.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Un mapa del piano

Las noches de martes se están confirmando las más amargas de la semana. Me recomiendan, por salud, construir un proyecto que debiera hacerme ver otra cara; no les sorprenda si me cuesta volver y decir.
Habiendo arrojado tantas cosas por la borda, toca turno a recuperar las que lo permitan.



martes, 29 de septiembre de 2009

El signo de tus días

Llegas a la casa, las manos pesadas, el cuerpo cansado, los ojos arrasados de cansancio. Abres la puerta, los gatos salen en estampida; los dejas, vas al cuarto a quitarte los zapatos, te desplomas sobre la cama, la luna en el cielo claro. Termina la temporada de lluvias, pierdes lentamente la calma.
Te sientas en la cama, renuncias a terminar la sopa. La luz apagada, casi medianoche, sin televisión, sin libros, sin ganas ni fuerza para rumiar más ira, sin ganas de dormir realmente. La luna a la izquierda, media cama ocupada por la luna. Piensas las palabras que dirías, tratas de borrar las palabras, sigues mascullando en el fondo esas palabras.
A la izquierda, la luna ocupa la mitad de tu cama vacía.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Tempus finis

El 21 de diciembre de 2012 termina la cuenta larga del calendario maya. Leído textualmente, el tiempo se termina; sobreinterpretado (a la manera de los exégetas paranoicos de las Revelaciones de Juan), el mundo se va a acabar, o la humanidad va a tener una epifanía, o sucederá por fin el sueño de Vasconcelos. O ninguna de las anteriores.
En otras palabras, y si no sucede nada en perjurio de mi persona (como que me vuelvan a reventar en mi propia casa o me explote un ventrículo o un coágulo se me estacione en el cerebro, todas las cuales son muy probables dado mi muy sano humor), habré cumplido treinta años cuando me siente con un vaso de whiskey y cacahuates a ver el fin del mundo, que no será otro que el de los paranoicos y los suicidas apocalípticos haciendo eso que mejor saben hacer.
Al margen de que sería extraordinario confrontar a Agustín con los mayas, lo sano es pensar en tiempo presente. Y Beth Orton lo dijo rebonito: today is whatever I want it to be.


miércoles, 23 de septiembre de 2009

Helix pomatia

"Nunca pierdas tu capacidad para sorprenderte", me dijo mi padre entre exclamaciones y risotadas, con la piel erizada y una amplia sonrisa; era el cuarto día que mirábamos el atardecer, parados en la misma piedra que los tres anteriores. Las nubes doradas parecían tan bajas que era natural sentir la tentación de estirar las manos.
Anoche, después de remover con suma violencia mi odio y otros recuerdos que me enervan, y que casi desprecio por quienes están implicados y las consecuencias que derivaron, tuve que sosegarme antes de llegar a casa. Temblando, después de escuchar a la única persona que consideré capaz de ofrecerme un instante de calma, tuve que detenerme en el primer lugar que pude sentarme y respirar.
En un altar improvisado entre dos ramas, un San Judas me daba la espalda; por ofrenda un plátano mordisqueado. Y un caracol.


Reconocer la belleza cuando no se puede mirar nada más –salvo uno mismo y cuando no se es bello– es terriblemente difícil.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Una distracción

Supongamos que hago un ejercicio descomunal y se me olvida que hoy estoy odiando al género humano enterito (o quizá sólo 98 centésimas partes); supongamos que al fondo de este saco de bilis y rabia y tripas hay una pulsión creativa capaz de omitir o -en el mejor de los casos- hacer uso de mis odios; supongamos que todos somos capaces de decir, bajo la insinuación velada o la declaración abierta, eso que revolotea en la cabeza; supongamos que alguien más, que leyó desesperadamente Momo, una y otra vez, les presta esa atención y escucha sobrias.
Supongamos que, después de mucho tiempo, por fin tengo un personaje a quien escribir, pero no lo conozco; sin embargo, las lectoras de este blog sí. Si los (dos) lectores gustan participar, hagan las variaciones que les resulten pertinentes.
Imaginemos un idilio: sueñan con el hombre de sus sueños; por tanto, sueñan que sueñan. Sueñan en un lugar atestado de gente, ruidoso, donde todos y todo lo demás tiene un rostro sin importancia. Sueñan en un espacio amplio, no abierto; entonces resulta que ahí en algún lugar está ése, el que han soñado ni siquiera saben ya cuántas veces.
De alguna manera tendrán que reconocerlo, así que ése requiere una entidad: un aspecto físico, un gusto musical, una profesión y hábitos y entretenimientos, odios, vestimenta, defectos que construyen personas, cualidades, manías. ¿Qué tiene ése que no han tenido los otros, que debieron tener o ser o entender?
Saturen [ajá...] los comentarios de sustantivos y adjetivos; tres mil puntos a la descripción que rellene la cara de ése que estoy escribiendo yo.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Mudando hábitos

Uno abre los ojos por la mañana; el gato, por regla general, puede estar acurrucado a una distancia conveniente de la cara para estirar la pata y rozar la nariz pidiendo comida, o sencillamente echado sobre el pecho, ronroneando y mullendo, también pidiendo comida. Lo usual es levantarse mascullando, decirles a los niños "cómo joden" de tanto maullido hambriento (a pesar de que quedan suficientes croquetas en los platos como para el día de hoy), servir una taza de harina de pescado y otros residuos orgánicos comprimidos en figuritas de colores.
Lo usual, a últimas fechas, es esperar a que se encienda la bomba y fluya agua suficiente para tomar un baño y hacer otros menesteres de la casa, gruñir por el estado de los servicios, contar los días que faltan para que termine mi contrato, despreciar a mis vecinos, y a casi todo el género humano. A últimas fechas, cada dos días, yazgo en horizontal: cinco series de lagartijas (falta masa para cobrar fuerza); bebo en ayunas jugo de limón, uno más cada día, seguido de dos rebanadas de pan; leo una antología de Kipling y me digo que dos páginas suyas valen más que la espantosa novela de Ricardo Piglia que no quemé el mes pasado sólo por disciplina (y porque no es mío el ejemplar), que quisiera dolorosamente dominar ese estilo tan pulcro y preciso que no puedo asociar con El libro de la selva de Disney.
Es cotidiano que llegue a la oficina entre una y dos horas tarde, y que me vaya al menos tres después de mi "hora de salida." Es de lo más normal que consuma mi tiempo en actividades que nada tienen que ver con científicos locos ni gastronomía ni bodas y los textos de todos ellos, ya porque no tengo ni tantitas ganas de hacer algo "productivo", ya porque me han hartado y les iría peor si los leo de muy malas.
Es perfectamente normal que piense las palabras de estos posts, a veces con días de antelación; es terriblemente normal que no pueda escribir lo que pensé, lo que quise decir.
"Un cambio de hábitos a veces es bueno. [...] Mando una sonrisa grande que dure todo el día."
Es inusual que una sonrisa persista, que yo esté de humor razonable, que no tenga el ceño fruncido, que tenga disposición después de un largo momento que secuestró todas mis funciones.

jueves, 17 de septiembre de 2009