En noviembre de 2006 me pidieron que formara parte del jurado calificador en la 33a edición del Certamen Literario del Centro Deportivo Israelita; en palabras de la directora de comunicación social y una de las organizadoras del concurso, "sin duda tiene muy buen nivel". En mis propias palabras, era una basura: los participantes eran los estudiantes de las escuelas de la comunidad judía, y era tarea obligatoria entregar un texto en cualquier categoría, so pena de reprobar no sé qué materia. Por supuesto, había algunos escritos interesantes, pero la abrumadora mayoría eran penosos; y encima me asaltaron cinco adolescentes furiosos, quejándose porque tomé la decisión y convencí a los otros jueces de dejar varios premios desiertos: no leyeron la cláusula final de "el fallo del jurado será inapelable"...
El asunto, en ese momento, no tuvo mayor repercusión para mí, salvo una coqueta entrada a mi currículo. Sin embargo, para el editor del periódico semanal sí fue relevante: recuerdo que se lamentaba de los procedimientos a los que recurrían para convocar al Certamen y, por otra parte, de los muchos escritos sionistas que recibía para publicación. A pesar de ser un periódico de y para la comunidad judía, se rehusaba a hacer un panfleto y prefería abrir las temáticas; siendo ateo, pero de apellidos judíos (lo cual ayuda ante esa comunidad tan reacia a todo lo demás), no había vocación religiosa que distrajera mi interés por la literatura.
Escribí ocho notas cortas (la última quedó a la mitad), no todas las cuales se publicaron: otra vez en palabras de la directora de comunicación social, "algunas eran muy elevadas para los lectores y no las iban a entender" (me voy a guardar de comentar al respecto, pero pueden suponer las frases que me cruzaron la cabeza). Uno de mis beneficios fue cumplir un requisito indispensable para Caza de Letras: haber publicado. Y así pudo aparecer, con todas las de la ley, Julián Iriarte.
A continuación y según mi errática disciplina dicte, aparecerán esos textos en los próximos días, con las notas necesarias en su debido caso.
Bajo la furia
Elmer Davidson [sic; ya llegará la explicación]
14/ene/07
La definición de poesía que me dijeron en la primaria (por suerte, ya no la recuerdo con precisión) rezaba más o menos así: “La poesía es la expresión en verso de los sentimientos profundos del poeta”. Que sería bien interesante, por cierto, preguntarle a Ezra Pound, William Carlos Williams, Charles Olson, Pablo Neruda o Ernesto Cardenal su opinión sobre tal definición.
La verdad de las cosas, un poeta (en sentido etimológico, de creador) encuentra su materia de trabajo en cualquier lugar; y va dando lo mismo escribir (ahora sí, poesía en sentido literario) sobre una pasión, botellas rotas, versiones de la Iliada, los campesinos nicaragüenses o un plato de sopa: el asunto no es el qué, sino el cómo. Digo: en sentido estricto, Eclesiastés es más sabio que yo y en realidad no hay nada nuevo bajo el sol.
Pero en esta ocasión no me interesan las botellas rotas, sino las graves pasiones. Y más en este instante en que escribo estas líneas: C. S. Lewis (mejor recordado por Las crónicas de Narnia, y más tras la película) escribió en 1961 Una pena en observación, a propósito de la muerte de su esposa, Joy Gresham. Cuatro cuadernos (“y ni uno más, a pesar de que estoy tentado a comprar otros y seguir escribiendo”, como dice el último de ellos) le sirvieron a Lewis para hacer catarsis y arrojar de sí la pena tan grave de perder a quien se ama.
En más de un momento, la furia parece dominar su escritura y empujar cada palabra, reprochar cada instante y cada dolor; su más poderoso logro: con absoluta sinceridad, naturalidad, sin pretenderlo siquiera, pone en crisis las creencias, las expectativas, las ilusiones del lector. Y uno todavía le agradece cuando cierra el libro.
Siento una furia terrible; ¿debiera expresar mis sentimientos profundos y escribir “poesía”, dejarme llevar y saturar los GB de memoria libre que quedan en mi computadora (¿qué puedo decir, si la tecnología permite ciertas cosas que el papel no?) o esperar y escribir en frío, después de digerirlo y madurarlo? No lo sé; además, soy de la idea de que la literatura debe ser inútil: en el instante en que sirva de algo es muy probable que deje de ser literatura y ya sea algo distinto. Pero bendita la cosa, cada autor es un medio distinto y particular para el lenguaje y lo que yo crea no aplica para otros y habrá quien considere de lo más pertinente echar espumarajos con palabras: yo prefiero caminar.