Mostrando las entradas con la etiqueta Fama [sic]. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Fama [sic]. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de abril de 2011

Una dinámica

Es cierto que se dejan de hacer ciertos libros. Sin embargo, tal no quiere decir que se dejen de hacer libros, o que uno no quiera seguir haciendo libros.
Suponiendo que no conozcan Ars Electronica, baste decir que es el festival de artes electrónicas (duh) más importante y de más añeja historia en el mundo. Vamos, el que entra a la selección oficial de verdad sabe manipular nuevas tecnologías y objetos digitales.
En el marco del Festival de México el año pasado, Ars Electronica tuvo presencia con una selección internacional que, ahora, me parece arrebatadora (bueno, casi toda). Disculparán si voy un año tarde, pero lo cierto es que apenas en octubre supe realmente lo que sucedió, y sólo hasta hace relativamente poco tengo una razón de peso para entrar en materia.
La tarea fue descomunal: el catálogo es trilingüe, con textos densos y un montón de gente trabajando en traducciones y lecturas. Medie la aclaración, mi participación no estuvo en la edición, sino sólo en la corrección del inglés; lo que no quiere decir que no fuera descomunal para mí también: cuando terminé, sentí los brazos entumidos durante tres días.
Pero aquí está mi ejemplar y me rebosa el orgullo cada vez que lo repaso.



miércoles, 12 de enero de 2011

En las vísceras

Tuve el impulso (muy a destiempo: hay que entregar un catálogo el viernes, y otro más por la tarde, y una tira de materias la semana entrante, y hacer como que estudio [ajá...] para el próximo examen de la UNAM) de revisar un cuento. No están ustedes para saberlo, pero lo poco que he escrito en mucho tiempo ha sido por encargo de Eme-Equis, vía Antimio Cruz.
Me gusta "Ámbar gris" por el ritmo que logró y la cantidad de sensaciones que lo cruzan. Independientemente de ese impulso paternal de exhaltar a mis hijos, sucede que soy corrector de estilo, y ya pasó mucho de que escribí el cuento, y ahora lo miro con la navaja en una mano:
No llevan prisa. Saben que todos van a estar sentados en la sala, contando las mismas historias, fumando y tomando cerveza. Saben que, pasadas un par de horas, se van a empezar a aburrirse, Octavio se va a acordar de Susana y le va a marcarllamará a las tres de la mañana, Miguel se va a adueñartomará control sobrede la música y todos se van a quejar, todos le darán su dinero a Horacio va a juntar dinero para más cerveza y botana y se va a quedar conpodrán dar el cambio por perdido, a las cinco van a cenar a ver dónde y luego él tendrá que llevar a varios a sus casas. Prefieren no llevar prisa.
¿Qué hacer cuando uno tiene este ojo de carnicero?
En otros menesteres, el cuento cobra una dimensión más después de leer los capítulos aromáticos (llamémoslos así) de Moby Dick.

miércoles, 21 de abril de 2010

Una(s) noticia(s)

A mis muy estimados lectores (los diez):
Hagamos todos como que ahora sí escribí el cuento que debía, sin desviarme demasiado del tema que me pidieron, o que al menos encuentre reparación; y podré decirles con todo el gusto que me quepa en el cuerpo si volvemos a estar en páginas nacionales.
En otros menesteres, lento pero constante estoy copiando los textos que han de conformar en algún futuro una nueva sección de este blog: poéticas personales y coyunturales de los poetas que me gustan (v.g. Ezra Pound, Francis Ponge, William Carlos Williams, Charles Olson). Muy probablemente existan en algún lugar de la red, pero el ejercicio de meter la cabeza en los expedientes de la carrera y husmear las revistas de los estantes tiene su gratificación.

jueves, 21 de enero de 2010

Sistemas

La presunción de ermitaño y sociópata es tan verdadera como Plutón: la gallardía de su estatuto terminó y se desmintió a la luz de una nueva definición. V.g. el Facebook es una de mis actividades de cotidiano, este blog se actualiza (casi) regularmente, me he hecho de relaciones y amistades vía blogs y otros medios digitales, es usual que me cruce con amigos y conocidos en muchos de los lugares donde pongo pie, Navidad y Año Nuevo fueron razón para recibir mensajes de conocidos que habían permanecido en el descuido mucho tiempo ha.
Etiquetas en las fotos de segundo de primaria: susto y desconcierto de ver esos recuerdos, asociar rostros con momentos y voces, algún gusto de saber de nueva cuenta de algunos con quienes se compartió el almuerzo en el descanso. Y el bocón en un esperpento: "pues alguien tendrá que decirlo: yo pongo la casa." Y empieza a anunciarse la gran fiesta de reunión de primaria, de todos ésos que para mí son desconocidos, de quienes quizá no me recuerden, como yo no los recuerdo, de los que nos veremos a los ojos, sonreiremos como idiotas, nos diremos que es un gusto vernos después de tantos años, tomaremos cerveza, nos tendremos simpatía o aversión callada, intercambiaremos números de teléfono para no llamarnos, y diremos que pronto haremos otra reunión.
Nada de eso lo encuentro incómodo. Sin embargo, es irritante (por darle un adjetivo que no es suficiente, ni abarca el total de la repulsión que siento) encontrar en la lista de invitados los nombres de quienes se ha procurado enterrar en un doloroso ejercicio de sensatez y amor propio. Desafortunadamente, nuestros caminos podrían cruzarse de nuevo, así que con cortesía de caballero –ésa que me enseñó mi padre– tendré que pedir que abandone mi casa apenas vaciada la primera cerveza.

lunes, 18 de enero de 2010

Alma mater

I.
El 25 de mayo de 2005 presenté la ponencia "La muerte en 'Sólo la muerte' de Pablo Neruda y 'La violencia de las horas' de César Vallejo" en el marco del Sexto Congreso Estudiantil de Crítica e Investigación Literaria (CECIL), organizado por los alumnos de Letras de la UAM-I. Sí, el título de la ponencia es deplorable…
A ese momento, después de tres días de actividades, era yo el primer estudiante de la Ibero que leía en el congreso; me tocó cerrar la mesa de poesía latinoamericana del S. XX, después de dos muy rigurosos trabajos sobre Neruda (creo que los dos ponentes eran alumnos de la UAM). Iniciada la ronda de preguntas y respuestas, una mano al fondo del auditorio pidió la palabra: "La verdad es quería despedazarte, pero no pude: tu texto está bien escrito y al menos llegas a tu punto. Sólo diré que te falta rigor académico."
Y tenía razón. Ese trabajo era un ejercicio libérrimo de crítica estilística, sin citas, sin referencias, y encima de todo aderezado con chistes que incluían un perrito chihuahueño (!!; hay días, en verdad…). La moderadora de la mesa reiteró el punto y me puso bien en claro que es craso error no considerar el estado de la cuestión analizada.

I. bis
En casa de aquélla que estuviera al frente del CECIL VI, su padre sentado frente a mí en la sala, todos comiendo chocolates:
– ¿Qué carrera estudiaste?
– Letras, en la Ibero.
– Bueeeno, lo tuyo más bien era un bachillerato en Letras –apostrofa ella, con una risa desbordada de ironía. Obligado a sonreír, por cortesía, por honestidad también.

II.
En el marco de la Feria del Libro del Palacio de Minería del año pasado asistimos a un ciclo de conferencias acerca del futuro de las revistas académicas. El rango era amplio: revistas de ingeniería, medicina, psicología (un editor de la APA al frente), bibliotecarios de las universidades más importantes de Latinoamérica (y otras que más bien eran ejemplos de resistencia y constancia, como la Universidad de Costa Rica), y –por supuesto– las grandes compañías de distribución y catalogación de publicaciones, como Elsevier y John Wiley. La UNAM omnipresente, no sólo por organizar la Feria, sino por tener un ponente casi en cada mesa.
Bibliotecas nacionales: el caso de las universidades mexicanas y otras instituciones de educación superior. Representante del equipo de cómputo de la biblioteca Francisco Xavier Clavijero –presumida como la tercera más grande del país–: el concenso es que el tío no tenía la más remota idea de qué estaba hablando.
Por un momento me guardé de mencionar mi relación con la Ibero.

III.
"Por este medio le hago llegar un artículo para su consideración para una posible publicación en número próximo de la Revista Internacional de Contaminación Ambiental." Firma la Dra. Noescribomal, del Departamento de Ingeniería de la Ibero. El primer trabajo de la Ibero que me toca procesar: desconozco si antes han remitido otro texto.
Lectura de control (v.g. correcto español, correcto inglés, irrestricto apego a las instrucciones para los autores de la revista, una revisión muy superficial sobre la pertinencia del trabajo, si tiene caso mandarlo a revisores o si hacemos un sano filtro editorial). Mi lectura de control. Mi opinión reservada por la ínfima calidad del texto.

IV.
Tengo claros ciertos beneficios que obtuve por estudiar esos seis semestres en la Ibero, y pocos no son. Entre ellos no se cuenta, lamentablemente, el respeto de los pares, y no porque ellos deleznen al cuerpo académico de la universidad a priori, sino porque ese respeto no se ha ganado.

viernes, 5 de junio de 2009

Devolver un libro

18/mar/2007
[siguiendo las "Instrucciones para los criados" de Swift]
Por todos es bien sabido que no hay error más evidente que prestar un libro, pues lo más seguro es que cambie de dueño de manera irrevocable. Sin embargo, más que un error, resulta una estupidez devolver el libro en cuestión; pero si tal es la honesta intención de quien originalmente fue el beneficiario del préstamo, tiene a su favor y derecho un buen número de maneras para cumplir su cometido.
Por ejemplo, puede deslizarlo bajo la puerta del dueño original; pero si el espacio es muy estrecho o el libro muy ancho, tiene la opción de considerar mero artificio y adorno el lomo y las pastas, arrancarlas e intentarlo de nuevo, o descoser los folios y las hojas hasta que haya pasado por completo.
Puede también, en un acto de supremo celo, quemar el ejemplar para que nadie más pueda leerlo, y en un acto de mayor honestidad aún, entregar las cenizas al dueño, para que conserve su innegable propiedad. Pero si su intención es totalmente la opuesta y prefiere divulgar y compartir el objeto, deberá tender un hilo y colgar hoja tras hoja el volumen en el camino más transitado del rumbo: tal vez un peregrino, para distraer el peso de la caminata, se lleve algunos pliegos consigo, y entonces la pía empresa habrá logrado un éxito tangible.
Si se suscitara el caso de que no contara con un carrete de hilo, puede mojar las hojas y pegarlas en las ventanas, digamos, de la casa del dueño: el cometido será el mismo y el resultado aceptablemente similar.
Podría, también, sentir un espíritu poético y entonces es posible que surja el impulso de hacer llegar más lejos esa magnífica pieza del talento y la emoción humana y deshoje el volumen para que lo arrastre el viento. He sabido, por un respetable comerciante, que una hoja puede llegar lo mismo a Valencia que a Nápoles con el auspicio de las corrientes del Norte. Esto asegura que algún afortunado caminante participe del placer y por qué no, tal vez el propio dueño.
Pero si le preocupara la integridad del libro -pues bien podría cambiar de opinión y pedirlo de nuevo al dueño por tiempo indefinido-, le conviene guardarlo en un saco y dejarlo a su puerta de entrada. Y si su cambio de parecer estuviera algo más claro, puede tener la certeza de que ese impertinente tenedor de libros habrá de reclamarlo en alguna oportunidad, por lo que no resulta una imprudencia empacar con todo escrúpulo el objeto, dejar el atillo al pie de la propia puerta y esperar a que el susodicho pase a buscarlo.
Sin embargo, no queda duda de que la opción más sencilla y segura de hacer tan honrada entrega es tocar a la puerta del propietario y entregarlo en mano.

viernes, 29 de mayo de 2009

Homónimo

[no publicado; tarada...]
Gravemente vanidoso. Pretendo leer, para enfrascarme en un círculo vicioso, el número 2331 del 14 de enero de este año, del presente semanario; me esmero, me fugo de mi oficina para recoger personalmente un ejemplar –mi ejemplar– y presumirme a mí mismo que ya soy un publicado. Abro la página diez y encuentro el encabezado –mi encabezado–, con letras grandes: “Bajo la furia”; y con una sonrisa absolutamente sincera, me quejo amargamente: “Ah, qué bonito; pero ése no es mi nombre”, y me río con gusto.
Ni de lejos me enoja el asunto: de hecho lo disfruto, como cualquier otro juego de la ironía (siendo un animal harto irónico, sería inmoral arremeter contra una situación así). Después de todo, no escogí mi nombre y si lo conservo es por pura costumbre; además, los pseudónimos son moneda corriente en las artes (¿eso ya me hace artista? Seguramente no).
Dos casos: Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, ante la inconformidad de su padre debida a la vocación poética del hijo, se hizo dueño del apellido de un poeta checo de finales del S. XIX y de pronto Pablo Neruda nos suena más natural y cierto en Chile y en español, que Jan Neruda en checo en una república de la Europa central.
Fernando António Nogueira de Reabra Pessoa, por su parte, no recurría al pseudónimo sino al heterónimo (alrededor de setenta, según la última cuenta de su editora en Portugal, lo que no descarta la posibilidad de que existan otros tantos), cuya principal diferencia radica en que uno es meramente un nombre falso, mientras que el otro implica una personalidad, fisonomía, biografía y estilo particular. Y entonces uno no es solamente Fernando Pessoa, sino Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Bernardo Soares al mismo tiempo, sin ser ninguno a cada instante.
(Dicho sea de paso, Harold Bloom, reputadísimo crítico literario norteamericano, apunta en El canon occidental que estos dos son los poetas más representativos del S. XX; decir tal, sin duda, es complicado, considerando la larga, larguísima lista de enormes poetas que cruzaron el siglo.)
En cualquier caso, inmerso en un poema, se nos olvida el nombre del autor, el del libro, hasta el título del poema mismo: existe el poema, existo yo en relación al poema, sus incidencias en algún lugar donde no puedo poner los dedos, existe en muy menor medida el objeto correlativo con que lo ato a mi realidad y por el que se rediseña el mundo y sus objetos. Y apenas queda nada del nombre del poeta.
Que diga Elmer, Octavio, Omar, Julio, Olivier, Ulises o Arnoldo, pues, va dando lo mismo: de cualquier manera, y digan lo que me digan, ya soy un publicado.

viernes, 15 de mayo de 2009

A merced del lector

[no publicado; tarada...]
Conversando hace unas semanas con mi editor (que es el editor de este semanario, pues nadie más me edita, cosa que no sorprende), después de varias escalas como la narrativa africana –que recordamos sólo a dos o tres autores, porque al menos yo no conozco más– y los cuerpos geométricos del universo no euclideano, tocamos el tema de las traducciones del Quijote al espanglish y la virulenta reacción de la crítica “especializada” de reputado periódico nacional en torno al asunto. Después de todo, es una clara abominación suplir el elegantísimo ‘matalotaje’ (de uso tan común y cotidiano entre nosotros) por algo tan vulgar y repudiable como ‘itacate’; más abominable, por supuesto, que los resúmenes “para niños” que reducen a Alonso Quijano a un payaso ridículo y esquizofrénico.
La plática me llevó a pensar sobre el hecho en otra dirección: esto fue con el Quijote, tan venerada y sólida institución en los panteones literarios, pero ¿no revela una generalidad que debiéramos considerar?
Los libros, ciertamente, son más débiles de lo que creemos y pocas veces están en posibilidad de defenderse; por ejemplo, todo texto literario es susceptible de ser traducido, por supuesto si el traductor es suficientemente hábil como para sortear problemáticas tan complejas como las de Vladimir Mayakovski, E.E. Cummings, los hermanos de Campos o Stéphane Mallarmé. Ahora bien –y por eso mismo–, dice la definición popular que toda traducción es una traición.
En otro aspecto técnico, también la edición modifica eso de que uno se apropia: tengo dos copias de El principito en casa, una de bolsillo a una tinta y otra de gran formato a todo color, y ni el niño en traje de gala ni los baobabs ni las rosas ni los pozos se me figuran los mismos. Si cernimos eso en fino, de la edición príncipe del Quijote a la crítica de Francisco Rico hay algunas horas luz de distancia.
Obviamente, todo libro es objeto de lectura (bueno: verdad de Perogrullo e ilusión platónica y utópica); y ahí mismo pierde la cualidad de único, sólido, inamovible: aunque la descripción de Alonso sea la misma, su imagen será distinta para cada persona que la lea. Y si yo lo imagino escuálido, moreno y de barba blanca caída, un polaco podría verlo algo más corpulento, tez clara y luengo mostacho daliliano. O los molinos están rodeados de tulipanes o no, lo mismo que los castillos pueden ser góticos, mudéjares o como el de Shrek o Disney.
Cada quien se apropia del libro como mejor le parece; o más correctamente, como puede: nuestra imaginación está restringida y/o relacionada a nuestra experiencia y –queramos o no– volvemos recurrentemente, inconscientemente, inevitablemente a lo que conocemos. Entonces, tal vez Paul Ricoeur –filósofo y teórico literario francés– no esté tan errado al decir que existen tantos libros como lectores, pues cada uno refigura el texto como mejor le viene. Y de lo que quiso el autor, sólo quedan tasajos.

lunes, 11 de mayo de 2009

Leer a Felix Klein

Elmer Davidson [sic]
11/feb/07
Una vez más, después de otra necia cavilación –durante una temporada comparé (como tantísimos otros) al lenguaje literario con una energía sublime y divina que permea el cuerpo y los canales sutiles del autor; más tarde lo consideré una compleja proyección de un universo personal; después lo comparé con la rebelión satánica contra el lenguaje cotidiano; luego, con un ente en simbiosis con el autor; que todas subyacen todavía, hay que decir–, encuentro una imagen que refleja mi manera de entender la lectura, al tiempo que me ayuda a entender y a explicar(me) mi materia de trabajo (la real, no las compras ni los inventarios de una empresa que me importa un comino): una botella de Klein.
Descrita por primera vez por Felix Klein en 1882, la botella que lleva su nombre es una superficie cerrada, sin volumen, no orientable; por tanto, no hay dentro ni fuera. Su principio constitutivo es la banda de Möbius (descubierta en 1858 por August Ferdinand Möbius), otra superficie no orientable. Ambas superficies pertenecen, en términos matemáticos, a la cuarta dimensión, ese bonito lugar donde los objetos conviven en simultaneidad de tiempo y espacio y al cual nosotros –mortales inmersos en el universo euclideano– no podemos acceder salvo por procesos mentales y deducciones matemáticas. Traerlas a nuestro universo (Klein y Möbius se limitaron a describir cada una desde la matemática y nada más) implica modificar en cierto sentido su estructura, cosa que no es imposible: alguna vez encontré quien tejiera gorritos de esquiar en forma de botella de Klein; debí haber comprado uno...
Si alguien se animara a hacer una banda de Möbius muy grande y alguien más nos pasara la receta para retar a la gravedad durante un rato, entonces los parques de atracciones –en conjunto con museos de ciencias– tendrían una atracción turística bien divertida, porque tranquilamente pasaríamos de la parte de arriba a la de abajo, sin tener más que caminar en línea recta. Pero si alguien más arriesgado hiciera una botella de Klein de proporciones épicas (tamaño Caballo de Troya), entonces la cosa aumenta en valores exponenciales y seguro no me sacan (bueno, es un decir: ¿olvidamos que no hay distinción dentro/fuera?) de ahí.
Así igual con la lectura: cuando leemos, penetramos en un universo que no es el nuestro, pero tampoco salimos de él, tiende al infinito a pesar de tener límites, la lectura nos lleva al interior de sí misma –el lenguaje– sin que dejemos de percibir la superficie. Se abre la perspectiva, nuestra certeza del universo conocido se desmorona: el movimiento, el tiempo, el espacio, la perspectiva de uno mismo, todo se vuelve relativo, si no es que se anula.
Por cierto, los que tienen una botella de Klein recomiendan no llenarla: es una faena limpiarla.

viernes, 1 de mayo de 2009

Falsa topografía de lector

Elmer Davidson [sic]
4/feb/07
1) Alguien me dijo que leía poesía (específicamente a Neruda, aunque no siempre) cuando se sentía más triste (habrá que ver si levantó a Pessoa en un momento así), y prefería el cuento cuando su humor era más alegre; alguien más me decía que su mejor manera para lidiar con el miedo a volar era García Márquez (cada quien...). Y así otros tantos, donde resaltan la melancolía, la tristeza, el hastío y uno que otro de imaginación ágil para los temas carnales; y uno lo relaciona y de pronto resulta que se lee desde cierto espacio, o para llegar a otro.
2) “Siempre te veo leyendo –me dice un día el gerente del banco al que tengo que presentarme regularmente, siendo yo, en este trabajo que tengo (al cual no le voy a dar adjetivo, por esencial respeto a mi lector) un factotum–, es bonita la lectura: a mí me sirve para escaparme del mundo de todos los días y relajarme”; respondo, solamente, que alguna vez fui estudiante de literatura y que la ficción tiene sus particularidades. Como primera regla y más obligatoria, no salgo a la calle sin un libro (o dos, mientras quepan en las bolsas del pantalón) y cualquier fila es buen tiempo de lectura.
3) Frase regular entre algunos promotores de la lectura: “No importa si no hemos visitado Moscú o París o Río de Janeiro, porque la literatura nos permite viajar a otros lugares, conocer otros mundos y otros tiempos, vivir una vida que no es la nuestra”. Cierto. Falso. Esquizofrénico. Pero si Comala no existe, ni Macondo, ¿adónde nos transportamos, entonces?
4) (y último) Tenemos la tendencia a creer que la literatura es una forma de fuga, por medio de la cual las sombras de todos los días desaparecen al menos por un instante: el tiempo se suspende, el espacio se cancela, el universo es otro. Pero no: la literatura –a pesar de su abrumadora amplitud– difícilmente es más que un divertimento: pesa más el torrente de pasión del enojo, del amor, de la obnubilación, de la ensoñación. Alguna posibilidad de fuga, pero no más que eso: como traicionados, los escritos caen de espaldas ante el rigor de un recuerdo, cualquiera. Y uno vuelve a la última oración cuyo sentido recuerda, repasa el mismo párrafo tres, ocho, doce veces, para empezar a leer el capítulo entero porque no entiende nada.
¿Leer desde algún lugar, para llegar a otro? Sólo en el trayecto entre la casa y el trabajo.

viernes, 24 de abril de 2009

Topografía de escritor

Elmer Davidson [sic]
21/ene/07
Leo en La letra E de Augusto Monterroso (citando a Claude Roy): “hay un asombro, en el fondo bastante general, que invita a la mayor parte de los hombres a preguntarse, cuando existen tantas cosas apremiantes, placenteras y útiles en la vida, por qué, en lugar de vivir, los autores escriben.”; y la pregunta es tan generalizada que aún los propios autores se cuestionan, sin duda.
Cuando se le pregunta a un escritor por qué escribe, la respuesta nunca es fiable, salvo en un caso: “no lo sé”; habrá sin duda quien diga que es un ejercicio catártico, o que lo hace por diversión, por necesidad, por obligación, por solicitud de otro, pero lo más razonable es dudar.
En todo caso, una pregunta más adecuada sería desde dónde escribe: a veces desde la furia, el hastío, el mero aburrimiento, una alegría envidiable, el miedo, la curiosidad, la obsesión, el deseo o simple lujuria (cada quien escoja la de mayor pertinencia, que nombres exactos sobran); y entonces la escritura –si nos ponemos maniqueos– se vuelve exorcismo o reiteración.
El autor, entonces, se para en un punto dado, asume una postura, mira hacia cierta dirección y hacia allá enfila el lenguaje; y como puede plantar los pies en el suelo de la desesperación, lo mismo puede pararse en la línea divisoria (si es que tal cosa puede reconocerse) entre la rabia y la tristeza, la risa sardónica y la vergüenza. El autor vuelve viajero al lenguaje, que emigra entre territorios para llegar a un destino que puede ser el punto de partida, muy otro lugar o ninguno.
Y hasta yo estoy dudando los motivos por los que debiera entender esto en términos geográficos, pero antes de razonar me respondo: todo texto literario tiene rasgos autobiográficos que el autor no podrá dejar de verter. Así, tampoco podrá evitar alguna intención de que esas experiencias pasen del texto al lector, y que se llene de melancolía o asco o gusto por una ciruela fría: su emoción (que he de admitir que no me convence la palabra, pero no puedo pensar en otra) se extiende, como las vibraciones de la lluvia golpeando un espejo de agua, abrazando todo lo que encuentran a su paso.

Mi voz

Decidí aceptar la invitación, y reportar -como los dioses me dan a enteder- sobre los eventos que me resultan relevantes y no se limitan a mi fuero personal. Así que la influenza está en el aire.
"¿Por qué escribes en inglés? Ash, me chocas." En algún momento voy a traducir eso y será una edición bilingüe. "Ah, nomás preguntaba."

lunes, 20 de abril de 2009

Bajo la furia

En noviembre de 2006 me pidieron que formara parte del jurado calificador en la 33a edición del Certamen Literario del Centro Deportivo Israelita; en palabras de la directora de comunicación social y una de las organizadoras del concurso, "sin duda tiene muy buen nivel". En mis propias palabras, era una basura: los participantes eran los estudiantes de las escuelas de la comunidad judía, y era tarea obligatoria entregar un texto en cualquier categoría, so pena de reprobar no sé qué materia. Por supuesto, había algunos escritos interesantes, pero la abrumadora mayoría eran penosos; y encima me asaltaron cinco adolescentes furiosos, quejándose porque tomé la decisión y convencí a los otros jueces de dejar varios premios desiertos: no leyeron la cláusula final de "el fallo del jurado será inapelable"...
El asunto, en ese momento, no tuvo mayor repercusión para mí, salvo una coqueta entrada a mi currículo. Sin embargo, para el editor del periódico semanal sí fue relevante: recuerdo que se lamentaba de los procedimientos a los que recurrían para convocar al Certamen y, por otra parte, de los muchos escritos sionistas que recibía para publicación. A pesar de ser un periódico de y para la comunidad judía, se rehusaba a hacer un panfleto y prefería abrir las temáticas; siendo ateo, pero de apellidos judíos (lo cual ayuda ante esa comunidad tan reacia a todo lo demás), no había vocación religiosa que distrajera mi interés por la literatura.
Escribí ocho notas cortas (la última quedó a la mitad), no todas las cuales se publicaron: otra vez en palabras de la directora de comunicación social, "algunas eran muy elevadas para los lectores y no las iban a entender" (me voy a guardar de comentar al respecto, pero pueden suponer las frases que me cruzaron la cabeza). Uno de mis beneficios fue cumplir un requisito indispensable para Caza de Letras: haber publicado. Y así pudo aparecer, con todas las de la ley, Julián Iriarte.
A continuación y según mi errática disciplina dicte, aparecerán esos textos en los próximos días, con las notas necesarias en su debido caso.

Bajo la furia
Elmer Davidson [sic; ya llegará la explicación]
14/ene/07
La definición de poesía que me dijeron en la primaria (por suerte, ya no la recuerdo con precisión) rezaba más o menos así: “La poesía es la expresión en verso de los sentimientos profundos del poeta”. Que sería bien interesante, por cierto, preguntarle a Ezra Pound, William Carlos Williams, Charles Olson, Pablo Neruda o Ernesto Cardenal su opinión sobre tal definición.
La verdad de las cosas, un poeta (en sentido etimológico, de creador) encuentra su materia de trabajo en cualquier lugar; y va dando lo mismo escribir (ahora sí, poesía en sentido literario) sobre una pasión, botellas rotas, versiones de la Iliada, los campesinos nicaragüenses o un plato de sopa: el asunto no es el qué, sino el cómo. Digo: en sentido estricto, Eclesiastés es más sabio que yo y en realidad no hay nada nuevo bajo el sol.
Pero en esta ocasión no me interesan las botellas rotas, sino las graves pasiones. Y más en este instante en que escribo estas líneas: C. S. Lewis (mejor recordado por Las crónicas de Narnia, y más tras la película) escribió en 1961 Una pena en observación, a propósito de la muerte de su esposa, Joy Gresham. Cuatro cuadernos (“y ni uno más, a pesar de que estoy tentado a comprar otros y seguir escribiendo”, como dice el último de ellos) le sirvieron a Lewis para hacer catarsis y arrojar de sí la pena tan grave de perder a quien se ama.
En más de un momento, la furia parece dominar su escritura y empujar cada palabra, reprochar cada instante y cada dolor; su más poderoso logro: con absoluta sinceridad, naturalidad, sin pretenderlo siquiera, pone en crisis las creencias, las expectativas, las ilusiones del lector. Y uno todavía le agradece cuando cierra el libro.
Siento una furia terrible; ¿debiera expresar mis sentimientos profundos y escribir “poesía”, dejarme llevar y saturar los GB de memoria libre que quedan en mi computadora (¿qué puedo decir, si la tecnología permite ciertas cosas que el papel no?) o esperar y escribir en frío, después de digerirlo y madurarlo? No lo sé; además, soy de la idea de que la literatura debe ser inútil: en el instante en que sirva de algo es muy probable que deje de ser literatura y ya sea algo distinto. Pero bendita la cosa, cada autor es un medio distinto y particular para el lenguaje y lo que yo crea no aplica para otros y habrá quien considere de lo más pertinente echar espumarajos con palabras: yo prefiero caminar.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Así somos de importantes

En mi oficina nos reunimos para festejar los cumpleaños de los miembros de los grupos de Mutagénesis y Citogenética Ambiental: papaya, cacahuates y botanas, queso, refrescos y pastel; suena a fiesta infantil, pero con doctores de bata blanca, reunidos en un laboratorio donde hay tres centrifugadoras, un autoclave, un refrigerador que me da franco terror abrir y una mesota con una placa de acrílico donde creo que preparan cultivos bacterianos.
¿Y qué corchos hago yo ahí, si ni siquiera sé qué hacen en el laboratorio de Mutagénesis? Ah, pues resulta que el director del grupo, el Dr. Rafael Villalobos Pietrini, es también el editor de la revista donde trabajo, así que invitan al equipo de la sección editorial a todos los convites. Además el hijo del Dr. Villalobos es el diseñador y mi jefe fue alumno suyo: en ciencias, hasta donde he visto, hay una suerte de vicio por la endogamia.
Justo vengo de una de esas reuniones, con una particularidad: esta vez no festejamos el cumpleaños de nadie. En julio pasado, la Revista Internacional de Contaminación Ambiental (aka la revista donde trabajo) fue aceptada para indización por parte de Thomson Reuters en el Science Citation Index Expanded y en Journal Citation Reports, después de algo más de un año de evaluación. ¿Y eso qué corchos importa? Thomson Reuters, antes Institute for Scientific Information, es la empresa que dice qué revista académica es importante para la comunidad interesada y cuál presenta los mejores contenidos en su área, entre otras varias cosas, pero no termino de entender; tienen mecanismos de evaluación para determinar la incidencia y calidad de las publicaciones y además concentran en un solo lugar la producción académica. Dicho en menos palabras, son casi el monopolio multimillonario del conocimiento especializado, cualquiera que sea el área.
Más importante todavía, hay sólo trece revistas mexicanas indizadas, y si nos vamos a poner presumidos, dos de ésas se editan en este Centro, el único en México que puede presumir tal. Por tanto, el hecho de que nos incluyan es de harta relevancia, suficiente para que el rector de esta Universidad nos mande una carta de felicitación firmada por su propia manita. A título personal, mi jefe y el Dr. Villalobos me tomaron todavía más aprecio, pues tal logro se debe en buena medida a mi trabajo aquí; no, no soy el héroe que rescató con sus nulos conocimientos de ciencia a una publicación de la que no entiende más que el directorio, sino que vine a ocupar una plaza crítica (y abandonada, junto a la de la secretaria: gracias, honorable Sindicato de Trabajadores de la UNAM) para el proceso editorial, y además lo hago bien.
En fin, el caso es que hoy nos festejaron con nueces caras que nos hayan aceptado.
Un rato después de empezar a mascar almendras y avellanas saladas, llegó otro hijo del Dr. Villalobos, que también es doctor en ciencias y que además es miembro del Consejo Editorial (¿no les decía yo de la endogamia?). Por lo general, en las reuniones de cumpleaños contamos chistes y repasamos el anecdotario reciente, echamos chisme (que si el sindicato, que si el doctor de no sé dónde hizo no sé qué cosa, que el presupuesto, que los salones, que los cuerpos colegiados...) y comemos calmadamente; sin embargo, este señor se puso un poco más intenso y empezó a hablar de nanopartículas y superficie específica y nitratos y diez a la menos nueve metros y que está de moda hablar de nanocosas y que la tecnología siempre está cambiando y...
Se me salió una sonrisa y de pronto escupí. "En literatura las cosas son más sencillas". Y como siempre en estas situaciones, las tres conversaciones de alrededor hicieron un silencio sepulcral. Ante la mirada curiosa de todos, tuve que argumentar. "Sí, desde hace veinticinco siglos la preocupación es la misma." Por respuesta, este señor me dijo que en poesía de pronto se ponen locos y empiezan con versos que tienen 'no sé cuántas sílabas y que si la rima'. "Uy, eso tiene seis siglos. Y desde los griegos ya se medían los versos. Sólo hasta finales del S. XIX empezaron a trabajar el verso libre." Ellos saben de átomos y bichos, yo sé de palabras y versos: estamos a mano.
Ahí terminó el asunto. Nos acabamos las nueces y todo mundo hizo camino a su respectivo cubículo. De inmediato me acordé de Samuel Gordon, mi profesor de Poesía Mexicana de la carrera, quien se manejaba un anecdotario maravilloso, como haber levantado del suelo a Rosario Castellanos (que era su maestra) cuando ésta se electrocutó. "¿Yo para qué quiero un teléfono celular? Hace veinticinco siglos que nos estamos haciendo las mismas preguntas en poesía. ¿Qué pinche prisa puedo tener?"
Y sí, ¿qué prisa tenemos?
Bueno, ahora pasemos a la diversión. Una chulada...


Addendum: resulta que somos tan, pero tan importantes, que hasta estamos en el portal de la Presidencia de la República. Lo curioso es que nadie sabe cómo llegamos ahí...

martes, 26 de agosto de 2008

Festejar muchas cosas

Considerando que la población de la licenciatura en Literatura Latinoamericana de la Universidad Iberoamericana se componía (al menos hasta hace tres años) en 80 % o más de chicas, tengo más amigas que amigos desde hace varios años. Para este momento, casi todas han terminado ya la carrera, y algunas ya están haciendo la maestría. "¿Y tú qué estás haciendo?" Pos aquí nomás, fingiendo que aplico (tangencialmente) lo que aprendí en tres años: ¿quién dijo que la ciencia dura no está estrechamente relacionada con la metáfora y la metonimia y el Siglo de Oro español y los románticos alemanes y la vanguardia? Todo es cosa de hurgar [sic]...
Justo durante ese último semestre que cursé, algunas de ellas tomaron una materia de escritura creativa -con especial énfasis en el microrrelato- con Raúl Renán, escritor que trabaja un chorro de géneros, en particular poesía y minificción. Algo encaprichadas (habrán de perdonarme: denme un párrafo y me explico), publicaron una somera (¿podía ser de otro tipo?) selección de esos cuentitos. Me acuerdo que a lo largo del curso tuvieron ríspidas discusiones con un par de mequetrefes que se creían en condiciones de corregir a Barthes y a Todorov y a Frye y a Benjamin y a Adorno y a cualquier otro miembro del panteón de la teoría y la crítica literaria; con esa poderosa confianza en sí mismos, fundaron -con otros compañeritos igualmente soberbios- una revista de literatura que, si mal no recuerdo, tenía por objetivo difundir lo más arriesgado y novedoso de la narrativa actual, así de pretencioso como lo leen. No tengo que apuntar que siempre vi con malos ojos esa revista, desde el mismo día en que me invitaron a participar y decliné cortésmente, empezando por que el título (que me voy a cuidar de mentar: uno nunca sabe qué calaña de escoria metichea en un espacio público como éste) es uno de los más insulsos que he escuchado en años.
El asunto es que este par de mequetrefes se negaron categóricamente a formar parte de la selección que se publicó bajo el cobijo de Renán, a menos de que tuvieran el control de la edición. Huelga decir que mis amigas, además de ser relindas, son reinteligentes y nada les costó mandarlos a la mierda, con argumentos de sobra. Total, si no se quieren incluir, ¿para qué hacer el esfuerzo? Y qué bueno que lo hicieron: alguna vez me mostraron uno o dos de los cuentitos de esos lelos y tuve el impulso de quedarme a la clase y despedazarlos. Ah, ahora que recuerdo, a uno de ellos lo despedacé en otra materia... Ups.
En fin, las señoras heroínas de esta historia imprimieron su libro, lo engargolaron y lo presentaron con fanfarrias en uno de los auditorios de la universidad. Me regalaron un ejemplar, y una vez cada cuanto lo leo, ya por metichería, ya por nostalgia (¿snif?). Y cada vez que lo leo, no puedo dejar de observar la dimensión caprichosa de esto: de un lado, la selección trastabillea y no todos los cuentos gozan de buena salud (de hecho, me gustan menos de la mitad); del otro, la edición adolece de faltas de ortografía, algunas penosas. Ellas me podrán decir que fueron sus pinitos, así que alguna licencia tenían, pero yo podría objetar que...
En fin, conteniendo mis impulsos de furioso corrector y editor, hoy vengo a copiar mis favoritos, que además son de la misma autora. A fin de reconocer y ensalzar su autoría, su nombre es Laura Vizcaíno; y métanselo en la cabeza, que las costillas me apuesto a que le van a leer más. Aquí me siento impelido a mencionar que el sábado festejó su cumpleaños en un antro buena ondita del sur de esta ciudad. A pesar de ser un exquisito en términos musicales (ya se habrán dado una idea con esas rolotas que escuchan aquí), puedo fingir demencia y tolerar joyas como el popurrí en vivo de Luis Miguel y los sencillos de Belanova y la vanguardia del reggaetón y (mi favorito) electrónica que no entiende de melodía y aparentemente tampoco entiende cómo funciona el ritmo. Sin embargo, por ningún motivo tolero a un mesero imbécil al cual tengo que pedirle seis veces -casi en tono de discusión- que me sirva una cerveza barata que me cobra a precio de alemana con levadura viva, que además me entrega caliente, de mala gana y encima me cobra la propina; si a eso le sumamos a los otros tres meseros a los que les pedí una cerveza y al bartender que me dijo que no me podía servir y al pendejo cajero que también me quiso cobrar la propina (¿quién carajos se merece una propina por sólo recibir dinero?), pues jodida la cosa y ladra como si en verdad te fueran a escuchar. En cuanto llegué a mi casa, lo primero que hice fue enviarle el siguiente mensajito: "Y si esto no dice cuánto y cuánto y cuánto te quiero, entonces hoy mismo me divorcio de mis gatos...".
Dicho todo lo anterior:
Llovizna
Tu amor es así de natural: altera el ambiente para nada, sólo para ensuciar.

Primer deseo
El genio apareció a mitad del desierto dispuesto a conceder tres deseos al primer peregrino que pasara por ahí. Seguro de su omnipotencia y colmado de vanidad y soberbia, se sentó a esperar a algún suplicador de milagros.
De repente, un hombre pasó de largo, por lo que el genio, lleno de ansiedad por mostrar sus poderes, tuvo que interponerse en su camino. Aquella persona, que parecía más necesitada que nunca, pronunció su primer deseo: "Protégeme de lo que quiero" y el genio tuvo que desaparecer.

Pura vanidad
Cuando desperté, él ya estaba encima de mí, tomándome con sus manos callosas, restregándome contra el estiércol del piso, infectándome de su aliento a pescado encerrado. Traté de defenderme jalando sus cabellos y lo único que logré fue llenarme los dedos de algo pegajoso, y cuando quería golpearlo mis manos se pegaban a su piel. Él intentaba sujetarme la cara mientras olía el sudor de sus brazos que goteaba en mis ojos. Cuando mordió mis labios y simuló un beso, había algo más que saliva en esa boca, como trozos de pellejos y semillas, un sabor agrio, mezcla de sus secreciones que me obligaba a probar. Cuando sentí todo el bulto de mugre dentro de mí, ya no pude hacer nada. Volteé a ver las ratas que me habían rodeado desde el principio y las envidié profundamente.

Las Aurelias
La medusa Aurelia discurre en el océano. Baila, gira e inventa muchas historias en su mente. La medisa tiene muchos amigos y familia, pero el día de hoy se siente sola. El meduso de sus sueños no ha aparecido, no lo conoce y nunca lo conocerá, porque nadie le ha explicado que para meducir a un meduso se necesita medusearlo de rosa, meduciar cada endodermo con todos sus tentáculos hasta saciarlo de dulces meduceos.
Así que la medusa Aurelia está llorando, pero ¿quién se atreverá a explicarle que para tener meducitos necesita que su plánula se fije en el fondo marino para formar un pólipo?
Hay tantos medusemas problemáticos que las medusas mayores prefieren mantener en secreto y no se dan cuenta que las Aurelias ya están en extinción.
Extrañamente, hace un par de semanas me escribió pidiéndome consejo sobre una minificción que le publicaron en una página de internet. "Apelo a tu experiencia y conocimiento". ¿Y qué corchos tengo yo que aconsejarle? Como si no escribiera de darme envidia...

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Orgullo

Ver mi nombre como autor de una obra es motivo de sumo orgullo, pero la grandeza literaria [sic] me es infinitamente menos relevante que el valor que tiene para mí una publicación en particular. El orgullo era de otro, y a él va, que para él fue escrito.
Me haría muy feliz encontrar un comentario suyo aquí: por favor, háganlo.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Cuando uno se hace famoso y no es cosa de elección

De entre la banda que he conocido a últimas fechas, resalta con particularidad el equipo de producción de El Podcast Sin Nombre, podcast de actualidad y teorías bizarras. Mi gallarda embajadora ante el mundo entero y zonas circunvecinas ha participado en dos emisiones del mencionado, y para la más reciente se aventó la puntada de reseñar, grosso modo, cierta aventura mía. He de advertir que la calidad del audio no es excelsa, pero si no se cagan de la risa seguramente será porque tienen lodo en las venas.
En fin, aquí esa reciente emisión.